Desde hace cuatro meses a mi hija se le ocurrió que debíamos inscribirnos en un gimnasio. Poco interesada, al inicio, le dije que mejor sería caminar por las noches alrededor del barrio o ir al parque a pasear al perro si quería hacer ejercicio. Sin embargo, ella siempre convencida de cultivar su cuerpo y su mente; y de probar nuevas cosas, insistió en que lo que necesitábamos era un gimnasio. Después ya no me pareció mala idea. Lo que a mí más me falta es hacer ejercicio —me dije— porque nunca he sido muy adepta al deporte y como ya he contado muchas veces las únicas prácticas cercanas al deporte que realizo son: yoga y baile. Ella, siempre optimista, dijo: «Mamá te va a encantar porque el gimnasio tonifica el cuerpo, te define los músculos, quema grasa» y no sé cuántas cosas más que ella sabe porque primero investiga todo antes de aventurarse en una empresa. Con esos consejos uno ya se imagina convertida en un «figurín» de mujer, así que pocos argumentos quedan para rechazar la propuesta. Dejé, entonces, todos los pretextos a un lado y me despojé de mis prejuicios. Esos que me decían que a los gimnasios van solo personas superficiales que se fijan demasiado en el cuerpo, que se toman fotos de perfil para mostrar sus bondades o que tienen músculos de acero casi irreales como los superhéroes de Marvel. Llegar al gimnasio fue como descubrir una nueva galaxia, un mundo habitado por extrañas criaturas robóticas. Ante mis ojos se desplegaban una gama de artefactos de lo más raros. No tenía ni idea para qué servía cada máquina. Afortunadamente la dueña me dijo que tendríamos su guía y la del instructor. Y me aferré a ellos, como se aferran a los salvavidas las personas que no saben nadar. Debo confesar que me subía a cada máquina como cuando uno se sube a los juegos mecánicos de los parques de diversiones y no sabe dónde colocar los pies o cómo amarrarse el cinturón, ni de dónde hay que sostenerse. Sé que para muchos lo que digo será una exageración porque habitan el mundo de la contemporaneidad mejor que yo y han ido a gimnasios toda su vida. En mi caso, me he pasado la mayor parte del tiempo escribiendo o leyendo, así que poco sé al respecto. La primera semana fue terrible porque no podía ni siquiera bajar las gradas del dolor muscular que tenía. Me decía a mí misma: «¿ porqué me torturo si mis brazos y piernas son fofos y no están acostumbrados a levantar estos monstruos de acero? ¿Cómo será que a la gente le gusta este sufrimiento y además paga por ello?». Cada noche maquinaba qué inventar para que mi hija perdiera el interés y así regresáramos a disfrutar de la comodidad de la casa. Le proponía ir más tarde: «Vamos a las 9h00, mejor a las 10h00 o que tal si hoy no vamos…», pero nada pasaba. Igual íbamos en medio de las tinieblas de la noche a trabajar los músculos. Definitivamente todo en la vida se trata de cambiar de chip. Así, que reseteé mi disco duro y empecé a educarme en estos extraños temas del cuerpo. No es fácil porque uno tiene prioridades y no me gusta dejar de escribir mis textos o dejar a medio editar mis libros por salir corriendo al gimnasio; sin embargo, me he dado cuenta que la gente que asiste a un gimnasio tiene un reto inmenso consigo misma. Se necesita de compromiso y disciplina para alcanzar un objetivo. Y muy contrario a lo que pensé, a estos espacios asiste gente totalmente diversa. Cada individuo siempre me cuenta una historia. Miro a cada uno mientras levanto con energía los pesos de la vida. Miro a los hombres musculosos que están a punto de estallar, pero que, de seguro, sabrán recoger sus pedazos. Observo a las mujeres flacas que quieren ser más corpulentas para aprender a sostener su debilidad; también observo a las mujeres gordas que intentan ser flacas para quererse un poquito más. Veo un desfile de jovencitos que pasean su soledad buscando aceptación o la atención de sus pares. Veo miradas que se chocan y son capaces de crear incendios. Miro adultos que ahogan el estrés en el mar de su sudor para salir renovados. No es solo el cuerpo, la gente también muestra su alma en este espacio. Todo el mundo marca su propio ritmo, cada uno levanta los pesos que puede y camina a su paso. He descubierto gente amable y solidaria, gente que te ayuda a sostener una pesa o a cambiarla de lugar; instructores que respetan tus pocas o truncas habilidades deportivas, pero que te hacen sentir parte de un micro universo en el que todos se mueven con libertad.
Ahora veo que no ha sido tan malo esto de cultivar el cuerpo a través de aparatos porque, al hacerlo, te conectas con tu interioridad y con la de los otros. Además, eres capaz de descubrirte en lo esencial: en aquello que rebasa el cuerpo.
Tal vez, en algunos años descubriremos que mis músculos más trabajados han sido los de los ojos, que son los que me permiten ver más allá de lo aparente. Al menos nadie dirá que no lo intenté.
