No sé qué piensan ustedes sobre las agrupaciones, asociaciones, grupos de wasap (me gusta esta forma ya
aceptada por la RAE para referirse al WhatsApp), clubes deportivos o cualquier cosa que implica ser parte de un conglomerado social o profesional con nombre y que maneja un código que a veces es explícito y otras veces implícito. Aunque no lo crean y me vean tan sociable (esa es la imagen que mucha gente tiene de mí), soy un alma bastante extraña y libre que goza mucho de la solitaria libertad de no ser parte de los grupos cerrados. Y miren que tengo muchos amigos y amigas en el mundo y disfruto mucho de su compañía, de compartir conversaciones, de degustar un buen vino, de reunirme con ellos, de hacer karaoke y cenar juntos; sin embargo, no creo mucho en los grupos cerrados, esos que adquieren características de secta porque siento que terminan cosificándote, robándote parte de tu identidad, vistiéndote igual, guiándote por el mismo camino, haciéndote creer en lo mismo, influenciándote a usar el mismo discurso, incitándote a usar los mismos códigos. Y no digo que eso sea totalmente negativo, de hecho, depende de la personalidad de cada uno. Hay grupos cerrados que son la razón de ser de muchas personas porque les ofrece protagonismo, da rienda suelta a sus capacidades de liderazgo o porque simplemente les ofrece la posibilidad de ser parte del “statu quo” y desarrollar un sentido de pertenencia. Y eso puede ser bueno para algunos. En mi época de adolescencia pertenecí a un grupo cerrado absolutamente y a pesar de lo cercanas que parecíamos y de haber jurado no separarnos en la adultez, nunca más volví a ver a mis amigas del colegio. Y como prescindí de la amistad de todas aquellas que no pertenecían a este grupito cerrado, me perdí de tener un círculo más amplio de amistades. Eso es algo que lamento profundamente. En la parte profesional, ser parte de un grupo puede ser importante porque te genera oportunidades. Desde esa perspectiva, he participado en algunos. Lastimosamente, muchos conglomerados suelen tornarse conflictivos y generadores de luchas de poder: la gente se pelea por demostrar quién manda, quién es el más inteligente o quién siempre tiene la razón. De hecho, pertenezco o he pertenecido a muchos grupos cerrados y de mis experiencias puedo concluir que nunca me han gustado porque ahora sé que disfruto de ser amiga de todos y detesto ver cómo dentro de un mismo grupo la gente se polariza, se organizan frentes y guerras absurdas de ego. Creo que, en muchos, casos suelen ser la mayor fuente de la hipocresía organizada. Esto lo aprendí con los años. Y se da en todo ámbito: en los colegios, los grupos de padres suelen ser difíciles, desde los conservadores hasta los más alternativos que suelen organizarse en sectas de supuesta libre asociación. En mi caso particular, he disfrutado de haber encontrado amigos verdaderos entre padres y madres de familia con quienes mantengo una relación fraterna y auténtica, y por suerte no hemos formado personería jurídica y todos pensamos diferente. Siempre me alejo de los que piensan idéntico (por muy progresistas que parezcan). Como siempre me gusta analizar todo haciendo uso de las otras disciplinas, desde la Filosofía, puedo afirmar que los occidentales somos dignos herederos del yo cartesiano y aunque nos decimos miembros de un grupo, en verdad, actuamos haciendo gala de nuestros mayores egoísmos que nos alejan del sentido colectivo que implica una verdadera comunidad. Me gustan los grupos abiertos, esos con los que te reúnes cuando lo sientes, sin horario y restricciones; esos amigos que respetan absolutamente tus rarezas y no te critican porque no calzas en lo reglamentado; aquellos a los que ves tres veces en la vida, pero siempre están en tus pensamientos. Mis mejores amigos son gente común que se dedican a hacer cualquier cosa o aquellos que se dedican a escribir poesía, no por vanidad, sino porque tienen un compromiso verdadero con su esencia y con el mundo: no les importa qué auto tienes, que ropa usas, si tienes dinero en el banco o te rebuscas el bolsillo para sacar una moneda. No me importa si son intelectuales, zapateros, filósofos de la calle, maestros yogui o amas de casa; si se autodenominan marxistas-leninistas o simplemente disfrutan de ser capitalistas y vivir con comodidad. En ese sentido, y tras dejar clara mi posición frente a los grupos, hablaré de otro tipo de grupo: los chats grupales de wasap (que son tan populares en esta época). Nunca fueron de mi agrado, salvo que fueran ocasionales: de esos creados para organizar el cumpleaños de los hijos, para organizar la fiesta navideña de la escuela o para organizar un trabajo grupal con los compañeros de estudio. Sin embargo, siempre me ha llamado la atención ver cómo mi esposo es parte de una cantidad increíble de chats grupales de ex compañeros: el chat de los compañeros del jardín de infantes, el de la primaria católica, los varios chats de la secundaria laica y, además, divididos por paralelos: los amigos del paralelo “h”, los amigos del paralelo “d”. Algunas veces me preguntó si a mí no me había contactado alguna ex compañera y, yo, con cara de -entre asombro y vergüenza- respondía: “No, creo”. Para mis adentros pensaba: «¡Quién me va a contactar si pertenecí a un grupo cerrado de cinco amigas y ellas desaparecieron como por arte de magia los últimos años!». ¡Qué vergüenza! No me quedaba otra que asumir mi culpa por mis antiguas decisiones y quedar en la orfandad total de las amistades del colegio. Afortunadamente, la vida me había puesto en el camino otras personas maravillosas y me había ayudado a no ser parte otra vez de los famosos grupitos cerrados. De repente, hace un mes y medio, sucedió lo inesperado. Recibí un mensaje de una compañera del colegio que había conseguido mi número para invitarme a formar parte de un grupo de wasap de ex compañeras de la especialidad Ciencias Sociales de la que fui parte. Me dijo: “Estamos a punto de cumplir treinta y siete años de graduadas, así que queremos contactar a la mayoría de nuestra promoción”. Me emocioné tanto por haber sido contactada (aunque eso suene a un contacto extraterrestre) y también me pareció lindo que me preguntaran si quería ser parte del grupito porque eso demuestra consideración hacia tus decisiones (cosa que me hace sentir respetada en mis libertades). Sin pensarlo dos veces, le dije a mi amiga que encantada y que si querían podíamos reunirnos en mi casa. (Hasta ofrecí la casa, sin pensarlo dos veces). En un clic, ya estaba dentro del grupo. Cuando revisé las participantes, me di cuenta que estaba una sola de mis amigas del grupito cerrado. Entonces, salieron a flote mis primeros miedos: “Y si nadie más se acuerda de mí”, “y si les parecía odiosa en esos tiempos”, “y si nadie me dice: hola”. Parecía la típica adolescente padeciendo de las inseguridades juveniles. Afortunadamente, alguien dijo: “Bienvenida, Vale”. ¡Uf, qué alivio! Y en el transcurso del día me dieron la bienvenida otras chicas. Luego pusieron una foto grupal (no tenía ni idea de cuándo la tomaron). A primera vista no aparecía por ningún lado. “Claro” ─ me dije─. De seguro no me gustaba tomarme fotos colectivas o no me invitaron a la foto. Increíblemente mi rostro aparecía en la última fila, con gesto de “no quiero aparecer porque no soy de este grupo”, pero finalmente estaba ahí. No había sido borrada de mi propia historia. Y no se imaginan lo que sentí cuando alguien compartió el himno del colegio o el repertorio de barras que entonábamos en los partidos de básquet. Juro que en los últimos años jamás había pensado en mi colegio, nunca busqué a nadie en redes sociales, peor, imaginé ser parte de un chat de ex chivitas. Le respondí enojada: “Cuarenta y cinco, pues, ¿ya no te acuerdas?” Como nunca en mi vida, me alegró ser parte de este grupo, así que le conté a mi familia emocionada que ya tenía un grupo de ex compañeras. Y que íbamos a cumplir treinta y siete años de graduadas. Mi esposo se río tanto, que no sabía si era porque compartía mi felicidad o porque no creía que tuviera un grupo de wasap de ex compañeras hasta que me dijo: “¿Cuántos años tienes, Vale? Me dijo -con tono gracioso-: “Entonces, ¿te graduaste a los ocho años? Sí de algo estoy seguro es que ustedes son “buenas Sociales”. Pues, tenía toda la razón, ni la amiga que me contactó ni yo habíamos caído en cuenta que tan solo eran veintisiete años de graduadas. Hicimos un zoom para vernos en pantalla, después de tantos años y les conté la anécdota con mi marido. Confirmamos que nuestro fuerte nunca fueron las Matemáticas, pero que tenemos otras características decidoras que se han potenciado con los años: somos increíblemente locuaces, sensibles e inteligentes. Algunas no nos reconocimos físicamente, otras estaban idénticas, algunas viven en Ecuador, otras, fuera del país. Tanto por decir y tanto por contar tras años de no vernos. Por mi parte, estaba viviendo toda una experiencia de reconocimiento. Había pasado tantos años sin recordar a nadie, construyendo nuevos caminos, conociendo nuevas personas que casi había borrado del álbum de los recuerdos a mis compañeras de promoción, a esas mujeres con las que compartí espacios y momentos; a las que ignoré y por las que fui ignorada porque nos gustaban los grupitos cerrados; mujeres diversas, vivas y apasionadas. El volverlas a sentir cerca ha sido una experiencia única. Indudablemente, el tiempo nos ha dado la sabiduría para reconectarnos. Aunque en esos tiempos no lo creía así, existe una química poderosa entre las mujeres que nos otorga identidad y fuerza. Detrás de ellas presiento tantas historias que de seguro seguirán alimentando mis páginas. Por ahora, doy gracias a la vida por los reencuentros y por las amigas que siguen llegando.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
