Toda mi vida, especialmente en la niñez, tuve una salud muy frágil. Esa fragilidad que suele venir de la genética y del cuidado excesivo de los padres. Mis papás no dejaban ni que me dé el viento, no me dejaban salir sin saco o bufanda cuando hacía frío, me cuidaban del sol, del agua, del smog, entre otras cosas. Lastimosamente, todo se me pegaba. Recuerdo que una vez me picó un mosco en la cara y me produjo una alergia espantosa y mis cachetes quedaron tan rojos como los de un payaso e inflados como globos. Parecía que iban a estallar. Nunca supimos qué tipo de insecto fue el que me produjo semejante alergia. Los días que pasé encerrada para que nadie me viera, me dediqué a escribir un cuento sobre el mosco. Hasta el día de hoy suelo tener cuidado con esos amiguitos de la Costa, creo que huelen a leguas a las serranas. Desde hace algún tiempo, el crecimiento espiritual y el fortalecimiento del carácter y de mi salud mental ha hecho que me enferme cada vez menos. También me he apegado a la medicina alternativa y me ha ido muy bien. Sin embargo, la enfermedad es mi amiga y, de vez en cuando, me visita para recordarme que algo estoy haciendo mal y como es lógico mi cuerpo se queja. Si hiciera un inventario de todas las enfermedades raras que me han dado no terminaría nunca. Me acostumbré tanto a los médicos y a los medicamentos que me habría ido muy bien estudiando Farmacia o Medicina. Incluso, ahora recuerdo los componentes de todas las medicinas, para qué sirven y cómo administrarlas; por eso, en casa, siempre soy la mamá curadora. Es así que hace unos dos meses empecé a tener unos dolores de espalda leves, pero gracias al yoga se iban rápidamente. Justo una semana antes de irme de viaje, el dolor se hizo intenso y me hice revisar por una traumatóloga de columna. Aproveché para que mi esposo (que huye de los médicos) también se hiciera una revisión porque desde hace tiempo venía con un dolor de oído y de cuello. La doctora pidió que nos hiciéramos una resonancia. Para mí siempre resulta una tortura el hacerme este examen porque detesto que me encierren. Padezco una disimulada claustrofobia, pero no me queda otra opción que soportar. Con resultados en mano fuimos a la especialista para que interprete las placas llenas de blancos, grises y negros. Sin embargo, yo había leído antes los resultados. Es muy fácil para mí leer esos resultados. Los leo en voz alta y tengo el poder de saber cuándo todo está bien o algo anda mal. Esta vez, sabía que no iba bien. Ya en el consultorio la doctora introdujo el CD en la computadora porque ahora ya no se observan los resultados levantando las placas contra un negatoscopio, sino que las maravillas digitales lo hacen todo. Mis resultados fueron los primeros. La doctora haciendo gala de su sabiduría, nos decía: ─Miren aquí está la columna vertebral. Las vertebras tal y tal están perfectas, pero… (ahí venía la mala noticia) las últimas tienen una hernia y es una gran hernia (Repitió con insistencia mientras la mostraba orgullosa a un médico residente. Mi placa era motivo de admiración).

 Yo escuchaba y de seguro debo haber tenido cara de pánico. Luego vino el dictamen final:  ─Afortunadamente estas son las más fáciles y no necesitan operación. Vinieron todas las preguntas y respuestas del caso: qué hacer, qué tomar, y, sobre todo, me pidió no levantar cargas pesadas. 

Ya no me podré ir de viaje, pensé para mis adentros. Y la doctora como adivina, advirtió: ─Y no se preocupe por el viaje le mandaré una receta ”pepa”. (Eso lo dijo textual). Entonces me pregunté: “¿cuál será la medicación “pepa”? ¿es que acaso me mandará dopada para no sentir dolor?” Entonces con esa hermosa letra que caracteriza a los doctores, escribió una receta de dos páginas, que luego en la farmacia nadie entendía. Luego vino, la lectura de resultados de mi esposo. (Él como siempre optimista estaba seguro que había pagado en vano la resonancia porque no tenía nada). Y cuál sería la sorpresa de ambos al escuchar la expresión de la galena: ─Qué maravilla, usted sí que es solidario con su esposa. También tiene hernias, pero en el cuello. Yo dije asustada: ¿hernias? ─Sí señora, son dos hernias en el cuello ─confirmó la doctora. Y luego con cierto humor dijo: ─Qué hombre tan solidario, mire señora, compartirá la enfermedad con usted. Los dos tendrán que padecer el mismo dolor, hacer fisioterapia y el tratamiento. Nos sonreímos inevitablemente. Finalmente, nos deseó buena suerte en el viaje, y me aseguró que todo iría bien mientras no cargará pesos exagerados o maletas. ¡Qué alivio! Cuando le contaba a un gran amigo nuestro diagnóstico, muerto de la risa, me decía: ─No lo puedo creer o sea que los dos están herniosos. (Me pareció tan graciosa la palabra y pensé que se la había inventado, pero como disfruto de revisar el diccionario de la RAE, descubrí que ese es el adjetivo preciso para aquellos que padecen de hernia). Me quedé pesando en lo que en tono de broma nos había dicho la doctora sobre la solidaridad. Entonces, reflexioné sobre la suerte que tenía porque siempre han aparecido ángeles en el camino que me han demostrado solidaridad y han compartido conmigo hasta las enfermedades más inusuales. Aquí incluyo a mis familiares, amigos y a mi increíble fisioterapista que me ha curado de todo. Mi padre también lo hizo una vez, cuando tuve un problema de hombro (por favor, no se asusten, algunas personas nacemos con daños de fábrica). Increíblemente él se enfermó de lo mismo y pudo entender mis molestias. Creo que lo más lindo de la enfermedad son los procesos de curación. Esos momentos en que sabes que le debes respeto a tu cuerpo, esos instantes en los que te sientes acompañado y que aprendes de los errores para no volverlos a cometer. Por nuestra parte, mi esposo y yo prometimos dejar de cargar pesos, especialmente los ajenos, que son los que a veces enferman, y claro está, seguir acompañándonos como diría el cura: “en el amor y en la enfermedad” o algo así.

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