La noche que salí del anonimato

Los últimos meses he participado en varios festivales y recitales de poesía en calidad de invitada. Es sorprendente cómo mi amiga más cercana, la literatura, siempre está abriéndome caminos y haciéndome vivir experiencias inolvidables. El último viaje que hice fue a Colombia y tuve la oportunidad de visitar Ipiales, Pasto y Guachucal. La aventura inició con grandes amigos que hacen parte de este oficio y con quienes viajamos hasta el Carchi para pasar el puente de Rumichaca y dirigirnos al vecino país. Viajábamos con la ilusión que abriga la poesía, con el deseo de compartir la palabra, de conocer humanos que transitan por el mismo camino, de vivir la alegría de reconocernos en otras voces y en otras gentes. Cuando uno es escritor va a estos eventos con la expectativa de que un grupo pequeño de interesados en el arte asistan a los recitales organizados en esas salas adaptadas para fomentar la cultura. Sabemos que una presentación de poetas no se compara con la de un cantante de moda en concierto; sin embargo, estamos convencidos que los esfuerzos por alimentar las experiencias culturales, valen la pena. Y con maleta y libros en la mano cruzamos las fronteras imaginarias para ser ciudadanos del mundo. Porque eso somos los poetas: “simples ciudadanos del mundo”. Lo que vivimos esta ocasión es digno de contar. La primera noche nos presentamos en el Teatro Imperial de la ciudad de Pasto. Salimos del hotel y tomamos un taxi que nos llevó al lugar en donde se realizó el evento. Mi sorpresa fue absoluta cuando vimos que la gente de Pasto hacía fila en la calle para ingresar al Teatro. Inmediatamente se cruzó por mi mente que nos equivocamos de lugar o que Los Kjarkas se presentaban primero. ¿Quién hace fila para escuchar a poetas? En la puerta estaban los organizadores, así que ingresamos por unos caminos oscuros guiados por un chico del staff quien nos llevó directo al escenario. De pronto, ante nuestros ojos aparecía un imponente teatro que se asemejaba a los teatros isabelinos en los que Shakespeare presentaba sus obras. Solo que yo no era la reina Isabel ni el famoso dramaturgo, tampoco uno de sus actores. Estaba segura que semejante teatro no se llenaría y cuando vi el programa, me angustié, aún más, porque interveníamos todos los poetas internacionales invitados al encuentro y yo estaba, por mala suerte, en el puesto veinticuatro. Les dije a mis amigos de la delegación: “Me toca presentarme casi al final, cuando, de seguro, la gente ya se habrá ido”. Como por arte de magia, el teatro se llenaba ante nuestros sorprendidos ojos. La fiesta de la poesía dio inicio con la intervención de los intelectuales colombianos. Las lecturas de poesía se intercalaban con la presentación de músicos colombianos y brasileños. Y la gente permanecía animada por la música y las palabras. Al fin me llegó el turno y puedo jurar que la atención y aplausos del público fueron los mismos que recibieron los primeros poetas. Envueltos en la magia que transmiten los lugares antiguos, disfrutamos de casi cuatro horas de arte puro escuchando la sonoridad de los versos de diferentes autores de Latinoamérica y el crujir de los pisos de madera cada vez que uno de los poetas caminaba hacia el atril para transparentar su alma. Muchas historias se creaban en nuestra mente y el Teatro Imperial nos transportaba a otras épocas. Nos permitía sentir la respiración de los fantasmas que, de seguro, escondidos tras las cortinas del proscenio también degustaban el sonido de las palabras. A la salida, la gente se acercaba a felicitarnos, a pedirnos autógrafos o fotos para subir a redes sociales. Me sentía una diva, una influencer de la poesía, el fantasma de la ópera sacado del anonimato. Superado ya mi minuto de fama, entre las risas con los amigos de oficio, caminamos por las calles de la linda ciudad colombiana descifrando las claves ocultas de la vida. No sé si alguna vez volveremos a Pasto o si alguien hará fila otra vez para escucharnos. Solo presiento que la poesía seguirá acompañándonos para sacarnos del verdadero anonimato que es la soledad.

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