En todas las culturas existen días sagrados. En mi cultura personal, ese día es el martes. Es el día que asisto a mi taller de escritura creativa con los amigos de siempre. Este martes, como de costumbre, aplasté el link para ingresar a ese mundito virtual que el Xavi Oquendo inventa para ocho seres noctámbulos, quienes hasta media noche se dedican a disfrutar de los placeres de la literatura. Grande fue mi sorpresa cuando mi amigo me preguntó: ¿viste el mural de Pikachu? No tenía ni idea de qué hablaba. Como buena editora, me había pasado corrigiendo los errores ajenos todo el día y no había tenido tiempo de bucear en las profundas aguas de las redes sociales. Todos hablaban del asunto y, como yo estaba en el limbo, compartieron la imagen del mural en la pantalla para que me enterara. Al principio no le presté mucha atención porque estaba preocupada corrigiendo el texto que debía presentar esa noche (el título no me convencía porque sonaba a título de película: “Apocalipsis”. Me preguntaba cómo se me ocurrió semejante idea); y mientras lo hacía, escuchaba las posturas de cada uno. Los más osados decían que les gustó (me refiero al sombrero), otros narraban eufóricos los memes que le hicieron al pobre Pikachu disfrazado de Abdón Calderón; los cautos guardaban silencio y mi amiga escultora lanzaba al aire el refrán popular: “A caballo regalado, no se le mira el diente”. Bueno, sí -dije-, para mis adentros: la sabiduría popular nunca falla, y más, si viene de una conocedora de arte. Luego continúo: “lo que falló fue la circunstancia”. Se refería a la conmemoración del Bicentenario. Lo lindo de mis amigos es que ninguno se hace el sabio (y eso que algunos sí lo son), sino que comparten alegremente sus opiniones y se ríen de sus propios prejuicios. Así transcurrió la noche de martes, entre la sonoridad de Alberti, la narrativa transgresora de Pablo Palacio, el sombrero de Pikachu, mi extraño título y la complicidad nocturna de este grupo de pokemones (perdón): este grupo de cómplices. Ha transcurrido casi una semana y la gente ha enloquecido con el pobre Pikachu. He leído de todo en las redes: insultos al alcalde, grandes ensayos críticos sobre la celebración del Bicentenario y el insulto que este mural representa para nuestra cultura; chistes y habladurías de la gente sobre los intereses ocultos que se esconden tras el mural; como también, posturas contrarias y a favor del mural, sendos discursos desde la filosofía del arte y desde los odios heredados; de todo ha habido, como en botica. Después de analizar la situación, solo puedo afirmar, en palabras comunes, que me encanta Pikachu. He tratado de recordar por qué. Tras varias noches de insomnio, he recordado que mi hijo veía la serie Pokemón cuando era pequeño y como no tenía la experticia en dar el acento adecuado a las palabras, se refería a él como Pi-ka-chú. Me encantaba escuchar esa vocecita repitiendo la palabra como si fuera una especie de hechizo. Recuerdo que, incluso, teníamos el muñeco de plástico. Lo que deja ver claramente que el significado de las cosas depende no solo de lo referencial (de aquello que se ve a simple vista) sino del pacto de lectura que, como receptores, entablamos con el objeto. (Y detrás de esto están nuestras creencias, nuestros pesos, y nuestros prejuicios). En mi caso, mi pacto está guiado por la sentimentalidad y la evocación de la tierna infancia. Entonces, ¿cómo podría disgustarme el redondo Pikachu? Ya sé que muchos estarán pensando que no tengo conciencia social, que he perdido la memoria histórica, que Dolores Cacuango me odiaría, que no me importa el Bicentenario, que he olvidado a los héroes. Confieso, amigos y amigas, que me gusta el mural porque adoro el pop art, me gusta lo transgresor, lo retador, aquello que te saca de tu zona de confort. ¿Por qué esperamos que la cara de un mural del Bicentenario sea la de un indígena llorando la colonización? A mí no me asusta el sombrero de Pikachu sobre la cabeza de la tejedora, me asusta que día a día seguimos discriminando al que camina junto a nosotros, me espanta la violencia, me exaspera la falta de empatía, me aterrorizan los conductores abusivos, me indignan aquellos que solo en el Bicentenario se acuerdan del indio y se hacen de izquierda o esos que insultan diciendo: “longo sucio”. ¿Por qué mejor no nos quejamos de eso todos los días y recordamos el Bicentenario reconociendo que somos producto de un mestizaje, que hay que evitar la deshumanización y que el arte, sea cual fuere, puede ser de gran ayuda en ese camino? Somos la cultura más barroca que conozco y eso es hermoso. ¿Por qué ahora todos somos críticos de arte y juzgadores del mundo? Dicen que el mural es incoherente y exagerado. Eso mismo deben haber dicho, en su época, del sincretismo que encontramos en las iglesias del Centro de Quito en donde se fusiona el arte mudéjar con los soles incas y el cristianismo europeo. La verdad, no me espanta tener que compartir el mundo con extraterrestres, pokemones, Mickey Mouse o el diablo huma. Esa es la diversidad. Finalmente, tras esta inofensiva defensa del individuo amarillo, se me ocurre pensar que todos tenemos derecho de cambiar algún día de atuendo, eso no nos arrebata la esencia. Así que no se asusten si mañana me visto de amarillo y regreso a la infancia de mi hijo a repetir las palabras mágicas: ¡Pi-ka-chuuuuuú!
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
