Me ha preocupado últimamente el tema de las dictaduras. Desde que recuerdo, han sido de los hechos más funestos que hemos vivido los seres humanos. Y aunque, las dictaduras militares o políticas van desapareciendo de a poco, unas nuevas van imponiéndose en el mundo actual. Por ejemplo, la dictadura del like. Esta dictadura me es muy cercana porque tengo hijos adolescentes, sobrinos y amigos de los hijos y hermanos y conocidos y el mundo entero alrededor mío sumergido en las redes. Veo día a día cómo el poder de las redes sociales crece imparablemente y por un lado me encanta porque permite que la gente se vincule, conozca los talentos de los otros, promocione sus servicios, aporte al mundo con reflexiones, creatividad y acciones (en el mejor de los casos). Sin embargo, por otro lado, también creo que las redes pueden generar sentimientos de soledad y necesidad de atención permanentes. Subimos historias por cada paso que damos, de cada plato que comemos, de cada lugar que visitamos, o de cada caída a la que asistimos. Y creo que todo es válido. Algunos subimos docenas de fotos de lo que nos motiva: los hijos, la familia, las religiones, el deporte, los eventos sociales, las causas ambientales, las selfies. No se puede juzgar lo que a cada uno le empuja. Lo importante, es no llegar a convertirlo en la necesidad prioritaria de nuestra vida. ¿Pero qué significa realmente ese like? Sin duda, las redes son adictivas. Y no solo para los chicos, sino para las personas adultas que hemos encontrado en ellas un refugio, un lugar para ser nosotros mismos o buscar ser alguien más. En este sentido, todos los que las usamos buscamos ese like (pocos me dirán que suben algo para pasar desapercibidos). Y las conductas adictivas van más allá de recibir un like, muchas veces las vidas ajenas también pueden convertirse en una perversa adicción. El otro día me puse a revisar quiénes ven mis estados y resulta que la gran mayoría son familiares o conocidos a los que nunca veo. Deduzco de esto que los seres humanos somos curiosos y nos gusta saber del prójimo (es entretenido). A algunos los he llamado o enviado un mensaje alguna vez y jamás me han contestado; sin embargo, no se pierden una sola historia mía. Me pregunto si debo sentirme halagada o triste. El otro día les preguntaba a mis hijos y me decían que el like significa (más allá del obvio «me gusta»): me importas, estoy aquí. te veo, te sigo, soy tu amiga o amigo, me interesas, eres popular. Yo me pregunto qué tan reales son esos sentimientos que pueden expresarse tras este signo y cómo están influenciando nuestra actitud frente a la vida. La verdad quisiera sentirme más amada en vivo y en directo que con los likes y corazones que me colocan en el Facebook o Instagram. Me encontré hace poco con uno de esos familiares que me sigue en todas mis historias y que suele ponerme like a todo lo que publico. Optimistamente, me sentí cercana porque en las redes parece que somos íntimos. Me crucé la calle para darle un abrazo y un efusivo saludo. Y me miró como si no supiera quién era. Con un gesto adusto, tan solo pudo levantar la muñeca para que la mano saludara por él. Para no quedar en completo ridículo guardé mi efusividad en el bolsillo e hice lo mismo. También guardé mi repertorio de palabras y conversación. Y continué mi camino. La verdad es que también existimos los tristes, las deprimidas de vez en cuando, aquellos a los que no todo les sale bien, las que nos equivocamos (claro, pero qué difícil se nos hace decir eso en las redes; es más fácil mostrarnos perfectos). Y los likes están ahí para consolarnos. El paraíso de cordialidad, buenos deseos y personas generosas puede disolverse tristemente en la realidad y eso me inquieta, pues hasta qué punto nos creamos un falso personaje: el feliz, el optimista, la buena onda, el que se alegra del progreso ajeno, el padre perfecto y amoroso, la madre abnegada y que educa bien a los hijos o el exitoso que se aferra al triunfo (como su única forma de vivir). Hemos de ser precavidos y cautos en cuanto a las dictaduras de los falsos afectos y los likes para no perder la poca humanidad que aún nos queda.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
