Debo iniciar este texto agradeciendo a Carl Gustav Jung y declarando mis severas obsesiones por el psicoanálisis para explicar todo en mi vida y en la de los otros. En esta ocasión, me atreveré a ofrecer algunas razones acerca de por qué es importante leer. Esto, desde la experiencia personal que responde a una modesta mezcla entre lectora apocalíptica e integrada.
Viene a mi mente una historia que alguna vez escuché en un seminario de animación a la lectura. El texto se titulaba: El abrazo y narraba lo siguiente: “Cuentan que, en el fondo de una cueva, doña Inteligencia trenzaba una cuerda para escalar y salir. Doña Fantasía, para ayudarla, soñaba con alas enormes de color violeta, livianas y suaves. Un rato después, abrazadas las dos, salieron a la luz del día”.
La clave para dar respuesta al cuestionamiento inicial podría radicar en esta anécdota. El abrazo de la inteligencia y la fantasía supera la visión de la realidad que conocemos. Cuando esto sucede, el ser humano es capaz de ingresar al ámbito de lo lúdico y generar un pensamiento creativo. Cuando leemos favorecemos ese abrazo y cientos de representaciones simbólicas se construyen y deconstruyen en nuestro cerebro para permitirnos conocer los orígenes de la vida, para entender el amor y la muerte, para soportar el terror, para recorrer el mundo o simplemente para descubrir todo tipo de emociones y ser capaces de exorcizar nuestros demonios.
Leemos para recrear la fantasía a través de los textos literarios y para insertarnos en mundos, a veces, parecidos a los nuestros o extremadamente diferentes, en otras ocasiones. En ellos somos capaces de reconocernos o repelernos.
Como lectora, conocí los orígenes de la vida cuando leí Las metamorfosis de Ovidio y me acerqué a la interpretación de los mitos clásicos y luego a los mitos indígenas. Descubrí el amor antes de vivirlo en Romeo y Julieta de William Shakespeare (para ser apocalíptica) y también sufrí como lectora integradora cuando accedí a uno de los best seller de amor de todos los tiempos: Love Story de Erich Segal.
También viví primero el erotismo ficcionado y luego el real. Vladimir Nabokov, Almudena Grandes y Yasunari Kawabata ayudaron mucho en el proceso.
Increíblemente, me he adelantado a los tiempos porque los libros tienen un efecto vaticinador. Ya pasé varias pandemias antes de la llegada del Covid-19: la de la ceguera de José Saramago; la peste en Argel de Albert Camus, la peste negra de El Decamerón; e incluso, la de la gripe letal en la novela de Stephen King.
La muerte presente, siempre de manera cautelosa, pero mordaz en los cuentos de Horacio Quiroga, me impactó de por vida (tanto, que a los veinte años me hice una regresión para determinar el origen de mi fobia a las serpientes y la respuesta la encontré en un recuerdo de niña mientras leía el cuento: “A la deriva” de este autor). Mis temores a la muerte se convirtieron en lágrimas cuando leí los textos de César Vallejo y en poesía cuando Elias Alder (el protagonista de Hermana del sueño de Robert Schneider) me obligó a entender a la muerte como la hermana del sueño y desentrañar un simbolismo inexplicable en ese entonces: “los que aman no duermen”. Ahora, sé la causa de mis insomnios ocasionales. A veces amo tanto que no soy capaz de dormir.
Leo para soportar el terror. No existe alma más inquieta y nerviosa, frente a lo desconocido, que la mía; por eso, disfruto de la narrativa siniestra y del horror. Me gusta tener a los monstruos cerca sin importar la transgresión física o espiritual que padezcan. Lovecraft podría dar fe de ello.
No existe cosa más asombrosa que entender a una sociedad a través de su literatura y averiguar que la cultura puede convertirse en una bendición o en una maldición; que el mundo es opuesto y ajeno; que puedes comulgar con las ideas de un individuo egipcio o asiático, aunque adoren a otros dioses.
En mi infancia recorrí el mundo entero. Conocí primero el frío de los polos, pasé los mejores veranos a orillas del río Misisipi y creo que, incluso, fui a la luna (ya no recuerdo si fue en globo o nave espacial). También he sido miles de personas a la vez y he construido una gran amistad con personajes como el Quijote o el Principito y muchas rivalidades con seres como Raskólnikov o la abuela desalmada de Eréndira (del cuento de Gabriel García Márquez).
En mi caso, a veces, la fantasía abraza más fuerte, así que por el momento detengo la lista de hechos, lugares y personajes que me han sacado de la cueva y me han obligado a reinventarme.
En definitiva, la lectura, concebida desde la esfera de la inteligencia y la fantasía, constituye una oportunidad para recuperar el sonido de la memoria, de lo que ya no se dice, de lo que se pierde por la rapidez con la que vivimos y de lo que se debe decir. Leer obliga a hacer una pausa y detener el tiempo para realizar un ejercicio no solo del pensamiento sino del corazón. Es ese espacio que se abre a la luz del día y te obliga a la fascinación, al desconcierto o a la rebelión.
¿Por qué leer? Para sobrevivir a la realidad y convertir la existencia en un constante evento de creación. Leer es un acto valiente de convivencia con el otro y con uno mismo. Todos quienes leemos nos vemos en algún momento reflejados en otras vidas y enfrentados a los arquetipos que construyen nuestros imaginarios. Es finalmente lo que nos diferencia de las bestias y nos convierte en dioses de la creatividad. Roguemos, entonces, por salir de la cueva más seguido y por el abrazo eterno entre doña Inteligencia y doña Fantasía.
