Soy una mujer de marcadas obsesiones, al menos eso dicen los más cercanos. Desde hace dos semanas me obsesioné por hacer ejercicio porque a veces padezco de sedentarismo crónico y cuando, de pronto, siento que los pantalones me empiezan a apretar, no me queda otro remedio que tomar medidas extremas. Creo que es muy común que nos pase esto a los que nos dedicamos a escribir, pues estamos largas horas sentados frente a una computadora. En mi caso, lo terrible es que en mi familia a todos les gusta hacer deporte: mi esposo y mi hijo suben a la montaña a las 6h00 y trotan tres kilómetros, mi hija hizo ballet por muchos años y siempre está haciendo rutinas de gimnasia, estiramiento y abdominales. Yo, por suerte, aprendí a hacer algo de yoga hace unos años y me gusta bailar; sino, quedaría pésimo frente a la selección de deportistas de mi casa. Por suerte, uno siempre se encuentra en el camino con personas parecidas y que comulgan con nuestros intereses y necesidades. Así, que ahora me despierto todas las mañanas a las 6h30. Me visto con los ojos cerrados y a las 7h00 en punto estoy lista para conectarme por Zoom con una amiga. Ella tiene una lista de canciones que reproducimos gracias a Spotify durante una hora. La lista es muy variada y tiene canciones de nuestra época de adolescencia. Bailamos con desenfado: El Meneaito, Macarena, Lambada y Cali pachanguero. Suele ser muy divertido porque lo hacemos espontáneamente y, aunque sea a través de una pantalla, nos sentimos cómplices en la locura. Confieso que siempre he sido mala para el deporte, pero bailar es algo que me encanta y si me ayuda a mejorar mi salud, mucho mejor. Para no aburrirnos con la misma rutina todos los días, decidimos que los lunes, martes y jueves haríamos bailoterapia; los miércoles, yoga (disciplina que disfruto mucho desde hace algunos años) y los viernes, intentaríamos con una danza que te limpia los chakras y que se denomina danza primal (mi amiga es la experta en esta manifestación de movimiento). Los días de bailoterapia han sido muy agradables porque el baile nos despierta. Las clases de yoga son más pasivas, pero demandan mucha concentración y estiramiento. A mi compañera de baile, le cuesta un tanto engancharse, pero lo intenta. A mí me intrigaba mucho saber de qué se trataba la danza primal. Cuando mi amiga me lo mencionó la primera vez, me sonó a un baile primitivo para el que se necesitarían taparrabos y plumas en la cabeza. Investigué un poco y descubrí que se trataba de una danza que motiva a la meditación en movimiento. Esta semana finalmente logramos hacerla. Iniciamos con una explicación sobre cuántos ritmos íbamos a bailar y mi amiga me contaba las maravillosas experiencias que ha tenido al practicar estos movimientos. Vino la primera canción que, según contó, se trataba de un ritmo de relajación. Entonces dijo: ─ Baila como puedas, relájate y muévete sintiendo la música. Yo, solo en esas cosas, suelo ser muy obediente, así que cerré los ojos y empecé a moverme con misticismo y a balancearme de un lado hacia otro. La segunda canción despertaba el chakra de la sensualidad y mi amiga me exhortó a sacarla a flote. ─ Siente tu sensualidad, ─me dijo. Empecé a moverme como serpiente para hacerme la sensual. Como no lo lograba, miraba de reojo a mi compañera de danza y notaba que a ella si le salía lo sensual a flor de piel. Entonces, me dije: “Ni modo, pues le voy a seguir los movimientos” y empecé a quebrarme de lado. Luego, llegó la canción en la que mi amiga dijo, con mucha euforia: ─ Esta es la canción para que saques toda tu furia interna: salta, grita, desahógate. Pues, eso hice: salté, grité y mis dedos se cerraron para formar dos puños furiosos que golpeaban al punching-ball invisible (de esos que usan los boxeadores para entrenar). Al finalizar la canción, yo estaba casi desmayada de cansancio y mi hija, enojadísima, porque no la dejaba dormir. Luego, vino la canción para abrir el corazón y mi amiga me contó que esa, a veces, le hacía llorar porque era conmovedora. La verdad, amé esa melodía porque después del último set de gritos y saltos ya no podía casi moverme, así que me abracé el corazón y empecé a balancearme, ante el asombro de mi perro que miraba espantado mis cambios abruptos de ánimo. Después bailamos la canción para afianzar la intuición. Esa sí que sacó toda mi parte intuitiva porque mientras cerraba mis ojos, me imaginaba como Jane en la selva. De hecho, así lo confirmó mi hijo, quien había llegado unos minutos antes para admirar la locura de la mamá y que, sin dudar, dijo: ─ Mami, esa música parece la de Tarzán. ¿Y, por cierto, qué estás haciendo? Abrí los ojos y le expliqué que se trataba de una danza especial. Ante lo que él replicó: ─ ¡Y no te da vergüenza! Finalmente, vino la melodía para expresar todo lo que a uno se le queda guardado y no es capaz de contarlo. Esta parte era la que más me emocionaba porque siempre he sentido que tengo tantas cosas que decir y a veces las palabras se atascan en mi garganta. Esa era mi oportunidad de limpiar aquel chakra. De pronto, sonaba una canción que se asemejaba a una ópera y, al parecer, estaba en italiano. Mi amiga me motivó, entonces, a cantar, a decir todo lo no expresado. El problema es que no nací con el don del canto y menos en italiano; pero, sin darme por vencida, pensé que debía dejar fluir la energía y simplemente cantar lo que saliera en el momento. De pronto las palabras que salían de mi boca eran: ¡pizzaaa!, ¡lasañaaa!, ¡hamburguesaaa! Mis hijos, desconcertados, sacaron otra vez sus cabezas para mirar el espectáculo y para decirme: ─ ¡Mami, se nota que te mueres de hambre! Los ritmos terminaron con una meditación de cuatro minutos en la que aproveché para hacer un recuento de imágenes de todo lo que había vivido esa mañana. Me di cuenta que la vida es un constante desafío, que a veces tienes que improvisar, que tienes que aprender a adaptarte, que hay cosas dentro de ti que desconoces, que eres capaz de sacar las más extrañas melodías para saber que estás viva. Mi amiga logró su cometido porque, a mi manera, con mi sensualidad de serpiente mal herida y mis canciones profundamente alimenticias he logrado sentir el equilibrio.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
