Hace un año me encerré en mi casa junto a mi esposo, mis hijos y mis perros. Y como últimamente estoy muy involucrada con el tema del auto conocimiento, la auto exploración, el auto análisis y en general todos los autos, creo que es hora de hacer un balance de lo que perdimos y de lo que ganamos en este tiempo de encierro. Y disculpen, queridos lectores, si uso el término “balance”, pero tras veinte años de vivir con un contador, no de historias, sino de números, a uno ya se le pegan los hábitos. Recuerdo que ese viernes, en el que inevitablemente las autoridades decretaron la cuarentena, mi hija asistiría a la tercera fiesta de su vida adolescente, un suceso monumental para una niña que había estado en cuarentena casi toda su niñez estudiando y dedicando, sin parar, largas horas al ballet, a la escritura de cuentos y a la lectura. Justo cuando su papá y yo empezábamos a tomar el hilo del asunto y a entender que las fiestas ya no se hacían en la casa del vecino del barrio, como en nuestras buenas épocas, sino en el otro lado del mundo (al menos de nuestro mundo, porque desde San Antonio de Pichincha a Cumbayá son muchos los kilómetros a recorrer), tuvo que llegar esta inmisericorde situación que nos permitía dormir temprano la noche de los viernes y sábados porque ya no se permitían las fiestas; no tener pesadillas y disfrutar de la cena familiar. No niego que fue triste perdernos de hacer semejante viaje, de dormir fuera de la fiesta hasta que la guagua se despida de las amigas o termine de bailar o guardar el discreto abrigo de detective privado que me permitía investigar en los alrededores de la fiesta y esto, solo para verificar, que el paisaje fuera agradable. Y es así que las fiestas de mi hija terminaron a
ntes de lo previsto. Esa fue la primera gran pérdida de la pandemia que no tardó mucho en superarse porque mi hija inmediatamente regresó a sus malos hábitos: leer y escribir. Mi esposo dijo que el primer tema a definir era el de los espacios. Así que se adueñó de mi biblioteca, mi santuario de paz y libros para convertirla en su oficina. Como pensé que esto no duraría mucho, accedí con una mueca amarga en el rostro. Y pensé que yo podría trabajar junto a él en una mesita cercana y que viviríamos felices. Al principio no fue tan complicado, pero luego mientras trabajaba editando mis libros, sentía que los informes volaban sobre mi cabeza, que en vez de escribir cuentos estaba escribiendo los números de los clientes o escuchando las reuniones en zoom para cerrar balances. Y como eso de cerrar cosas no es mi fuerte, decidí mudarme con mi computadora a otra parte de la casa. A pesar de las angustias, las inseguridades y las malas noticias diarias, nos dedicamos a disfrutar un tiempo que nos era regalado por la vida. Nos dimos cuenta que a pesar de estar juntos casi veinte años, nunca habíamos convivido tan de cerca y eso nos fortalecía como pareja, como amigos y como compañeros de aventuras. Esto me emocionó tanto que me dediqué a cultivar el fino arte de la cocina porque siempre he pensado que existe una extraña relación entre el amor y la barriga llena. Pero ese ya es otro cuento. En medio del caos mundial que vivíamos, mis cuatro perros, que afortunadamente no ven noticias ni leen periódicos, fueron los más felices en el encierro porque tenían nuestra atención y caricias todo el día. Sin embargo, algo extraño le sucedía a Frida, la más viejita de los cuatro: empezó a hacer huecos en el jardín y, de pronto, ya no quiso salir de su casa. La veterinaria la revisó y le diagnosticó mastitis; sin embargó todo empeoró dos días después cuando descubrimos que estaba embarazada. ¡Imposible! cómo una perra infértil, que nunca pudo tener hijos (y vaya que lo intentamos) estaba embarazada y en plena pandemia. ¿A quién se le ocurría semejante cosa? y de quién se embarazaría si su compañera de patio es hembra, el tercer perrito de la casa es un pequeñito que no le llega ni a los tobillos y el cuarto acababa de ser adoptado. Pues, como todo en la vida es posible, resulta que el pequeño cachorro de un año fue el que logró embarazar a nuestra amada Frida. Lastimosamente el parto se había pasado y el perrito nació muerto. Lloramos mucho su pérdida y creo que aprovechamos para llorar todas las pérdidas que el virus dejaba a su paso. También creo que durante este tiempo nos enfrentamos a nuestros miedos más profundos. En mi caso, particular, le temía a la muerte, siempre le he temido. Y este sentimiento se acentúo los primeros meses en que el pánico colectivo nos invadía. Cada salida a comprar víveres se convirtió en una tortura para la que nos preparábamos como para ir a la guerra. Nos poníamos ropa que nos tapara como monjes el cuerpo entero, por si acaso el virus, como una insensata alimaña quisiera trepar por nuestro cuerpo. Compramos mascarillas, visores, guantes quirúrgicos y hasta dos trajes espaciales para vernos más dramáticos y subirnos a la nave espacial que en realidad era nuestro auto. Lo único que teníamos en el bolsillo era la tarjeta de débito y un frasco de alcohol con el que me bañaba cada dos pasos que daba. La compra se realizaba contra reloj, en tiempo récord, y comprábamos todo lo necesario para no volver a salir en quince días. Al regreso nos desvestíamos en la puerta de la casa, nos desinfectábamos y subíamos a bañarnos para luego continuar con el tortuoso proceso de meter las compras y lavar cosa por cosa hasta el agotamiento total. La locura nos duró dos meses, después de los cuales, nos despojamos de todo y solo nos quedamos con las mascarillas, nos despojamos de la parafernalia, nos culpamos por mostrarnos a momentos individualistas y atormentados, cuando lo que debíamos hacer es agradecer a la vida por lo que tenemos (y que a muchos les falta), por poder comprar agua y comida. Dejamos, entonces, el papel de víctimas y le sonreímos a la pandemia para solidarizarnos con los otros y no temerle a la muerte. Esta fue otra de las ganancias del confinamiento, ya no le temo a la muerte. Después de esto, puedo decir que se agotaron las pérdidas, le sonrío a la vida, a todos los virus y me levanto cada día con la ilusión de escribir un poema o leer un libro, me levanto a compartir con mis hijos su proceso de desescolarización que los ha hecho más fuertes y auténticos, me levanto a disfrutar de las montañas y las flores que me rodean. La pandemia es mi amiga porque nos permitió, como familia, salirnos del sistema: aprender sin una escuela, trabajar en equipo en medio de la virtualidad, sembrar nuestros alimentos, consumir menos y aportar más al mundo desde nuestras trincheras.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
