En los últimos meses he tenido que relacionarme con un mundo muy ajeno al mío. Todo comenzó cuando mi hija decidió seguir un curso de modelaje para matar el tiempo en la pandemia. En ese encierro todo era válido. No tenía idea cómo sería un curso de modelaje por zoom. Se publicitaba el curso en redes sociales: duraba tres meses, también impartían un curso de maquillaje y además estaba con descuento. Increíblemente, las maestras vieron las formas para enseñar pasarela de forma virtual. Mi hija se subía por primera vez sobre tacones altos y lejanos, como la película de Almodóvar y tenía sus primeras ampollas después de realizar semejante proeza. Mi hija que siempre ganó los concursos de libro leído, los certámenes de cuento y poesía, que bailó ballet angelicalmente toda su vida, ¿de dónde sacaría esos dotes? (de la mamá, al menos, no). Y de pronto, la invitaron a otras sesiones fotográficas y luego a participar en un concurso de modelaje. Tras tres meses de caminar y caminar en la sala de mi casa (cosa que no me parecía muy productiva), la llamaron para hacer el book fotográfico. Y, ¿qué será eso? ─me preguntaba. Pues, se trataba de un día entero dedicado a que le tomen fotos a la guagua: fotos en traje casual, de baño y de gala. ¡Qué pérdida de tiempo! ─me dije. Nunca en mi vida se me habría cruzado perder el tiempo en esas extrañas vanalidades, pero como ya estaba pagado dentro el curso, ni modo. ¿Cómo irá a posar mi hija, si ella no tiene esas destrezas? Siempre ha sido una niña con otros intereses ─me cuestioné. Mi primera sorpresa la recibí el momento en que inició la sesión fotográfica: ella posaba con tanta actitud que casi muero de la impresión. A la tercera salida, ya me tragué los pensamientos anteriores y me dediqué a disfrutar de la seguridad que mostraba en cada fotografía, como si lo hubiese hecho toda la vida. Yo misma me sentí una diva detrás de las cámaras que la fotografiaron. Debe ser la extraña sensación que tienen los representantes de los famosos. Debo confesar que me sentí triste cuando ella se entusiasmó con estas propuestas e invitaciones porque, como todos los seres que circundamos las esquinas de esta sociedad, estamos llenos de prejuicios y estereotipos. Y, aunque me he declarado librepensadora en muchos ámbitos y contraria a los estereotipos sociales, me di cuenta que había generado otros muy fuertes como el rechazo a lo que, según yo, puede declararse vano (cosa por lo demás muy subjetiva). Ese es el riesgo: nos atrevemos a romper con estereotipos, pero en el camino no nos damos cuenta que creamos otros. Siempre pensé que el modelaje era una carrera fatua, de gente superficial y en mi calidad de artista, esas serían vivencias que no llegarían a mi vida. Los de la nueva ola, los open mind, los que peleamos por las causas sociales, o como quieran llamarnos, también expresamos posturas prejuiciosas y para pertenecer a estos grupos debemos cumplir con estándares como vestir alternativo, no tomar Coca-Cola, no ser consumistas, preferir lo vegetariano o vegano, tener un amigo gay. Estándares que se convierten en modas que nos devuelven a los estereotipos. El juzgamiento constante puede convertirse en un modus vivendi para todos los que creemos tener la razón. El otro día una amiga artista me decía: “si mi hija, estudiara Administración de Empresas, me moriría”. Como si el arte debería estar peleado con el resto del mundo para tener un verdadero valor. Todos los días luchamos por acabar con estereotipos de género, sexuales, profesionales; sin embargo, creamos otros que también nos atan y que se debaten en la estrecha línea entre lo que es y debería ser. Creo que las posturas absolutamente extremas son dañinas. Lo importante es ofrecer valor a todas las cosas y descubrir lo positivo de las situaciones. En el caso, específico del modelaje, descubrí que el nivel de empoderamiento que pueda darte una actividad así es grandioso. Entonces, decidí ponerlo en práctica un día en que acompañé a mi hija a un repaso. Ella ingresó al auditorio sin problema porque venía con el atuendo, tenía el porte y toda la facha de modelo. Cuando yo quise ingresar el guardia dijo: ¿y usted a dónde va? ¿también es modelo? Pues, definitivamente no y, además, me hacen falta unos buenos 25 centímetros para serlo. Sin embargo, me llené de la seguridad de mi hija y con toda la actitud contesté: “Claro, no me ve. Soy modelo y mucho más”. El hombre me miró sorprendido buscando en mí el estereotipo que los imaginarios han construido sobre estas mujeres, pero mi proyección y actitud eran tan fuertes que, algo debió encontrar. Con pena por no dejarme pasar, inmediatamente, se disculpó y me dijo: “Claro, pase, pase”. Exactamente, pasé en un día de escritora a modelo.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
