Tuve la suerte de viajar a Latacunga en compañía de varios hermanos poetas, en el marco del Festival Internacional de Poesía en Paralelo Cero 2022 que se realizó en el mes de septiembre. En mi caso, los clásicos con sus motivos o elementos particulares salen del escondite de la memoria y afloran de mi inconsciente individual cada vez que emprendo una aventura. Tal vez cargo con el espíritu aventurero de Odiseo, de Eneas o de Heracles. Esta bellísima ciudad, capital de la provincia de Cotopaxi y tierra de la Mama Negra, nos recibía como una de las tantísimas sedes que acogían a los escritores nacionales e internacionales para desarrollar actividad cultural. El viaje inició temprano y el punto de partida fue el tradicional hotel Ambassador de la ciudad de Quito. Ahí estábamos nueve seres fungiendo de poetas viajeros con grandes maletas en mano, con más libros que ropa, listos para subir a la barca de Caronte. Y disculpen el tono mitológico de la narración, pero las influencias clásicas me persiguen día y noche. Como diría Italo Calvino (1993): “Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.” En realidad, la barca que llevaría a estas almas era una furgoneta de la Prefectura de Latacunga y su conductor (el barquero designado para la expedición) se llamaba Franklin (nada más alejado de Caronte, salvo por la extraña coincidencia que, al igual que él, exigía el pago del peaje por adelantado). Como pueden constatar, las cosas no cambian, a pesar del tiempo. Antes de partir, yo tomaba lista de mi ejército porque era la encargada de liderar la noble misión de leer poesía en la otra parte del mundo. Ahí estaban en primera línea: Miyer Pineda y Carlitos Merchán de Colombia; Miriam Leiva de Chile, Krupskaya Pereira, Lilia Quituisaca, Luis Enrique Mora, Carmen Inés Perdomo y César Carrión de Ecuador. No niego, que al principio, me asaltó la duda de que el grupo no cabía en el transporte, y ya veía la imagen de los condenados transportados uno encima de otro como en la pintura del Juicio final de Miguel Ángel. (Mis hijos dirían que padezco de sobreexposición al arte). Afortunadamente, todos logramos sentarnos y ninguna maleta quedó fuera. En el camino, la cordialidad y la fraternidad de todos fue maravillosa. No sé por qué extraña razón veo a los poetas como seres alados, rodeados de un halo de simple y modesta sabiduría. En cambio, estoy convencida de que los narradores somos más terrenales y por tanto, más siniestros. (Uso la palabra siniestros en el absoluto sentido planteado por Freud al referirse a lo extraño e inquietante). Y ojo, querido lector, que esta acotación es muy importante para luego entender lo que vendrá). El viaje a Latacunga duró aproximadamente dos horas. En el camino los propios y extraños pudimos disfrutar de la Avenida de los Volcanes y sus paisajes majestuosos; mientras los de adelante charlaban y tomaban fotos sin parar, los de atrás conversábamos sobre educación, pedagogías, hijos y sobrinos. Arribamos a nuestro destino a las 10h00 de la mañana y nuestra barca encallaba en el parqueadero de un hotel entre moderno y colonial del centro de Latacunga. Ni bien nos bajamos, sentimos el calorcito de ciudad pequeña, de calles angostas y empedradas que aún mantienen ese especial aire conventual. Enseguida me contacté con Miguel Ángel Rengifo, el amigo poeta que nos guiaría y el contacto fraternal que teníamos en esa ciudad. Nos pidió que realizáramos el ingreso al hotel mientras lo esperábamos para dirigirnos a nuestra primera presentación. Dijo que iríamos a pie porque todo estaba cerca. Nosotros, en cambio, como buenos citadinos queríamos buscar un taxi. Y así fue, caminamos en fila india por las estrechas veredas de esta ciudad que, por cierto, posee un trazado dameral en el que se fusionan ordenadamente casonas antiguas, conventos patrimoniales y arquitectura moderna. Latacunga está llena de mansiones coloniales y haciendas en las que lo sobrenatural no pasa desapercibido, especialmente para una pisciana con ascendente en Aries y que percibe lo que muchos otros no pueden. Cuando visito lugares así siento que cambio de dimensión y que he llevado una vida paralela en otro tiempo y espacio. Y ese es el momento para reconectarme con todo aquello que ha permanecido oculto, pero que debe manifestarse. Llegamos a la Casa de los marqueses de Miraflores, una de las edificaciones emblemáticas del Centro Histórico. Su construcción se inició en el siglo XVIII con material de piedra pómez. Nos explicaron la importancia histórica del lugar, pues ha sido testigo de procesos de cambio fundamentales como la Independencia o las investigaciones científicas. Ha funcionado como vivienda de nobles, como colegio y como lugar de acogida. En la actualidad se ha convertido en centro de actividades culturales, museo y hemeroteca. Nada más y entrar a sus salas y pude sentir el peso del pasado (esa es mi condición natural). Los retratos de los marqueses me sobrecogían, sentía muy de cerca la respiración contenida y amarga guardada por siglos. A lo lejos escuchaba a mis amigas poetas maravilladas por los colores de las flores en el jardín. En esos momentos comprobaba mi teoría de que los poetas tienen almas sublimes y son observadores sutiles de la belleza. Encuentran belleza hasta en la fealdad del mundo. Entonces, asumí que nunca tendría alma de poeta porque mis sentidos se han desarrollado para percibir lo extrasensorial y extrañamente para buscar lo siniestro. No imaginan la angustia que sentí cuando nos invitaron a pasar al gran salón de los marqueses. Ahí sería el recital. Usaríamos sus sillones al estilo Luis XV y pisaríamos sobre la madera crujiente que resuena cada noche cuando los fantasmas salen a arrastrar sus hábitos. La gente se maravilla cuando conoce estos lugares porque el civismo inculca que hay que venerar el pasado. A mí, en cambio, no se me antoja con frecuencia venerar a los marqueses y tengo miedo de las cosas que puedo sentir. Siempre he sido cercana a los muertos y conozco de su capacidad para asustar. He sentido el terror muy de cerca y por eso mi obsesión con el barquero de la muerte. Ya sentados, frente a los jovencitos que esperaban ansiosos escuchar nuestras palabras, sentía que las piernas me temblaban y no quería ver de frente los retratos que adornaban las paredes porque estaba segura que ya no había nadie en ellos. No llegaban a diez los jovencitos que nos escuchaban, sin embargo se había dispuesto sillas en toda la sala. El recital empezó con la poesía transgresora del poeta Carrión que le contaba a su hija cómo sería vivir en otra época y lugar. Luego fue el turno de Lilia y Luis Enrique, quienes nos cubrirían con la emotividad de sus palabras. Cuando me llegó el turno, leí con timidez porque me dolía la muerte y el aire se tornaba pesado sobre mí. A momentos, me alegraba ver los rostros de la primera fila, especialmente la de un jovencito que nos miraba extasiado como si el fin del mundo se acercara y la poesía fuese su arca de salvación. Luego vinieron las intervenciones de Carmita y Krupskaya que irrumpieron con la poesía de la cotidianidad. Miriam Leyva aplastaría el silencio con su potente verso y voz declamadora. Así, hasta llegar a los poetas colombianos y su poesía de verso corto y avasallador. Estoy segura, que los de atrás lloraron al oírnos. Una segunda ronda, dijeron. No miento, cuando digo que vi movilizarse a generaciones de nobles mientras buscábamos nuestro último poema para leer. Los chicos preguntaban y nosotros respondíamos sobre los versos, las motivaciones para escribir y nuestras anécdotas de vida. Casi al final del recital, empecé a sudar frío porque el aliento de otras vidas absorbía cada parte de nuestros ingenuos cuerpos e intentaba robarnos la energía para encerrarla en las paredes de piedra que preservaban los recuerdos de casi trescientos años. Nadie más aplaudió. Tan solo los diez jovencitos que se volcaron a felicitarnos y acompañarnos a la salida. Me impresionó la indiferencia de los marqueses. Afuera las fotos, el aire, las flores, otra vez. Al cruzar la última bóveda, nos dispusimos a dejar el recinto. No quise darme vuelta para despedirme de las sombras de los castigados porque sentí pena. Debe ser una verdadera condena convivir con los vivos y no ser capaz de pasar a la otra orilla.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
