A propósito de los últimos sucesos electorales, una amiga me llamó esta semana y me dijo que me había visto la noche de las elecciones por la Shyris. Y confieso que no es la primera vez que alguien me ve en medio de la parafernalia de un evento. Sorprendida, porque sabe que no soy amiga de la política, hacía bromas sobre el suceso y sobre los ídolos políticos que ella venera. Me he preguntado desde entonces qué sería de la vida de las personas sin ídolos. Todos, en algún momento, creamos nuestros ídolos, nuestros dioses, nuestro gurús o como quieran llamarlos. En mi familia, siempre dicen que soy “novelera”. El diccionario en Google afirma que novelera es aquella persona que se deja llevar por la imaginación o aquella aficionada a leer obras de ficción. En cambio, el de la RAE describe a “novelera” como alguien inconstante y vario en el modo de proceder. (Francamente, me quedo con la primera acepción). Sin embargo, en mi imaginario siempre he creído que el adjetivo “novelera” va más allá: es aquella persona que busca estar en los momentos precisos para observar todo y luego permitirse explicar con mucha imaginación (y espero que la RAE me disculpe por atreverme a contradecirla). Y eso es precisamente lo que hacía la noche de las elecciones: ser novelera. Todo inició a las 21h00 cuando el CNE transmitía los resultados de la votación popular. El único que miró toda la trasmisión fue mi esposo mientras yo me dediqué con gran entusiasmo a escribir un poema. Mi hija mayor también estuvo muy interesada y cada hora entraba a mi habitación a preguntar: ¿quién va ganando? Y mi hijo menor hacía caso omiso de cualquier información electoral porque estaba muy entretenido jugando Play en línea con sus amigos. Además, pertenece a la generación desencantada que ya no cree en la vieja política. Lo interesante de mi familia es que tenemos una diversidad ideológica, filosófica y política muy marcada. Por la casa deambulan los fantasmas de Adam Smith, Carlos Marx, Schopenhauer y hasta Nietzche. Y cada uno tiene sus propios ídolos. Es así que, con los resultados expuestos, mi esposo dijo: ─ ¡Me voy a la Shyris! Y todos gritamos: ─ ¡Nosotros también! Entonces con gran ironía él replicó: ─ ¡Los que votaron nulo y los que no votaron, no pueden irse! Eso nos excluía, irremediablemente, a los demás. Por suerte, mientras mi esposo se cambiaba para salir, nosotros (los excluidos) decidimos adelantarnos al auto en pijamas. En cinco minutos todos viajábamos de camino a la Shyris. Y como buena novelera, también llamé a mi hermano y sobrinos para ver si nos acompañaban. Debo confesar que solo llegamos a las Naciones Unidas porque el tumulto de gente era impresionante: hileras de autos, miles de rostros desconocidos, sonrisas que traspasaban las mascarillas, conductores ansiosos por demostrar el poder de sus bocinas. Eso me da mucho material para contar. Yo me dediqué a observar a la gente y a los zapatos que, eufóricamente, salían por las ventanas. Nunca había visto a nadie festejar con zapatos. Toda la gente iba en auto, demasiados autos; a mí me faltaban los peatones de Quito. Mi hija aprovechaba para hacer vida social por la ventana mientras mi hijo intentaba filmar todo con su celular. Una vez más confirmé que toda la gente crea ídolos para mantenerse con vida. Recordé, entonces, otra ocasión en la que me vieron metida entre un centenar de personas. Fue hace unos años cuando acompañé a mi hija a perseguir a sus ídolos musicales del momento. Era un grupo de actores y cantantes argentinos que llegaron a Quito a dar un concierto. Como suelo compartir las obsesiones de mis hijos, pasamos dos meses aprendiéndonos las canciones y el día que llegaron a la ciudad, estuvimos en primera fila frente al Hotel Colón esperando que salieran a saludar a las admiradoras. Planeamos una estrategia: mi hija y su mejor amiga se colocaron en el lado derecho de las barandas que impedían el ingreso al hotel, mientras mi hijo, aún pequeño y yo, nos pusimos del lado izquierdo para tener cubierto todo el perímetro. Las jóvenes adolescentes y las madres noveleras apretaban tanto que no tuve más remedio que subirme a las barandas. Desafortunadamente, solo pude subir una pierna porque la otra quedó irremediablemente atrapada el momento en que una docena de gente estaba encima de mí intentando filmar a los artistas que salían a saludar. Mi hija y su mejor amiga estuvieron a punto de enloquecer cuando consiguieron la foto, la filmación y el autógrafo de dos de los artistas. Yo trataba de mantener la cordura y de cubrir a mi hijo pequeño con una de las piernas que quedaba en tierra firme. Luego en un minuto, los famosos desaparecieron y los fanáticos corrían despavoridos hacia el otro lado del hotel. No tuve más remedio que correr desesperada tras mi hija y su amiguita que también seguían a la multitud que se dirigía al mercado artesanal, pues decían que el resto del grupo musical estaba ahí. Al caer del día, las niñas regresaban felices porque habían conseguido estar cerca de sus ídolos o al menos de la idea que tenían de ellos y yo regresaba con varias ampollas en los pies. Una semana después, un compañero de trabajo, entre risas, me mostraba una foto en la que aparecía trepada a medias en una baranda frente al hotel Colón. Casualmente, él había pasado en un bus por la entrada del hotel y me tomó la fotografía en la que aparezco como un verdadero paparazi. Y de estas aventuras, ayudando a mis hijos a descubrir a sus ídolos, he tenido muchas. Pero el tiempo pasa, los famosos desaparecen, la vida transcurre, los niños crecen y solo quedan los recuerdos. Lo mismo pasará con esa noche de domingo en que regresábamos riendo al vernos, ridículamente, en pijamas y debatiendo sobre nuestras elecciones personales. Siempre estamos en la búsqueda constante de encontrar ídolos de cualquier tipo para sentir que somos importantes, que necesitamos admirar o rendirle culto a alguien. Por mi parte, he decidido rendirle culto a mi “novelería” que es la que me permite contar.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
