Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces me han hecho cuestionar la medicina misma. No por lo que sabe, sino por lo que olvida: la empatía, la humanidad, la conexión con quienes ponen su cuerpo y su alma en manos de otros. No todos, claro, porque hay excepciones luminosas. Pero demasiadas veces me he sentido reducida a un expediente, a un órgano, a una cifra en una analítica.

Mi útero, para mí, nunca fue solo un órgano. Era sagrado, fuente de energía femenina, un centro místico que me conectaba con historias ancestrales y con mi propia identidad. Por eso luché dos años por salvarlo. Pasé por varios médicos “hombres”, hasta que decidí buscar un perfil femenino, convencida de que la sororidad podía ser también medicina. Confié en una doctora que durante un tiempo intentó acompañarme en esa batalla, y me aferré a la esperanza de que juntas encontraríamos un milagro.
Pero los últimos meses se convirtieron en un calvario: dolores menstruales insoportables, pérdidas de sangre incalculables que me llevaron a la anemia. La doctora me advirtió que no había más posibilidad: había que sacar el órgano. Entonces iniciamos el proceso para realizar la cirugía. Yo seguía creyendo que el destino me hablaba, que las infecciones que retrasaban la cirugía eran señales de que debía resistir. “Tu útero sagrado necesita seguir ahí”, me repetía como un mantra.
Hasta que hace cinco días, una hemorragia intempestiva me arrancó la ilusión. La sangre se escapaba de mí como si se llevara también mi alma femenina, esa parte invisible que me sostenía. Con el dolor a flor de piel llamé a mi doctora de confianza, rogando que me atendiera en emergencias. Su respuesta fue un golpe: “esperemos al lunes, tómate una pastilla, o ingresa por emergencia”. Yo insistí: “voy al hospital, pero por favor atiéndame usted”. Y ella, con la frialdad de los protocolos, me dijo que no podía, que debía hacerlo el médico de turno. Pregunté, temblando: “¿pero usted será quien me opere?”. Su respuesta fue un no rotundo.
El impacto psicológico fue brutal. De pronto, mi cuerpo y mi vida quedaban a merced de un desconocido, cuando yo había confiado en ella, en el acompañamiento femenino, en la sororidad que tantas veces se predica. La realidad me devolvía a la crudeza de un sistema que no siempre entiende que detrás de cada órgano hay una historia, un símbolo, una mujer que lucha por no perderse a sí misma.
Ya en emergencia me recibe un médico en nombre de la doctora. Me dice que ella no está, que pronto vendrá otro médico a atenderme. Entiendo que los médicos tienen vida, planes, compromisos; pero ¿no merece un paciente grave un poco de tiempo, de explicación, de apoyo emocional? En ese instante comprendí que la medicina no solo se mide por la destreza técnica, sino por la ética profesional que debería sostenerla: el compromiso de estar presentes, de acompañar, de no dejar a la deriva a quien confía su vida en sus manos. La ética no es un protocolo escrito en un manual, es la capacidad de reconocer la vulnerabilidad del otro y responder con humanidad.
Uno de los tantos doctores que pasaban por mi camilla se detuvo a explicarme cómo sería el proceso: las transfusiones que me harían durante toda la noche, los pasos previos a la cirugía y, finalmente, el significado de la palabra histerectomía. Con una naturalidad que me sorprendió, dijo que en tiempos pasados se entendía como “quitar la histeria”, porque a las mujeres con problemas de útero o en la menopausia se las tachaba de histéricas. La definición me atravesó como un rayo. Yo ese día estaba totalmente histérica, pero no por un desbalance hormonal, sino porque me sentía vulnerable, expuesta, despojada de certezas. La sangre que se escapaba de mi cuerpo era también la metáfora de un alma femenina que se resistía a ser arrancada.
En ese instante comprendí que la medicina no solo opera sobre órganos, sino también sobre símbolos. El útero no era únicamente un tejido enfermo, era mi raíz, mi energía, mi historia. Y sin embargo, la palabra histerectomía cargaba con siglos de estigmas, con la idea de que el dolor femenino debía ser silenciado, extirpado, borrado. Esa revelación me hizo pensar en cuán urgente es revisar la ética profesional, no solo en términos de protocolos, sino en la manera en que se nombra, se acompaña y se reconoce la experiencia de las mujeres en los hospitales.
Afortunadamente, el destino me puso en el momento exacto frente a un médico excepcional (de ese que hace parte de las excepciones). Sin conocerme, supo leer mi miedo, mi dolor, mi desconfianza. Me miró a los ojos y me habló con calma, con esa voz que no solo transmite conocimiento, sino también seguridad y cuidado. En medio del caos, me ofreció lo que más necesitaba: confianza. No me trató como un expediente ni como un caso clínico, sino como una mujer que estaba perdiendo sangre y con ella una parte de sí misma. Su actitud me recordó que la medicina, cuando se ejerce con ética y empatía, puede ser también un acto de amor. La verdad no sé de dónde salió este médico, a ratos creo que lo soñé o lo inventé para sentirme protegida, pero ahí estuvo, en uno de los momentos más difíciles de mi vida, hablando con humor y poniendo la música de Silvio Rodríguez en el quirófano, ofreciendo algo de esperanza al mundo.
En medio de esa vulnerabilidad, descubrí también que el acto de amor más grande es el de mi familia. Sentí cuán afortunada soy al tener un compañero de vida y unos hijos que me ofrecen un amor único e incondicional. Al verlos a mi lado, tratándome como su joya más preciada, comprendí que las pérdidas pueden transformarse en ganancias. Que todo lo que se entrega, de alguna manera, regresa multiplicado en amor y dedicación. En sus miradas encontré la certeza de que, aunque mi cuerpo se transformara, mi esencia seguiría intacta, sostenida por ellos.
Así, entre la crudeza de la medicina, el intempestivo aparecimiento de un médico bueno y la ternura de los míos, entendí que la histerectomía no solo era un procedimiento quirúrgico, sino también un rito de paso. Un tránsito doloroso, sí, pero también una oportunidad para resignificar mi identidad femenina más allá de un órgano. Porque cuando la ética profesional falla, cuando la sororidad se quiebra, aún queda la fuerza de los vínculos más íntimos, esos que nos recuerdan que la vida se sostiene en el amor.