En estos días celebramos el cumpleaños de un gran amigo en un restaurante de esos que tienen un nombre fuera de lo común. Habíamos quedado de reunirnos a las siete de la noche. Llegué unos quince minutos antes, pues durante la tarde había estado cerca en un taller de terapia menstrual y chi-kung. Cuando se los mencioné a mis amigos, unos sorprendidos preguntaron: ¿taller de qué?. Los más graciosos sin poder pronunciar siquiera el nombre exclamaron: ¿chi, qué? Y los ocurridos, que nunca faltan, le cambiaron el nombre por: chikungunya Entre risas y amistad, todos querían que explicará de qué se trataba el curso, mientras los más sorprendidos me preguntaban porqué siempre hago cosas raras. Debe ser porque me gusta explorar experiencias diversas y alternativas de la mano de mi hija que es la que me convence siempre. Recuerdo que hace años compartimos juntas un retiro de madre-hija de iniciación a la menstruación consciente, una de las mejores experiencias que hemos vivido, pues constituyó un descubrimiento del verdadero sentido del ciclo menstrual y la maravilla que constituye para una mujer. Nos permitió, además, romper con el viejo estereotipo de la menstruación como una enfermedad y apreciar lo cíclico de lo femenino, entender nuestras lunas y la increíble forma cómo las mujeres somos varias mujeres en una: brujas, en la etapa menstrual; vírgenes en la fase preovulatoria; madres en la fase ovulatoria y hechiceras en la fase premenstrual. Esta última es la que más disfruto porque coincide con mis días de mayor creatividad. Así que ya saben cuándo salen mis mejores historias. Después de esta experiencia desarrollé mayor conciencia de estos arquetipos, aprendí a sacar provecho de ellos y a manejarlos de mejor manera. Tras haber concebido durante años a la menstruación como una enfermedad cambié mi paradigma y la adopté como parte esencial del ser mujer. Y lo más lindo de todo fue darle a mi hija la oportunidad de crecer con otras concepciones sobre su feminidad. Cuando creíamos saberlo todo sobre este tema, aparece este taller. Al inicio no despertó mucho mi interés porque pensé que sería algo parecido al que ya habíamos hecho y con las cargas laborales encima, fue poca la atención que puse al asunto; sin embargo, mi hija estaba tan interesada en entrar que, con facilidad y gran impulso, convocó a sus amigas para formar un grupo de hijas y madres e inscribirse; inclusive ingresó una abuelita. ¡Qué locura! —pensé. ¿Para qué ingresa una abuelita, que de seguro ya no tiene el ciclo menstrual? Me equivoqué, el conocimiento de las mujeres mayores es el mayor legado que tenemos las nuevas generaciones. En ellas reposa toda la sabiduría del universo. Y, claro, como una de las consignas de mi vida es explorar todo, sin reservas, e intentar despojarme de los prejuicios, me inscribí en el taller. Además, eso me da material para escribir. Así que, casi sin saber qué era el chi-kung, inicié la nueva aventura. La verdad mi hija sabía más del asunto que yo misma. Los ejercicios son suaves, no demandan movimiento exagerado o perturbador; al contrario, te obligan a tomar conciencia de tus órganos, de todo aquello, que vive dentro, te invitan a tocarte y acariciar desde la paciencia y el amor todo lo que te pertenece. Hablamos de los ciclos y la forma cómo las mujeres debemos estar conscientes de estas fases que traen transformaciones físicas, emocionales y psicológicas. Además de la sexualidad, entendida desde el placer. Maravilloso poder adentrarnos en estos temas con las hijas, eliminar las barreras generacionales y aprender del sentir y vivir ajeno. Conocer a la maestra Laura Corral, me llenó de profunda tranquilidad, porque es de esas personas que transmiten paz (cosa muy difícil de encontrar en estos tiempos convulsionados y violentos). Según lo que entendí, el chi-kung es un tipo de meditación en movimiento que te ayuda a conectar con tu propia energía. Y a mí me encanta la idea de conectar con mi interior, lo difícil está en que pueda lograrlo porque pienso demasiado y a mi cerebro le cuesta parar y tomarse vacaciones.
En una de las clases nos acercamos al trabajo con “el templo uterino” en palabras de la maestra. Pensar en el útero como un templo ofrece una mirada diferente de todo. La maestra nos invitaba a sentir ese templo a través de una serie de ejercicios que incluían movimiento y respiración. Al recoger las experiencias y sensaciones de cada una de las asistentes, me sorprendió escuchar como algunas mujeres en verdad están muy conectadas con su interior y lograron sentir a ese templo de vida de la mujer con total sensibilidad, a imaginarlo agua y hasta convertirlo en una imagen simbólica de una medusa o un pulpo en movimiento que estira sus prolongaciones hasta conectarse con el corazón. ¡Qué increíble imagen sensorial!, digna de la poesía surrealista —me dije.
Entonces, entré en crisis, porque yo ni siquiera logré identificar bien por dónde estaba mi útero. Creo que se encontraba escondido en algún remoto lugar de mi templo y aunque me esforzaba por sentir algo, no sentía nada. Y como ya dije que pienso demasiado y siempre estoy buscando explicaciones a todo, pensé: “He fracasado como mujer, cómo puede ser que no sienta la matriz que dio vida a mis hijos. Mi fuente de poder está apagada o tal vez resentida porque no le he dado la importancia necesaria.” Miles de años de prácticas milenarias de los taoístas tirados al baúl de la incertidumbre porque era la única de las asistentes que no sintió su templo.
Como buena literata, me armé una película completa de mi futuro en relación con mi templo pues imaginé que, al no ser capaz de conectar con mis órganos sexuales, de seguro me espera una menopausia aterradora mientras todas gozarán de una “plenipausia” (palabra inventada para designar al estado de plenitud en la menopausia); y de seguro, la sanación universal que asegura el chi-kung no funcionará conmigo porque no soy capaz de sentir. Es increíble cómo los paradigmas con que muchas personas hemos crecido pueden trastocarse desde otras cosmovisiones. Los occidentales hemos sido criados desde la idea de la búsqueda del éxito, de la perfección, de aprender a encajar con la “normalidad” (que en realidad no existe).
Siempre fui perfeccionista y me gusta cumplir al pie de la letra con mis responsabilidades y cuando algo no me sale bien, el mundo entero se mueve en mi cabeza. Eso fue lo que me sucedió el día que no pude sentir mi útero como las demás. Mi corazón volvió a su sitio, el momento en que la maestra me dijo que “no sentir es también una emoción” y que no me preocupara porque ese el inicio para empezar mi camino de reconocimiento. Sus palabras me devolvieron el aliento y en un minuto dejé de sentirme la rara del grupo. Sin embargo, siempre me salva la escritura porque cuando escribo logro diseccionar cada uno de mis prejuicios y hacerlos papilla para aceptar los cambios. De seguro, les contaré cuando me conecte con mi útero y lo vea convertido en un bellísimo animal mitológico, tal vez un dragón, un ave fénix o el Catoblepas de Borges (que era capaz de devorarse a sí mismo para volver a crearse); mientras tanto seguiré intentando de la mano de gente amorosa que siempre se cruza en mi camino.
