
A propósito de la presentación de Benito Antonio Martínez Ocasio, recuerdo una discusión con mi hijo menor. Él defendía con pasión a Bad Bunny, mientras yo lo criticaba con dureza. Solía referirme a él como “el pobre ser que no dice nada”, porque me parecía que su dicción era confusa y su técnica vocal limitada. Esa diferencia generacional se convirtió en un enfrentamiento simbólico: yo, desde mis prejuicios, defendiendo cánones de perfección artística; él, desde su entusiasmo, reconociendo en ese artista algo que yo no lograba ver.
Admito que durante mucho tiempo he mirado con recelo el trabajo de Bad Bunny. Su estilo vocal no es el más refinado y sus letras, en ocasiones (escuchadas una y mil veces en mi auto, de regreso del colegio de mi hijo) me han parecido superficiales frente a lo que considero arte: un espacio para la belleza, la profundidad y la transformación. Sin embargo, su presentación en el medio tiempo del Super Bowl me obligó a replantear esa visión.
En ese escenario global, Bad Bunny no solo representó a la música urbana latina, sino que convirtió su show en una declaración cultural. Cantar en español frente a millones de espectadores, reivindicar símbolos caribeños y proyectar mensajes de unidad fue un acto de resistencia. Lo que antes me parecía limitado, se reveló como una forma poderosa de denuncia y afirmación de identidad.
Lo más impactante fue su capacidad para viralizar símbolos de lucha y orgullo latino. A través de las redes sociales, su estética y narrativa conectaron con audiencias jóvenes que encuentran en él representación y voz. No necesita una técnica vocal perfecta para conmover; su fuerza está en la autenticidad y en la manera en que transforma lo cotidiano en símbolo.
Aquí surge un contraste profundo entre mi generación, los baby boomers, y las nuevas generaciones. Los baby boomers crecimos con una idea del arte marcada por la técnica, la disciplina y la búsqueda de perfección. Para nosotros, la voz impecable, la composición elaborada y la estética cuidada eran sinónimo de calidad. En cambio, las nuevas generaciones parecen reclamar otra cosa: autenticidad, diversidad, irreverencia y la capacidad de usar el arte como herramienta política y social.
Lo que Bad Bunny expresa no es solo música: es un lenguaje de resistencia frente a los prejuicios raciales, las desigualdades y la invisibilización de la cultura latina. Su arte responde a un mundo hiperconectado, donde el poder no está en la perfección técnica, sino en la capacidad de generar conversación, incomodar y viralizar mensajes que cuestionen los convencionalismos.
La psicología de Carl Gustav Jung ofrece un marco interesante para comprender este fenómeno. Jung hablaba del inconsciente colectivo y de los arquetipos como símbolos universales que emergen en diferentes culturas. En la presentación de Bad Bunny, podemos ver cómo el artista encarna un arquetipo contemporáneo: el “héroe rebelde”, que desafía las normas establecidas y da voz a quienes han sido marginados.
Su mensaje de orgullo latino conecta con ese inconsciente colectivo de una comunidad que busca reconocimiento y dignidad. Al cantar en español en un escenario global, Bad Bunny activa un símbolo que trasciende lo individual: la afirmación de una identidad compartida. Desde la perspectiva junguiana, su arte funciona como un espejo que refleja las luchas y aspiraciones de toda una generación, y al mismo tiempo confronta los convencionalismos de generaciones anteriores que privilegiaban la forma sobre el contenido.
No podemos olvidar que mientras un artista como Bad Bunny envía un mensaje de unidad y resistencia, el mundo está atravesado por realidades dolorosas. El racismo sigue invadiendo los Estados Unidos, alimentando discursos de odio y exclusión. En Gaza, la violencia injustificada ha cobrado miles de vidas inocentes, y en distintos momentos de la historia, genocidios han sido perpetrados por regímenes enloquecidos por la xenofobia y el autoritarismo.
Pensar que todo esto podría haberse evitado si los seres humanos hubiéramos cultivado un poco de la conciencia social que algunos artistas —muchas veces criticados por su estilo— poseen. Bad Bunny, desde su lugar, nos recuerda que el arte puede ser un grito contra la injusticia, un espejo de las luchas colectivas y una invitación a no permanecer indiferentes.
Y en medio de todo esto, me descubro como madre de una generación que ama a Bad Bunny. Una generación que se nombra a sí misma “conejos malos” no para celebrar la maldad, sino para enfrentar la verdadera injusticia del mundo: el racismo, la discriminación, la desigualdad. Ellos han encontrado en su música un símbolo de resistencia, un espacio para reconocerse y para desafiar lo que los oprime.
Como madre, siento una mezcla de sorpresa y orgullo. Sorpresa porque tal vez los referentes culturales de mis hijos son distintos a los míos, y orgullo porque en su rebeldía hay una fuerza transformadora. Ellos me enseñan que el arte no siempre se mide por la perfección, sino por la capacidad de encender una llama colectiva. Y aunque mi generación defendió cánones rígidos, ahora comprendo que ser “conejos malos” es, en realidad, un acto de valentía: una manera de enfrentar la verdadera maldad del mundo con identidad, con voz y con esperanza.
Así que no me queda más que decirle a mi hijo: «Debí tirar más fotos de cuando te tuve… Debí darte más besos y abrazos las veces que pude…»