Estás últimas semanas me he sentido absolutamente motivada con el estudio (los que me conocen tal vez dirían que no las últimas semanas, sino toda la vida). Sí, la verdad es que siempre me ha gustado estudiar porque eso me ha llevado al aprendizaje de muchas cosas que han construido mi vida. Y, de hecho, tanto me gustó el tema que me hice educadora para apostarle a una educación diferente, para motivar a la gente que me rodea (mis alumnos, mis hijos, mis amigos) a entender el proceso educativo desde unas esferas más elevadas. Estoy convencida que la educación debe ser transformadora, promover la libertad de pensamiento y la felicidad. Nunca he podido dejar de aprender, creo es una actitud natural en el ser humano, uno aprende de todo: del día a día, de la convivencia, pero también de los libros. Sé que unos son más empíricos que otros. Por mi lado, me gusta combinar las dos cosas: aprendo de la vivencia, pero inevitablemente me gusta recurrir a la lectura y a los libros. A veces me han preguntado: ¿y para qué estudias si ya tienes algunos títulos? Cuando me dicen eso, me da ganas de sentarme a llorar. Yo no estudio para tener títulos o que me entreguen un cartón o solo para sacar la foto de graduada en el Facebook (cierto que es bonito presumir, de vez en cuando); pero, esencialmente lo hago para aprender, lo hago por curiosa, porque siento que cada nueva lectura, cada nueva reflexión me ayuda a repensar el mundo. Mi mente es inquieta y necesita cosas nuevas todo el tiempo para no aburrirse. Justamente uno de estos días conversaba con mis hijos y esposo lo motivada que estoy en una clase porque me gusta lo que estoy aprendiendo y me encanta el método de la maestra. Se trata de una mujer española, muy inteligente (galardonada con muchos premios literarios en Europa) pero que, sin embargo, transmite su conocimiento con una humildad envidiable y con una honestidad única. Sus clases e intervenciones me han fascinado y las retroalimentaciones que hace de mi trabajo (desde lo formal y desde lo humano) han sido muy alentadoras. Claro, cuando esto ocurre, mi familia entra en pánico porque si normalmente tienen que lidiar con una esposa-mamá-escritora el día entero, cuando me vinculo a estudios formales otra vez, la dinámica se hace más intensa porque no ingreso sola, todos son posgradistas en casa. Todo lo nuevo que leo o aprendo es motivo de tertulia en las comidas (se ha vuelto un rito, todos participan de la conversación y hasta a veces dejamos de comer porque me emociono tanto que digo: “¿quieren ver lo que escribí o lo que leí? Y “vuelo” a traer la computadora para mostrar con orgullo mis nuevos descubrimientos). La suerte que tengo es que cuando se cansan, mi hijo pequeño, hace de vocero familiar y advierte: “Ya mami, ¿podemos hablar de otra cosa? E irremediablemente, me regresan a la realidad (por suerte).
Me han ofrecido muchas felicitaciones en mi vida (y esto no lo expreso desde un falso ego, sino con profundo agradecimiento); pero lo que estas semanas he recibido de parte de esta maestra, me ha hecho definitivamente mirarme en el espejo de la vida, más que nunca. Y, sobre todo, pensar en lo fundamental que es una palabra de aliento, que un maestro sea capaz de potenciar los sueños y las capacidades de los otros. Si los maestros o los padres hiciéramos más hincapié en las cosas buenas que hacen nuestros alumnos o nuestros hijos y dejáramos de ahondar en lo malo o en lo que es “políticamente correcto”, otra sería la realidad: en este mundo tendríamos más personas siendo felices con lo que hacen o cumpliendo sus sueños. Sé que puedo sonar quijotesca y muchos cuestionaran mi idealismo, pero creo que el verdadero sentido de la vida es ser feliz y lo eres cuando puedes cumplir tus sueños, inspirar a otros y ofrecer una palabra que puede cambiar el rumbo de cualquiera.
Mi hijo me decía el otro día: “Mami, ¿qué quisieras que estudie de grande?” Y yo le contesté: “Lo que quieras”. Entonces él replicaba (con voz pícara y poniéndome a prueba): “entonces si me hago, zapatero, está bien”. Y yo, con suma convicción, (entrando a matar los prejuicios) le dije: “Claro, sí eso te apasiona, serás el mejor zapatero del mundo y yo la mamá más orgullosa.” Entonces (sorprendido por mi respuesta) dijo: “Ok”.
Lastimosamente los sistemas y las ideologías impuestas socialmente, muchas veces nos ponen trampas y no nos permiten potenciar nuestras verdaderas capacidades. Y ahí están esas personas, esas profesoras, esas palabras que nos mueven y nos permiten ser diferentes. Y que nos impulsan, sin duda, a seguir confeccionando con convicción esos zapatos que nos llevarán a dar nuevos pasos.
