Los últimos han sido meses extraños, de muchos cambios, de aceptaciones, de renuncias y de nuevos retos. Han sido tiempos de intenso movimiento emocional y en casa todos lo han notado. Así que por consejo de una querida amiga (de las muchas amigas queridas que tengo, ni crean que siempre es la misma, soy afortunada en tener muchas) me inscribí en un encuentro de mujeres, de esos maravillosos que abundan en la actualidad. Y es que hay tantos que uno puede escoger o enloquecer en el intento. Cada vez que ingreso a redes sociales veo que crece la oferta de eventos de sanación espiritual, de control emocional, los temazcales, las constelaciones familiares, las armonizaciones, la medicina sagrada y tradicional, los retiros, las meditaciones etc., etc. Y haciendo honor a nuestras creencias, mi hija y yo fuimos a un temazcal. Lo poco que sabía sobre el término tenía que ver con mis conocimientos lingüísticos y literarios, pues cuando estudié Letras en la universidad, mientras nos acercábamos a la literatura náhualt y al estudio de los códices de las culturas mesoamericanas, recuerdo haber escuchado hablar de estos baños de vapor que cumplían funciones rituales, terapéuticas e higiénicas entre los pueblos indígenas. A parte de eso, no sabía nada más. Fuimos a ciegas, prácticamente. En casa, existen dos bandos, las mujeres que somos, en palabras de mi hijo menor: “las espirituales y místicas”; y, por otro lado, los hombres, que son los prácticos de la casa. O para expresarlo en términos de la filosofía: las idealistas vs. los materialistas. Nos dirigimos a un sitio alejado de la ciudad, en plena naturaleza, con muchos árboles y aire puro. Veíamos como llegaban mujeres felices con vestidos y recogidas el cabello con un pañuelo. Pues, decidimos imitarlas para no desentonar con sus galas. Sobre el terno de baño me coloqué una falda amplia y colorida. Con respecto al pañuelo, no tenía ni idea de cómo enroscarlo en mi cabeza, así que lo único que pude hacer es enredarlo a medias con el cabello. Inmediatamente, la mama (así llamaban a la persona que dirigiría el proceso) nos invitó a bajar una colinita y a reunirnos frente a la figura de una pequeña choza de barro que era el temazcal. Mi primera angustia fue: “¿Y cómo vamos a caber veinte y tantas mujeres en esa cosita?” Mis traumas claustrofóbicos salieron a flote en un segundo y empecé a ahogarme sin haber entrado aún. Luego hicimos una ronda para cumplir con un ritual previo y bailar una danza guerrera de empoderamiento (como suelo ser muy susceptible a estos rituales, enseguida me sentí fuerte y valiente). Entonces, nos dijeron que debíamos sentarnos porque nos iban a dar rapé. ¿Un qué? -dije en voz alta-, pero como estaba hecha la empoderada, no insistí y me dediqué a observar como las otras mujeres dejaban que les soplaran tabaco por sus orificios nasales. Mi hija salió corriendo al ver lo que sucedía y dijo que ni loca se dejaría tocar la nariz. Para dar el ejemplo, me acerqué a la persona que estaba haciendo el ritual del tabaco y le dije: “Es mi turno”. Solo puedo afirmar que cuando ingresó el primer soplo de tabaco, me sentí morir: ahogada, atrancada, asfixiada, mareada. Me ardían los ojos, lloraba sin parar, mientras la mama me decía con total tranquilidad: “Solo respira: inhala y exhala”. Fueron unos diez minutos de desesperación extrema en los que mi hija se acercó para ayudarme, sin poder hacer mucho. Entre lágrimas y asfixia, le pude decir: “Esto es terrible”. Y como un milagro, tras todo este colapso, me sentí iluminada, tranquila, con las fosas nasales totalmente destapadas, armonizada. Confirmé, entonces, que el tabaco -esa planta sagrada de propiedades narcóticas y vomitivas- es capaz de limpiarte y purificarte internamente. (Luego me enteré que los chamanes indígenas lo usaron durante siglos para mantener contacto con los espíritus y para entrar en trance). De seguro, estaba en trance porque mi claustrofobia y miedos desaparecieron como por arte de magia. Sin temores, ingresamos al espacio sagrado, una a una, de rodillas y gateando. Cuando todas estábamos ya sentadas, la mama ingresó rocas ardientes al orificio que estaba en el centro del temazcal y luego baldes de agua hirviendo con variedad de hierbas. Acto seguido, se cerró la pequeña puerta de ingreso y se hizo la oscuridad total. El vapor era fuerte y deambulaba por el reducido ambiente al ritmo de los tambores y cánticos que entonaban algunas de las participantes. Me sentía parte de una tribu, sobre todo cuando al finalizar las peticiones, las mujeres expertas en el rito decían: “Ahó” (un grito de agradecimiento o de exaltación al ser y al estar). El vapor cada vez era más intenso al igual que el afloramiento de emociones (y por respeto a la intimidad de las participantes, no puedo entrar en detalles sobre todo lo dicho y vivido en esa oscuridad). Solo puedo afirmar que hay tanto por remover dentro de nosotras mismas que ni siquiera lo imaginamos. Increíblemente, soporté las cuatro etapas del temazcal sin salir a pedir auxilio. No sé si me ayudó la mente, el trance o los espíritus. Al salir nos dieron un baño de agua helada y además llovía incesantemente. Todo dispuesto para sufrir, después, de una pulmonía y en tiempos de Covid. Caminamos sin zapatos por el lodo para regresar al punto de partida, llenas de barro, lágrimas y esperanza. Muertas del hambre y del frío, las participantes de semejante locura, nos dispusimos a cambiarnos y a compartir una pambamesa. Ya de regreso, mi hija y yo, nos sentíamos livianas, sin las cargas de los últimos meses, poseídas por los espíritus: habíamos cerrado un ciclo. Cuando entramos a la casa, mi esposo y mi hijo -que no suelen ser tan dramáticos como nosotras- nos preguntaron cómo nos fue en el temazcal mientras veían un partido de fútbol por televisión. Ni escucharon la respuesta porque Messi metió un gol.
Nosotros también habíamos metido un gol ese día y lo celebramos con un “Ahó”.
