Desde mi anterior publicación, he pensado mucho en el cine, y debe ser porque me dormí en uno la última vez (como bien recordarán quienes me leyeron). También porque los días sábados dedico mi mañana entera a saborear las delicias de un taller de cine y literatura que me ha conectado, otra vez, con una de las grandes pasiones de mi vida. Y precisamente el siguiente es un ejercicio que nació de esta experiencia cuando me preguntaron: ¿cuál fue la primera película que viste? Ahí va la respuesta: La primera vez que entré al cine: ocho años y medio recién cumplidos. Suena a un cuento de Benedetti, pero cuidado se confunda, querido espectador. En la Espejo y Guayaquil esperaba la gran casa de los afectos en donde mis padres y yo, nos abstraíamos del mundo: el legendario Teatro Bolívar. Un niño, el pan y el vino: la primera película que todo santo inocente quiere ver. Me dio tanta pena del niño mordido por el alacrán que sudé junto a él cada gota y lloré como los cocodrilos de Lorca cuando el Padre Eterno se lo llevó. En ese entonces pensar en cine era ver de frente la gran pantalla y dejarse envolver en una cinta de 35 milímetros que rodaba sin parar. Era también voltear mi cabeza de vez en cuando para ver aquella deforme boca de fuego desde donde salía la magia. Así, los domingos de gancho se convirtieron en el símil de la omisión. Lograba omitir el mundo, y, nada que ver con el escapismo, para eso estaba Houdini. La vida en omisión se convertía en un acertado camino hacia la preservación del alma infantil. Yo que casi no había visto nada, en ese entonces creía verlo todo. Debo confesar que la rigidez y frialdad de los asientos de cuerina brillante de los viejos cines, lograban embalsamar mi cuerpo. Afortunadamente, poco a poco se acostumbraron a mí y yo, a ellos. En ese entonces desconocíamos que tendríamos una larga y duradera relación. Las luces apagadas de este gran santuario de imágenes me atemorizaban tanto como las largas noches sin luna en que no dormía del miedo a ser tomada por el Padre Eterno. Y es a Marcelino a quien le debo ese oscuro temor que me ha perseguido durante años. Definitivamente, mi primera película fue el inicio de mi eterno divorcio con la divinidad. ¿Qué ser especialmente monstruoso era capaz de arrebatar la alegría de la infancia a un niño y llevárselo a quién sabe dónde? Y aunque los gentiles monjes del convento, no fueron tan malos, me he despojado de los hábitos totalmente. Luego supe que mi Dios sería el cine. Mi mirada, siempre fija y abismalmente traidora a la realidad se embriagaba con los resplandores de la pantalla grande. Nunca miré los corredores porque temía tropezar con los hermanos Lumiere y desbaratarme en agradecimientos y decirles que fueron arriesgados, que la vida no podría concebirse sin poder encapsular las imágenes cotidianas en movimiento para recordarlas, para venerarlas, para adorarlas. Y que ellos, lo lograron. Así que mas bien me dedicaba a ver todo lo que se podía o lo que aún puedo recordar: algunas películas de charros mexicanos que mi madre adoraba, las viejísimas versiones de los cuentos de hadas de Disney, las primeras de la Saga de La Guerra de las Galaxias que ni entendía mucho porque la ciencia ficción nunca fue lo mío. Mis domingos de matiné fueron hartos y las imágenes que guardé, hartas también. Aún reposan en el fondo de mi taza de café, los días de lluvia. Hasta aquí, la versión oficial, ahora me atrevo al palimpsesto y cual director de cine presto a llevar a la pantalla la obra literaria, procedo a reescribirlo todo. Inicio de nuevo. Creo que mi verdadera historia con el cine es más reciente, de hace veinte años atrás apenas. La primera vez que entré al cine fue cuando tropecé con el heredero del séptimo arte, el maestro Ulises Estrella: la misma pantalla, las mismas bancas, el mismo silencio, los mismos grises. Lo único diferente: yo. Primera película, otra vez. Una que me desangró los ojos, alegóricamente hablando, con la misma navaja de la primera escena y que me salvó de la ceguera permanente. Un perro andaluz fue la horrenda película que desbarató mis creencias, que ahogó mis banalidades y que me despertó como ser humano. Aquí el agradecimiento ya no es a los Lumiere, ni a Buñuel ni a Dalí, sino al pescador infatigable de imágenes que descubrí en los cine-foros semanales en donde aprendí el oscuro arte de vivir por las imágenes. Y eso es lo único que tengo en mi mente cada día: imágenes; soy una hacedora de imágenes, una ciudadana Kane del mundo, una acorazada del blanco y el negro, una versión femenina de Totó, la guardiana de Chaplin, la vendedora de bicicletas. Soy la bailarina en la oscuridad que siempre está deseando amar y que busca en los sueños los tres colores de la bandera francesa. Voy sobre tacones lejanos. Soy el gato en el tejado que aún mira las horas y cuenta las ocho mujeres en la pantalla. Soy la mujer y el extraño, la amante del norte, la lolita de muchos, yo, la peor de todas. (Y por favor, no vayan a pesar que no me quiero, solo acabo de mencionar algunas de las películas que han marcado mi relación con la gran pantalla). Esa soy yo, la imagen que se hizo palabras, la realidad que se perdió en la ilusión del cine para renacer en cada historia junto al pan y junto al vino.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
