Esta última semana tuve que dilucidar sobre una pregunta que me propuso uno de mis profesores de posgrado. Él pidió que respondiéramos qué entendíamos por felicidad. Durante todo un día me pasé ensayando algunas respuestas, pues quién no sabe definir lo que es la felicidad. Me di cuenta que no era tan fácil. Y justo el planteamiento me llegó en un día de oscuridad. No sé si les ha pasado, esos días en que uno se siente la peor madre o cree que nada le sale bien, el trabajo no es satisfactorio, se tropieza en todo lado, pisa la cola del perro, pelea con los hijos o el marido, se acaba el gas y no sale agua caliente. ¡Qué mala suerte, me dije! Justo hoy tener que contestar qué es la felicidad. Decidí recurrir a preguntar a los integrantes de la familia. Ahí van las curiosas respuestas que me ofrecieron:
Mi hijo dijo que la felicidad es “no tener preocupaciones como las de hacer deberes”. (Él siempre tan simple, concreto y descomplicado). Mi hija, en cambio, definió a la felicidad como: “un complemento de experiencias, recuerdos y vivencias. Todas con un sentimiento que te llena de plenitud.” Y finalmente acotó: “la felicidad también la veo representada en personas”. (Ella siempre tan filosófica y profunda). Mi esposo, por su parte, dijo que no tenía tiempo para definir nada porque estaba en la Superintendencia de Compañías haciendo lo que le hace feliz. (Esa es su versión de felicidad: el trabajo). Creo que hasta los perros quisieron contestar porque salí al patio y descubrí que su felicidad estaba en la cola: cuando la mueven para saludarme son felices. Admiré la sencillez y sabiduría de todas estas interpretaciones de felicidad. Para todos en mi familia fue tan simple definir la palabrita que hasta me dio envidia de ver lo felices que son. Y yo sin saber qué escribir.
Cuando uno piensa en la palabra, la asocia con lo positivo, con la consecución de metas, incluso con el bienestar económico. Resulta que, incluso, ha existido una ciencia que estudia el tema de la felicidad. También me enteré que países como Dinamarca lideran el ranking del World Happines Report (increíble saber que en estos tiempos todo es medible, hasta la felicidad). No sé cómo lo harán; tal vez en los países nórdicos no cambian de humor como yo, de la noche a la mañana y todo es acogedor, amistoso y cómodo en sus vidas. Leí recientemente una investigación de Harvard, que confirmaba que la felicidad es una destreza como cualquier otra y que todos los seres humanos podemos aprenderla. Me pregunto si será tan fácil aprender a ser feliz como aprender a conducir un auto o armar un rompecabezas. Definitivamente, todos queremos ser felices; sin embargo, no nos damos cuenta que en esa búsqueda desarrollamos un miedo al fracaso y queremos siempre alcanzar la perfección. Es decir, somos felices cuando no fracasamos, cuando todo nos sale bien, cuando llegamos a un estado de excelencia. Por esa razón, ese día estaba siendo totalmente infeliz porque siempre me ha obsesionado el tema de la perfección. En medio de estas tribulaciones, recibí la llamada de una de esas amigas sabias que suelen aparecer milagrosamente en la vida. Entonces, como buena ecuatoriana le conté mis dramas y me quejé de todo. Le describí el panorama más gris de la existencia. Y además le conté que no podía terminar la dichosa tarea sobre la felicidad. Y ella me dijo: “hay gente que vive la guerra cada día. Eso es peor”. Me sentí un ínfimo gusano en el universo. Vinieron a mi mente los verdaderos dolores del mundo y lloré como “María Magdalena” (pero no como la del Nuevo Testamento, sino como la penitente del cuadro de Tiziano).
Me propuse escribir la definición, dejando de lado las tristezas y las inseguridades. Entonces me di cuenta que la vida no tiene por qué ser esplendorosa, excitante, glamurosa o perfecta. Simplemente, para ser felices no nos queda más que disfrutar de lo bueno y de lo malo.
Descubrí que la verdadera felicidad está en vivir los actos comunes. No tiene que ver en lo absoluto con las búsquedas, las metas realizadas, las cosas perfectas o los sentimientos positivos. Son esos actos cotidianos y simples como bañarse, respirar, escribir un poema, pelear con los hijos porque no ordenan la habitación, ver una buena película, lidiar con los trámites, jugar con el perro, llorar con desesperación, besar al ser amado o soportar a la vecina impertinente: aquello que nos hace vivir un estado de felicidad permanente y convierte a nuestra existencia en un sinfín de rituales que nos obligan a ser.
