Ayer una amiga cercana me decía que ha empezado a escribir y que, de alguna manera, yo tenía la culpa porque se sintió inspirada con mis escritos. Es en esos momentos cuando piensas en todo lo que acarrea la escritura, en cómo te construye y en cómo logra hacer de espejo para otros; es entonces cuando te sientes viva, cuando sientes que vibras alto y que el mal es contagioso. A mí la escritura me ha dado todo lo que soy y todo lo que tengo ahora. Escribí mi primer cuento a los ocho años y se titulaba “El jardín secreto del oso”. Nunca lo compartí con nadie. Luego vinieron más cuentos que, con los años se perdieron en las mudanzas. Fui una niña bastante tímida y callada que no disfrutaba mucho de la gente, así que creí que mis cuentos nunca serían leídos. (Aunque mis hijos juran que eso es imposible). Recuerdo haber sido presa de muchos temores como el miedo a la oscuridad, a las culebras y a los ratones; pero sobre todo el miedo a que se olvidaran de mí. (Creo que se trataba de un extraño sentimiento de orfandad). La escritura siempre me ayudó a expresar en silencio lo que talvez no podía expresar en voz alta. La escritura fue comprensiva y dadora en todo momento. Siempre quise ser escritora y ahora cuando mi hija mayor me pregunta: ─ ¿Cuándo descubre uno lo que quiere ser en la vida? Yo solo puedo contestarle que no tienes que descubrirlo, que está dentro, que lo sabes, pero a veces te haces “la loca” y lo escondes. Escucho mucho en los últimos tiempos decir que los chicos de hoy no saben lo que quieren, que hay que darles más orientación vocacional, que el Bachillerato Unificado no sirve o que todo es culpa de la Senescyt. Mis, queridos lectores, todos esos son asuntos externos, vanos. La verdadera vocación corre por las venas y se potencia cuando te rodeas de experiencias enriquecedoras, pero inevitablemente está dentro de uno. Lo que necesitamos es más orientación emocional, trabajar en nuestra esencia, dejar las poses, huir de las influencias externas, de las profesiones de moda, de las presiones sociales que suelen ser agotadoras. Si yo hubiese cedido a todos estos factores, nunca me habría convertido en escritora. Las malas lenguas siempre decían que debía hacerme astronauta o ingeniera espacial porque tenía potencial. Y me imagino que se referían a que tenía potencial para irme a la luna. Tal vez, no estaban muy equivocados, porque cuando escribo me transporto a otra dimensión, navego en la luz y soy capaz de aterrizar con gran maestría a la realidad cuando tengo que dejar el texto inconcluso porque los hijos quieren cenar. Y luego, regresar a cada texto es empezar una nueva aventura. Enfrentar la hoja en blanco es una de las cosas más excitantes que puede pasarle a una persona, es aprender a retarse, es decidirse y dejarse envolver en un espacio que te permite mostrarte desnuda. Han pasado treinta y siete años desde mi primera historia y aún me siento maravillada con cada palabra contada. Lo mejor es que ahora ya no tengo miedo de compartirla y mi familia tiene la ardua tarea de escuchar cada semana los primeros borradores de lo que escribo. Definitivamente, ella llegó para quedarse entre nosotros. La escritura ha sido mi mejor amiga durante toda la vida; sin embargo, como sucede en toda relación, hemos peleado un poco y hemos padecido largos distanciamientos que han enfermado mi cuerpo y mi espíritu. La escritura me ha dado grandes amigos que, afortunadamente, no cuento con las palmas de las manos: muchos amigos de letras, cine y poesía; amigos de la vida a los que he reencontrado gracias a este blog; amigos que un día fueron alumnos y ahora son padres; amigos que encontré en las veredas de la soledad; o amigos en los que un día me reflejé y ahora son incondicionales. Mi extraño sentimiento de orfandad se ha marchado para siempre, tal vez, al jardín secreto del oso de mi niñez.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
