La vida siempre me sorprende con situaciones que me obligan a repensar el mundo. Esta mañana mi hijo menor me dice que irá a una feria de emprendimiento y que luego su profesor les llevará al McDonald´s. Entendí, que lo último era lo más importante del día, pues una de las ilusiones más grandes de los adolescentes es comer hamburguesas. Entonces me aseguré que llevara el dinero suficiente para que no muriera del hambre.
Cuando lo retiro a la salida del colegio, veo una foto en el chat familiar que decía: «¿Miren quién ganó el Concurso de Emprendimiento?» Y ahí estaba él, junto a sus amiguitos, luciendo una radiante medalla en el pecho y sosteniendo un trofeo. Al principio no entendía de qué se trataba el asunto, lo último que esperaba es ver una foto así. Tal vez la de los chicos devorando sus hamburguesas junto al feo payaso, hubiera sido más coherente con lo que imaginé todo el día.
Pues, resulta que hubo un Intercolegial de Emprendimiento y los chicos fueron a exponer los proyectos desarrollados en la materia y, además, a concursar con otros 16 colegios de Quito.
Conocía el proyecto que mi hijo ideó junto a otros compañeros de equipo y cuando nos lo contó, en algún momento del año, nos pareció muy interesante. De hecho, mi esposo elogió su capacidad innovadora y le dio algunas pistas respecto al tema financiero.
No niego que me emocionó el saber los resultados, sin embargo, me apena que mi hijo no nos hubiese contado que haría algo tan importante este día. Entonces, empiezo a elucubrar: ¡es lógico! De seguro quiso evitar eso que odian tanto los adolescentes: a su mamá haciendo barras y gritando con un cartel en la mano a los jueces para que le den el premio al hijo.
Después de abrazarlo mucho y felicitarlo, le pregunto el porqué no sabíamos nada al respecto. Me dice que, en un primer momento, no creyó que su proyecto podía trascender, que no le pareció importante, que no quería crearnos expectativas: no creyó en sí mismo.
Luego continúa, con emoción: «lo que ahora sí sé es que ganamos gracias a que nuestro profesor creyó en nosotros». Y me lo dice con énfasis y con una alegría conmovedora.
He decidido contar este episodio tan cotidiano porque creo que en la vida, más allá del trofeo final, del oro o los aplausos, lo fundamental es lo que está detrás, lo que nadie ve, lo que no se dice.
Mi hijo cuenta que al llegar al concurso todos tenían mesas con stands, comida, decoración, computadores que adornaban la presentación de cada proyecto. Me dice que él y sus amigos se sintieron intimidados porque solo habían llevado una presentación digital del emprendimiento creado y sus cabezas. En sus palabras: «literal, mamá, no teníamos nada más, así que ya no queríamos exponer.»
El maestro les dijo: «no importa, con esa presentación van a ganar». Les dio cinco dólares para que compren algunas cositas y decoren la mesa (seguro él sabía que el valor de las ideas no estaba dado por una artificiosa decoración, sino por el poder del ingenio y la creatividad; sin embargo, apoyó a los chicos para que no se desesperaran y cumplieran los estándares estéticos).
Dice mi hijo que pasó de todo en el concurso… tanta gente, con infinidad de proyectos de todo tipo; hasta les robaron la mesa, pero el profesor voló a conseguir otra y durante todo el proceso de presentación siempre estuvo alentándolos, sin presión, haciéndolos sentir importantes, valorados y capaces de todo.
Al terminar la presentación, decidieron irse al McDonald´s, creyendo que habían cumplido, pero que, de seguro, no llegarían a las finales. Y justo cuando mi hijo iba a comprar una gran hamburguesa para pasar el susto, el maestro recibe una llamada en la que le avisan que su grupo era el finalista y que debían regresar inmediatamente.
«El profe llamó un Uber y nos metió a mí y a mi amigo en el taxi. Ya nos quedamos sin hamburguesas», dice mi hijo, decepcionado.
Al parecer los nervios mataban a estos chicos mientras esperaban volver a presentar el proyecto al jurado y el maestro permaneció ahí ofreciendo palabras de aliento y motivación. Y además llamó a pedir dos hamburguesas para los hambrientos, mientras esperaban la deliberación.
Dice mi hijo que las palabras del maestro en ese momento fueron: «el haber llegado hasta aquí ya los hace unos campeones». Media hora después de la presentación al jurado, una voz por micrófono anunciaba que «la aplicación creada por estos chicos» era la ganadora.
Y el resto ya me lo imagino: la escena final, el veredicto, los aplausos, los premios, la gente abrazándose, las lágrimas y tal vez una mamá con algún cartel alentando a los chicos. (Sabrán disculpar mi mente cinematográfica).
No me queda duda que ellos ganaron el premio por su talento, por su mente innovadora y porque alguien apostó por su creatividad.
Mi hijo me contó todo con una inusual emoción, una que va más allá de la emoción por una hamburguesa. Me lo contó creyendo en sí mismo y con fe en el futuro.
Hoy, mi hijo y sus amigos, no solo ganaron un premio físico, ganaron en autoestima, en amor propio. Fueron valientes y se arriesgaron gracias a una voz que estaba detrás recordándoles su valor, la voz de un maestro, de un ser humano, de un adulto que creyó en ellos.
Qué gran lección nos deja este maestro y nos recuerda cuán valiosa es la palabra; esa palabra capaz de dejar un eco en el alma de un alumno para forjar su camino.
