¿Les ha pasado que hay días en los que a uno le sale todo mal? Precisamente este miércoles fue uno de esos días grises y no precisamente por la lluvia y el color de las nubes, que últimamente son implacables. Los últimos meses habían sido de mucho trabajo para todos en casa, así que a mi esposo se le ocurrió que viajaríamos a la playa para celebrar el Día de la Madre. Todos estábamos felices porque un descanso fuera de casa, siempre es alentador, sobre todo, en estos tiempos de encierro que vivimos. Lastimosamente, los planes se fueron al piso cuando nos dimos cuenta que tenía el turno para renovar mi licencia justo el día que viajaríamos. Intentamos generar otro turno, pero fue imposible. Parece que el país entero estaba intentando renovar su permiso de conducción. Así que suspendimos el viaje. Mi esposo me advirtió que debía cumplir con algunos requisitos para presentarme ese día. Yo, como soy ajena al mundo terrenal de los trámites, no tenía ni la menor idea qué necesitaba. Acordamos, entonces, dedicar el día miércoles en la mañana para ocuparnos en esos menesteres y aprovechar para hacer arreglar algunas paredes de la casa que debían curarse de la humedad. El miércoles muy temprano, tenía a los maestros desmoronando las partes bajas de mis paredes y levantado polvo por todo lado. Me gusta la pulcritud total, así que corría detrás de ellos cubriendo con sábanas todos los muebles cercanos a las paredes. Dijeron que el proceso sería rápido y que ya solo faltaba volver a pintar las partecitas curadas. Debo contar, en este punto que todas las paredes en mi casa son blancas, pulcramente blancas. Intenté trabajar un poco y dejé a los maestros solos en el primer piso hasta que terminaran. De pronto, mi afinada intuición me dijo que algo estaba pasando porque no se les escuchaba hacer ruido. Bajé apresurada y no saben con lo que me encontré: las partes bajas de las paredes curadas habían sido pintadas de un tono capuchino (en la terminología antigua de colores, un café intenso). Creo que ya había dicho que mis paredes eran blancas, ¿verdad? Grité tan fuerte como mis pulmones me lo permitieron, así que mi esposo salió corriendo de la oficina para saber qué es lo que pasaba. La respuesta de los maestros ante mi reclamo fue que le preguntaron a él si usaban ese color porque ese es el que estaba en la bodega. Mi esposo que había estado muy ocupado ni siquiera había regresado a ver el tarro de color, confiando en el sentido común de los trabajadores. ¿A quién se le ocurriría pintar de capuchino paredes blancas? Mis pobres paredes, parecían un filo de carretera, cuando una tormenta intensa ha convertido el polvo en lodo puro. No pude más que llorar, porque eso suelo hacer cuando siento impotencia. Lo que no sabía es que el día no había terminado. Mi esposo que suele tomar las cosas con más calma que yo, pidió de la manera más comedida a los maestros que rasparan otra vez todas las paredes porque había que cambiar el color. Acto seguido, me dijo que ya debíamos irnos a realizar una prueba psicométrica que necesitaba para obtener la licencia. No es nada importante, me dije y entré confiada a realizar la gestión. Todo iba perfecto hasta el momento en que pagué y me enviaron a una oficina. Aparecí por la puerta de una oficina diminuta con una sonrisa afable y dije: ─ Buenas tardes, me indican que debo dar aquí la prueba. De pronto, recibí la orden de un ogro, que en realidad era una chica de menos de 25 años, quien dijo: ─ Siéntese y coloque los papeles ahí. (Se refería a un espacio mínimo de escritorio que aparecía entre un montón de aparatos). Luego preguntó furiosa dónde estaban mis lentes y yo con gran diligencia los saqué de la cartera. Le pregunté si me los colocaba y como si hubiese vaticinado el fin del mundo me contestó: ─ Noooo. Nunca he visto a nadie escribir con tanta furia, así que decidí compadecer a las teclas de la computadora. Luego me motivó con otro rezago de furia a que coloque mi quijada en un aparato y lea las letras de la quinta fila. Juro que no leía nada, aunque ya tenía los lentes puestos. Se veía todo absolutamente borroso lo que me hizo pensar que estaba totalmente ciega. Le dije que no veía nada y creo que calibró el aparato porque por arte de magia ya podía leerlo todo. Después vino el examen de oído. Otra tortura se aproximaba. Me dijo: ─ Colóquese los audífonos y cuando escuche algún sonido oprima los botones correspondientes. Entonces, me sentí totalmente indispuesta. No lograba escuchar los supuestos sonidos de los audífonos porque el ruido del tráfico que venía de fuera era insoportable y vagamente se escuchaban unos pitidos dentro de mis oídos. Ante la mirada inquisidora de mi torturadora, no tuve otra que apretar los botones al azar y aceptarme sorda de por vida. Luego me dio una especie de bolígrafo para pulsar sobre unos circulitos. Pensé que lo estaba haciendo perfecto hasta que con su voz atemorizante me dijo: ─ Tiene que hacer con más fuerza y debe sonar. Después tenía que aplastar unos pedales que simulaban ser el acelerador y freno. Con un nuevo grito motivador dijo que debía acelerar y frenar con fuerza. Después de conducir por más de veinte años, esto era pan comido. Sin embargo, me costaba trabajo hacerlo, pues justo ese día llevaba puestas unas botas de tacón muy alto y los pedales, literalmente, estaban en el piso lo que no me permitía mover el pie con agilidad. Otro fracaso ante los ojos de la mujer que parecía disfrutar de mi mala suerte. Ya no podía más y aún quedaba una prueba por superar: seguir con dos palancas la trayectoria de unas líneas curvas. Mi esposo observaba cautelosamente espantado desde fuera de la oficina y una fila se formaba para esperar mi salida triunfal. Las manos me temblaban y sostener las palancas era misión imposible. Aun más, ante la presión de la dictadora que decía que tenía que hacerlo rápido: en sesenta segundos y sin lentes. Al final, con mucha felicidad como si hubiese logrado su cometido, la malévola gritó para que la fila que se había formado afuera escuchara: ─ No pasó el examen. Tiene que volver otro día y tomar cita. No lo podía creer. Recorrí el pasillo de la desolación y me dirigí al auto a llorar como María Magdalena. Mi esposo, no podía creer que la mujer que había pasado los más difíciles exámenes en la vida, había reprobado este. Mientras él trataba de consolarme, mi llanto era incontenible. Sin duda era el peor día de mi vida. Entonces, con la fortaleza que le caracteriza, me exhortó a regresar y dar otra vez el examen. Se me acabó el llanto y me dije: “Claro que regresaré, pero a decirle a la odiosa mujer todo lo que pienso de la gente amargada que disfruta de poner el pie a sus semejantes”. Subí al segundo piso con todo el ímpetu de la venganza. Ella ya no estaba, su turno había terminado y un jovencito la reemplazaba. Con mucha amabilidad, me preguntó si necesitaba algo. Le dije que no había pasado la prueba y él inmediatamente contestó: ─ Siga y hagámosla otra vez. Tranquila que esto es muy fácil. En ese momento me regresó el llanto y solo me daba ganas de abrazar a la antípoda de la bruja malvada. Esta vez la prueba fue un éxito y cinco minutos después, la hoja de aprobación estaba en mis manos. En esos momentos piensas que, aunque puedas tener el peor día de tu vida y encontrarte con la bruja de Blair en persona, reprobar pruebas, tener las paredes manchadas y cancelar viajes, siempre aparecerán ángeles que te levanten y te ayuden a volar otra vez.

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