Cuando te dicen pelucona

En los últimos años, he escuchado con frecuencia hablar de los pelucones. Lo que nunca me hubiera imaginado es que un día me lo griten en la calle. Pues ahí va la historia. Junio de 2022. Había iniciado el paro indígena, pero todo el conflicto estaba en el sur de Quito. Era viernes en la noche, así que decidimos ir a probar unas cervezas artesanales con la familia. Como este es el país de los juzgamientos, los de la izquierda dirán: ¡Qué pecado!, en vez de ser solidaria con la lucha indígena, gastando la plata en cervezas. Regresábamos sin pena ni gloria, pero contentos de compartir, cuando de pronto la humareda en el redondel para entrar a mi casa, era incontenible. Gente enardecida con palos y una hoguera para quemar a las brujas. Al principio me sentí muy atraída por el fuego (será por lo de bruja), pero después me asusté porque un tumulto de gente se acercaba a amenazarnos con palos y nos gritaba: “pelucones”. En ese momento, mi esposo, quien conducía el automóvil se bajó furioso del auto y me dijo: “pásate al volante”. Nos quedamos en media vía acorralados por la furia ajena mientras él se dirigía a mirar qué sucedía más adelante y, de paso, a hablar con una señora que le gritaba pelucón (por el pecado de bajarse de un auto y ella estar a pie, me imagino). Me gustó escuchar la respuesta de mi esposo ante el acoso de la señora: «Señora, ¿por qué me llama así?, ¿acaso me conoce o sabe a qué me dedico? O ¿cuánto he trabajado en mi vida para tener este auto?» La mujer se quedó callada y con una mueca en la cara se dio media vuelta para buscar otra víctima. Mi esposo se acercó a la ventana y me dijo: “Ya regreso, veré por dónde podemos pasar”. Y sin más se adentró en el tumulto y luego desapareció. Yo, entré en crisis con mis hijos dentro del carro. De repente, por un lado, se abría un camino, parecía que los enardecidos manifestantes daban paso a la compasión y nos permitirían ingresar a nuestras casas. Entonces, solo aceleré para intentar pasar; sin embargo, justo cuando iba a lograrlo, apareció un vaquero a lo John Wayne con sombrero y todo. Entonces, el asunto se convirtió en película de Hollywood con efectos especiales incluidos porque me lanzaron dos llantas quemadas para frenar mi paso. Ese momento solo pensé: “hasta aquí llegamos”. De repente, como en las películas de Marvel, aparecía mi marido, como superhéroe a mover las llantas a un lado, a una velocidad increíble y a subirse al auto, mientras yo aceleraba rápida y furiosa. (No creerán que me gustan esas malas películas, pero de todo me ha tocado ver en la vida). Finalmente, pasamos las barreras del odio y llegamos a casa más asustados que nunca: mis hijos con la idea que la lucha indígena significaba atacar con palos a los que tienen auto y yo, muerta de la pena porque el sentido verdadero de la protesta social se ha perdido en el vandalismo infundado y en atacar a los “pelucones”. Lo peor de todo era que nosotros ya formábamos parte de ese grupo. Y aquí empieza mi verdadera reflexión: ¿qué es ser pelucón? Como siempre, acudo a una de mis mejores amigas, la RAE. Según la academia, pelucón tiene tres acepciones: 1. En algunos países hermanos, se usa para referirse a la persona cuyos cabellos son largos y abundantes (definitivamente, no cumplo con el requisito porque mi pelo es delgado y cada vez se me cae más). 2. También se llama pelucón a la peluca o cabellera postiza que usan algunas personas para cubrir su cráneo, especialmente para disimular la calvicie. 3. Y finalmente pelucón es una onza de oro en la que se acuñaba el busto de los reyes españoles. Creo que por las dos últimas acepciones va la cosa. Históricamente la peluca ha cumplido varias funciones: ha sido un ornamento extravagante para demostrar jerarquía o poder como en el caso de los reyes, las damas francesas o los jueces. Por otro lado también, fue utilizada para protegerse de los piojos o para cubrir la suciedad del pelo. Pero, sobre todo, las pelucas han sido conocidas por la opulencia apoteósica que representaban en siglos pasados. ¿Será entonces que la gente -tan mestiza como nosotros- que protestaba esa noche, era capaz de ver en nuestras cabezas las enormes pelucas de los reyes franceses que traspasaban, incluso, los techos de nuestros autos que por eso querían quemarnos? Mi esposo y yo venimos de la clase media. Ninguno nació en cuna de oro ni con peluca puesta a lo Luis XIV. Hemos sorteado muchas dificultades en la vida y las hemos superado con esfuerzo, dedicación y trabajo honesto como mucha gente en el país. No salgo a las calles a protestar porque esa no es la única forma, cada uno desde su trinchera hace lo que puede. En mi caso, mi trinchera es el arte y la escritura. Y tal vez aporto más al mundo, intentando sensibilizar y demostrar la esencia que llevamos dentro, que los que se creen justicieros de los desposeídos. Es hora de dejar los prejuicios que atormentan nuestra esencia y que cargan el peso de la colonización (aquellos complejos heredados). Si bien creo en la lucha indígena y detesto a los que hablan de los “indios o negros de mierda” porque desconocen la historia; también detesto a los resentidos sociales que creen que la gente no puede superarse y si llegas a tener algo material, ya eres mala persona o no vales la pena. Afortunadamente, a mí me enseñaron a valorar a la gente por su inteligencia y sensibilidad. Evito los juzgamientos extremos porque uno no sabe la historia que se teje detrás de cada persona. La pobreza debe superarse primero desde la mente y los prejuicios sociales deben abolirse desde la derecha y desde la izquierda: no existen pelucones, ni despelucados, solo seres humanos que deberían sentarse a la mesa a compartir sus ideales (sean cual fueren estos) o como diría el gran poeta de la negritud, Antonio Preciado: “Merienda de negros: venga, usted, compañero, lo invitamos.” Ya es hora de compartir una merienda de negros, indios, blancos o mestizos y llamarnos por nuestros nombres verdaderos, sin complejos o culpas, con convicción pero sin violencia. Por mi parte, les invito a dejar de poner pelucas a cualquier ser que deambula en el mundo en auto propio, especialmente si se trata de esta mujer, que no usaría una así estuviera calva.

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