El pobre cuerpo de los otros

En mi anterior artículo reflexioné sobre el tema del cuerpo y los gimnasios y les conté mi experiencia casi religiosa con el ejercicio. En esta ocasión continuaré en la misma línea, pues cada vez que abro una red social, este tema ha devenido en un motivo inquisidor, incisivo e insistente que a veces agobia. Todo el mundo habla del cuerpo y sin duda se ha convertido en la obsesión del siglo XXI. Y no está mal. Creo que pensar en lo corporal desde la salud física está muy bien y promover estilos de vida saludables también es apropiado y justo para nuestras banales épocas de consumismo. Sin embargo, cuando esto se convierte en un sinónimo de extremismo es cuando empiezo a preocuparme. Miles de recetas saludables abruman el espacio cibernético (yo misma las busco para convertirme, de vez en cuando, en la chef de comida saludable, pero luego me acuerdo que me encantan las papas fritas y las dejo); miles de productos ultra inteligentes para cocinar sin grasa (quien no mata por un airfryer); miles de anuncios de cirugías que anuncian la lucha contra el sobrepeso: toda una generación buscando ser flacas para ser amadas cuando en la época de mis ancestros decían: «la gordura es hermosura». Si mi abuela materna aún viviera seguro diría: «¡comerán un poquito sino no hay de dónde agarrar!» Conozco gente que deja de comer, otras que se matan haciendo ejercicio y dietas, y miles que se hacen deportistas compulsivas a partir de los cuarenta; otras que se colocan o se quitan carnecita; y muchas otras que se odian un poquito por no responder al nuevo canon estético. Todas son opciones personales que respeto, siempre y cuando, ellas hagan lo mismo. El cuerpo perfecto no existe. Es una percepción subjetiva desde las experiencias personales, familiares y socio culturales. Nos han vendido una publicidad engañosa al respecto las últimas décadas haciéndonos creer que la modelo flaca (casi convertida en muñeca Barbie) es la cumbre de lo sexualmente apetecible y lo que se considera: «bello». Recuerdo un fantástico artículo de Rosa Montero, la gran escritora española, que decía al respecto de estas obsesiones que no hay nada mejor que un cuerpo imperfecto «bien vivido»y que: «lo real es que la carne es blanda y declinante, y que ni la salud ni el atractivo físico tienen nada que ver con una anatomía despampanante: o sea, que puedes enloquecer al ser amado aun teniendo las mejillas arrugadas y las nalgas flojas». Estoy convencida de eso. Es una lástima que en los espacios sociales toda esta influencia mediática cale hondo. He escuchado mucho en los últimos tiempos usar el apelativo de «gordos o gordas» para insultar a la gente en centros deportivos y fijarse en el cuerpo ajeno para criticar sus supuestas imperfecciones. Es entonces cuando me pregunto: ¿por qué tanta alaraca por los cuerpos cuando las neuronas del cerebro no se potencian? Pobre gente aquella que piensa que su entrada al cielo depende de sus medidas corporales. ¿Será que se nos está olvidando cultivar la inteligencia y la sensibilidad? Espero que no. Todo en la vida debería gozar de un equilibrio: aprender a sentirte bien con tu cuerpo, verte linda en el espejo por fuera y por dentro. Nuestras palabras o comentarios ofensivos son una proyección absoluta de nuestras carencias: critico al pobre cuerpo de los otros porque mi pobre alma se rompe en pedazos. Es importante enseñar a nuestras nuevas generaciones que la valoración del ser humano es integral: tienes que verte bien para ti mismo (no para quedar bien con los demás o para cumplir con los estádares sociales, y esto rebasa las medidas perfectas); la gente no te ama por lo que eres por fuera, sino por lo que expresa tu interioridad, tu don de gentes y tu capacidad para dar lo mejor de ti al mundo. Siempre les digo a mis hijos que busquen ser admirados por su inteligencia y no por su belleza. Ojalá los espacios y personas que ofertan salud y deporte no dejen de lado esta otra mitad del ser humano: aquella que lo complementa, que lo nutre y que lo embellece interiormente. Por mi parte, me gustan los lugares donde no importa si la gente va con licras estilizadas o con licras rellenitas; los lugares donde la gente no tiene complejos absurdos de superioridad; aquellos lugares donde la gente no cuestiona tu abdomen abultado o tus estrías en el pecho. Me gustan los lugares reales con gente real que te valoran en toda tu dimensión humana. Sin duda, todos deberíamos hacer deporte, pero no para buscar el cuerpo perfecto, sino para estar saludables, para sonreír, para superar los obstáculos, para tener más amigos. Me encanta ver cómo mis contactos de Facebook o Instagram suben sus historias documentando sus hazañas deportivas. Evidencio que su felicidad no radica en conseguir medidas perfectas, sino en vencerse a sí mismos. Esa es la gente que admiro. En mis cuarenta y siete años de vida me he esforzado en cultivar mi cerebro, potenciar mi inteligencia, escribir mucho y compartir mi sensibilidad con los que me rodean porque pienso que es la mejor forma de dejar huella en el mundo. Estoy convencida que cuando muera, la gente no recordará mis medidas, sino mis ideas, mis actitudes, mis libros y mi forma de tratar a las personas. 

De todas maneras, intento hacer un poco de deporte para sacar el estrés, reír con mis amigas y disfrutar de esa variedad de cuerpos y almas que pasan por el camino para recordarme que la verdadera belleza está en la imperfección. 

Compartir este artículo:

Artículos Relacionados