Tengo una buena amiga que me obliga a escribir en mis épocas desérticas. Justo hoy, que me encuentro con un virus en el cuerpo, con una influenza que ataca como depredador voraz a su presa, me pide un artículo para una revista. Han sido dos meses de poca escritura. Eso me ocurre cuando me pasan cosas que abren heridas y se tardan en cicatrizar. Debo esperar a las cicatrices para volver a escribir. Y hoy fue el día. Con motivo del artículo, busco un libro hermoso de poesía de Piedad Bonnett porque el tema será la poesía y busco definirla. De pronto, encuentro un poema titulado: “Las cicatrices”. Empiezo a creer en la casualidad o en el destino. 

El mes de diciembre fue una época de mucho movimiento porque decidí ser parte del comité de padres de familia del curso de mi hijo. Había mucho que organizar para fomentar la amistad y la unión entre los chicos y entre los padres. Me considero una mamá nueva en el colegio porque es apenas el segundo año de mi hijo aquí, pero mi particular forma de socializar con todo el mundo, me ayuda en estas empresas. Hicimos buen equipo con la “presi” del otro paralelo y planeamos una serie de actividades para que los chicos tuvieran experiencias importantes este año. Una de ellas fue organizar una cena navideña. Vimos algunas posibilidades, pero con la idea de que los chicos pudieran disfrutar, ofrecí mi casa para realizar la actividad el sábado 14 de diciembre porque tengo obsesiones cabalísticas y el viernes 13 nunca me ha agradado. Sin embargo, por pedido de algunos padres cambiamos la fecha al viernes. 

Decidimos cocinar nosotras mismas, como muestra de cariño hacia los chicos. Nada mejor que compartir la comida hecha en casa. Todo estaba listo para el evento, todos los padres de la directiva estarían apoyando. Trajimos a algunos chicos directamente del colegio, otros llegarían a la hora programada para la cena. La gente estaba contenta y los chicos que llegaron antes, se alistaban para la ocasión, mientras otros jugaban ping-pong. De pronto, un estruendoso sonido de vidrios rotos llegó hasta la cocina. Mi corazón se paralizó y mi cabeza elucubró lo peor. Ahora recuerdo otra vez la escena con un inusitado horror. Y no la describiré porque el motivo de mi escrito no es precisamente evocar la desgracia, peor aún suscitar el morbo, sino todo lo contrario. El Sebas, es el Sebas —gritaban los chicos. El Sebas se había estrellado contra una puerta de vidrio. 

Lo que vino después del susto y la conmoción -como imaginarán- fue la toma de decisiones que permitieron que el accidentado llegara a una clínica a recibir los cuidados y atenciones necesarias. Mi esposo fue quien, junto a dos compañeritos, se encargaron de trasladar al herido para encontrarse con los padres y su angustia. 

Los que nos quedamos, estábamos devastados y también heridos el alma. Nunca en mi vida había tenido que enfrentarme a un accidente ni con mis hijos, ni con parientes, ni con mis alumnos en mis años de maestra. Confieso que no soy la mejor afrontando el caos, pero ahora estoy convencida que las peores situaciones logran hacerte más fuerte. 

Pensamos en suspender la cena y pedir a los chicos que regresen a sus casas; sin embargo, creímos que el soporte colectivo, el abrazo conjunto entre todos los compañeros y padres presentes era capaz de crear una sinergia poderosa para pedir por el bienestar del Sebas y para consolar nuestros espíritus. 

Al igual que Sebas, creo que sus padres, sus amigos y todos quienes fuimos parte de esta situación sufrimos heridas profundas porque duele demasiado ver a un hijo o a un amigo vivir un episodio tan trágico. Es entonces cuando te preguntas: ¿por qué pasó?, ¿debía suceder así?, ¿qué se pudo hacer diferente?, ¿pudo haber sido cualquier otro chico? Son miles de preguntas que rondan la cabeza. Y claro, nunca faltan los seres alados que te abrazan para calmar tus angustias o aquellos dotados del don de la impertinencia que se convierten en jueces. 

Sin embargo, debo confesar que la solidaridad de los compañeros, el apoyo de los padres y de toda la comunidad educativa en este colegio fue elixir para el dolor en esos momentos. Mi hijo ha pasado por varios colegios, y créanme cuando digo que nunca he visto un espíritu tan altruista como el de esta comunidad. Chicos y padres haciendo rifas, donando comida, fundas de caramelos, haciendo lo imposible para ayudar porque luego del dolor, sabíamos que vendrían las preocupaciones económicas para esta familia. 

Qué grato saber que en medio de la indiferencia social y del individualismo imperante, que son el pan de cada día en nuestro mundo actual, aún existe gente que le da valor a la empatía, a la solidaridad, a la amistad verdadera. Qué grato saber que mi hijo se está educando en un espacio fraterno y con gente de carne y hueso, gente apasionada y comprometida con el otro; gente capaz de aunar esfuerzos colectivos para generar apoyo real. 

El Sebas está mejor, está saliendo adelante como todo chico de 16 años, alegre y vivaz. Deberá curar las heridas, con paciencia y el amor de la familia increíble que tiene. 

Me queda claro que todo lo que sucede en el mundo es una oportunidad, que las heridas físicas y emocionales son una puerta de entrada hacia la sanación. Y las cicatrices son el primer paso para sanar. Por eso digo que el poema de la última ganadora del “Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana”, llegó en el momento perfecto a mis manos para recordarme que: no hay cicatriz, por brutal que parezca, / que no encierre belleza. / Una historia puntual se cuenta en ella,/ algún dolor./ Pero también su fin./ Las cicatrices, pues, son las costuras/ de la memoria, un remate imperfecto que nos sana/ dañándonos./ La forma que el tiempo encuentra/ de que nunca olvidemos las heridas

Sé que nunca olvidaremos esa herida, ni aquella cena navideña que dejó cicatrices en el alma, ni esta historia que ahora nos pertenece a todos y nos hace más fuertes.

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