La gente siempre me dice que solo a mí me pasan cosas raras, especiales o extravagantes. Y justo, a propósito de lo que publico en este blog, una amiga me comentaba hace unos días: “Eres afortunada, siempre te pasan cosas extraordinarias y te ofrecen material para escribir”. Ese comentario me hizo sentir especial durante una semana y, como buena escritora, me convencí de que cada historia me llega desde el Olimpo porque nací con el don. Afortunadamente, mis ataques de egolatría no duran mucho y logro regresar a la tierra de los mortales con facilidad. Creo que todos vivimos día a día experiencias positivas y extraordinarias. El problema es que hemos perdido la capacidad del asombro: ya no encontramos la belleza en lo cotidiano, en la vida simple, en el paseo familiar, en el camino de ida y vuelta a la panadería. Puede ser que la vida despiadadamente, a veces, nos lleva a concentrarnos solo en el bienestar material y de a poco descuidamos lo esencial. Me encanta contar, y eso lo saben muy bien quienes me conocen. Puedo llegar a ser agotadora, pues todo me sorprende y a veces logro ser hiperbólica en las apreciaciones del mundo que me rodea; y, por cierto, no es que solo me pasen cosas buenas. Como todo ser humano, he vivido experiencias dolorosas, pero la escritura me ha permitido superar temores, enfrentarme con mis peores pesadillas y aceptar el dolor o la frustración con alegría. He descubierto que las cosas más oscuras pueden convertirse en un monumento a la esperanza. Por eso, quiero contarles algo que me pasó hace un año cuando iniciábamos la cuarentena. Era el mes de abril y la vida de todos había cambiado. Estábamos encerrados en una casa a la que nos habíamos mudado hacia apenas seis meses atrás y de la que recién empezábamos a disfrutar. Dejamos para siempre la oficina. Los chicos tomaban sus clases virtuales, mi esposo se había apoderado de mi biblioteca, yo deambulaba por la casa tratando de planificar la nueva vida de todos, pensando en cómo distribuir las tareas del hogar, la hora apropiada para poder trabajar, buscando el mejor lugar para poder escribir. Después de varios días, todo estaba planificado en una pizarra. (Debo confesar que padezco de una extraña obsesión por planificar todo, gracias a mi vida anterior como docente). Fue en esos días cuando recuperé la capacidad del asombro, que la había perdido en algún lugar del camino. Reaprendí a mirar por la ventana y ver los atardeceres, redescubrí el cielo, admiré la montaña que me cobija día a día. Volví a ver pájaros, recuperé el olfato y logré distinguir entre la fragancia del tomillo, el orégano, la hierbabuena y el romero. Mis sentidos se abrieron de nuevo al mundo. Cierta tarde, mientras disfrutaba del verde de la montaña, desde la ventana del cuarto de mi hijo menor, vi que a lo lejos una figura gatuna de color negro merodeaba el lugar. La seguí con la mirada porque mientras más se acercaba, como en efecto de zoom, más grande se hacía. “Es un gatito” dije al inicio. Luego, exclamé: “¡Es un gatote!” Mi hijo, de un salto estuvo junto a mí, con celular en mano para filmar el descubrimiento mientras yo gritaba: “¡Un puma, un puma, ha bajado un puma!”. El animal con cautela se deslizaba y ocultaba entre los cactus, la tierra y la vegetación que florece detrás de mi casa. Se paró un momento y me miró de frente, altivo y orgulloso, mientras el corazón me latía fuerte. Es una de las sensaciones más intensas y energéticas que he tenido en mi vida. En un dos por tres desapareció entre los matorrales. Mientras tanto, mi hijo luchaba con la cámara del celular tratando de captarlo. Al final, dijo con la seriedad que lo caracteriza: “No pude verlo bien”. Quedé impactada por la inusual e inesperada visita. Bajé las gradas de mi casa hacia el primer piso, buscando a mi esposo e hija para contarles lo que habíamos visto. Mi hija estaba asombrada y voló al dormitorio para intentar ver la aparición del felino. Mi esposo, que es un hombre práctico y muy lógico dijo: “¡Imposible!, aquí no hay pumas, de seguro es un gatito en busca de comida”. Mis hijos llamaron a los abuelos a contar la noticia del puma, yo subí el video a mis estados. Mis amigos crédulos decían: “¡Qué maravilla!”. Mis amigos biólogos prometían decirme el tipo de puma del que se trataba. Les llamaba la atención que fuera negro, pues los pumas generalmente son de color café. Creían que podría tratarse, mas bien, de una pantera. Los amigos de los grupos de whatsapp hacían bromas: “Cuidado te coma el puma”. Los amigos incrédulos decían: “No ha de ser, ¿no te estarás imaginando?”. De pronto, un mensaje de otro conocido que me decía: “Sí le creo, Valeria, es que los animales salvajes están saliendo a buscar comida. En la Naciones Unidas, también han visto un cóndor volando muy de cerca”. Todo parecía, un cuento de García Márquez, puro realismo mágico. Entonces, decidí investigar sobre los pumas y descubrí que en el noroccidente aún habitan unos pocos y que, de hecho, habitaron estas tierras desde siglos atrás. Precisamente, el nombre Pomasqui viene de Pumasqui que significa: lugar de pumas. También descubrí la importancia que este felino tuvo para los aborígenes americanos que veían en él a un dador de poder, a un emisario de energía y buenas noticias. Pese a todas las opiniones, decidí creer que sí se trataba de un puma negro y esa será mi verdad siempre porque estoy segura que trajo un mensaje a mi vida, llegó con una energía especial para decirme que sigo viva, que abra los ojos y agradezca la belleza. Me miró de frente para inspirarme y para alentarme a escribir poesía. Me pidió que volviera a conmoverme. Y eso es lo que sigo haciendo cada minuto de mi existencia.

Compartir este artículo:

Artículos Relacionados