Esta semana tuve la oportunidad de reunirme con chicos de varias edades y de varios colegios para leerles mis textos con motivo de la celebración del Día Internacional del Libro. ¡Cuán gratos son estos encuentros! Especialmente cuando los pequeños a los que lees, sonríen al escuchar tus historias y levantan la mano solo para decirte qué les gustó el texto, qué van a convencer a sus padres de comprarlo o que se identifican con los que les pasó a los personajes. Son esos momentos en los que te das cuenta de lo que significa la creación y de cuánto aportan los libros en la vida de las personas. Escribí mi primera novela infantil La isla más pequeña del mundo hace algunos años, tras un largo tiempo de divorcio con las palabras, pues me dediqué a disfrutar de la maternidad y, aunque, de vez en cuando, me angustiaba el distanciamiento con el oficio, decidí que estar con mis hijos era fundamental y que no había tiempo para más. Sin embargo, ahora me doy cuenta que las cosas suceden sabiamente en el universo. Yo necesitaba ese tiempo para acumular un sinfín de vivencias que luego resonarían en mi creación. Y así fue, me decidí a escribir una novela infantil a partir de muchas experiencias cotidianas y aventuras parentales que fui acumulando por años, gracias a mis hijos, que han sido maestros de vida en muchas cosas. Cuando mencioné a mi familia la idea de escribir esta novela y mis intenciones de basarme en nuestras vivencias, lo primero que dijeron mis hijos fue: “mami ni se te ocurra contar nuestras cosas” y “si cuentas, nos enojamos”. Ante semejante advertencia, quedé muda ante la hoja en blanco porque me preguntaba: “¿y ahora qué escribo?” y “¿cómo lo escribo para que nadie se sintiera traicionado?”. Decidí aventurarme y escribí sin parar durante tres meses. Corregí muchas veces cada capítulo, partí de lo que conocía, de lo que había vivido y de todas las enseñanzas que mis hijos me ofrecían a diario. Y para que nadie se enojara, les leía cada capítulo terminado para escuchar comentarios, sugerencias y censuras. Eso se convirtió casi en un focus group en el que participaban hasta los perros porque en la novela aparecían todos. Debo confesar que borré páginas enteras porque los chicos decían que los estaba desnudando y les preocupaban los comentarios de sus amiguitos. (Me gustaba su optimismo porque estaban seguros que todo el mundo la iba a leer). La censura fue buena porque desarrollé unos personajes muy reales pero que lograron pasar la esfera biográfica para someterse a la maravillosa ficción. El resultado final fue la historia de una niña que tenía miedo a crecer y enfrentarse a la adolescencia y a todos sus fantasmas: la llegada de las espinillas, las peleas con su hermano menor, la menstruación, los primeros novios, las niñas populares y los amigos desleales. La solución a sus problemas sería huir a la isla más pequeña del mundo. Cuando terminé de escribir la novela y ya con la aprobación de mis editores en jefe, me sentí orgullosa. Imprimí los manuscritos y estaba decidida a hacer algo con ella. Mi esposo sugirió que la envíe a un concurso. Nunca he sido muy adepta a ellos, pero pensé que no perdía nada en hacerlo. Esperé ansiosa el veredicto durante dos meses. El día del dictamen, salieron tres sabios (de esos que abundan en el mundo literario) a decir que el ganador era un escritor español, que como buen español cumplía con el esquema de una buena obra infantil. Me entristeció el veredicto y hasta el día de hoy me pregunto: ¿y cuál será el esquema al que se referían? ¿y quién dictamina que todos los españoles son buenos? Mas bien, ¿cuánto importa la bondad en el mundo de la literatura? Decidí tomarme mi tiempo y guardé mi hermosa novela en lo más profundo de un cajón. Pasaron dos años y un día la encontré por casualidad mientras arreglaba el escritorio. Otra vez me entró el bichito de hacer algo con ella. Así que decidí, entregarla a una editorial muy conocida de la ciudad para ver si me la publicaban. Cuando me reuní con los editores me dieron un informe escrito en el que se afirmaba que la novela era muy buena, con episodios bien logrados y graciosos; pero… (Ahí viene el famoso “pero”) les parecía que había un enfoque desde lo femenino que dejaba de lado a los personajes masculinos, así que querían una reescritura desde lo masculino porque eso es lo que vende y no era conveniente que me leyeran solo niñas. Sí que me la pusieron difícil, siempre he pensado desde lo femenino, soy mujer. Además, decidí que el personaje central fuera mujer y que ella también pensara desde lo femenino. No podía imaginarme a Paloma (que así se llama la protagonista) convertida en Palomo. Así que, muy agradecida, les dije que la novela no daría tal giro y me fui por el pasillo de la desolación. Tres meses después, mientras conversaba con otra editora, mencioné mi novela y se interesó en ella. Parecía que todo iba directo a la publicación cuando un día me pidió que la convirtiera en fábula y que Paloma fuese un animal en vez de una niña. Y que el escenario fuese la selva porque esos temas estaban muy de moda. ¡Esto ya era el colmo! Primero debía convertirla en hombre y después en animal. Y encima tenía que trasladarla a la selva para entrar en el canon literario. Por supuesto, no hice tales cambios. Afortunadamente, no suelo darme por vencida con facilidad. Decidí que yo misma la publicaría (con un riguroso proceso de corrección de estilo y edición), que no me importaría si no estaba a la moda o en la selva; si el protagonista no era hombre o animal; y, sobre todo, que nunca dejaría que me encasillen a mí o a lo que escribo bajo los viles intereses del mercado. La novela se publicó en el 2019 y puedo afirmar que los mejores críticos han sido mis lectores: aquellos maravillosos niños que siempre se entusiasman con mis lecturas, de quien siempre saco una sonrisa (y, ojo, son hombres y mujeres) y los que me inspiran cuando me dicen: “de grande quisiera escribir como tú”. Contra todo pronóstico, creo que los eruditos de la literatura o mas bien del marketing, se equivocaron. Por eso cuando dicto mis talleres de escritura creativa para niños y adolescentes siempre los motivo y los impulso a creer en su valor y originalidad. Felicito sus textos, su creatividad y su osadía. El mundo necesita de más libros, de más gente que escriba y crea en sí misma. ¡Feliz Día del Libro!
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
