Desde hace algunos años he tenido un afanado interés por entender el tema de la construcción de los clanes femeninos y su presencia en cada generación. Dicen que hay temas que heredas, que permanecen o que te agobian de por vida y es porque te toca a ti resolver asuntos pendientes de los ancestros femeninos. Alguien me dijo alguna vez que deberíamos indagar en las figuras femeninas que nos preceden. Desde entonces, planeé indagar más en la vida de mi abuela materna. Ella siempre fue para mí un referente de fortaleza y valentía. Estoy segura que, aún ahora, no sé mucho de ella, solo lo que mi madre ha contado y lo que ella misma contaba, entre risas y a veces entre llantos. Siempre quise escribir una novela sobre ella, sobre su vida y sobre el amor porque siento que fue una adelantada para su época, porque la obligaron a casarse con el hombre que no amaba, porque tuvo que renunciar a sus hijos, porque se divorció a pesar de los juzgamientos de la hipocresía social, porque luchó por encontrar al amor verdadero, porque logró ser feliz, porque fue una nómada longeva y optimista que se radicó en el mar. Mi abuela murió hace un año, justo un mes antes de iniciar la pandemia y a punto de cumplir un siglo de vida. No llegué a recoger su testimonio completo de vida, ni a escribir su novela. Me faltó tiempo, me faltó luz. Lo único que logré hacer es escribirle esta carta que hoy quiero compartir. 

 Querida abuela: La semana pasada soñé en ti y entonces pensé que algo inusual estaba pasando en mi vida. Tu presencia siempre fue un llamado. Desde tu partida no ha pasado mucho, apenas una hecatombe mundial ha rondado las esquinas de la soledad de esta ciudad y me imagino que de la tuya también. Vivimos un encierro obligado que nos ha vuelto más torpes de lo que solíamos ser y cada día edificamos nuestra burbuja para protegernos de los virus. Salimos a la atmósfera a través del Facebook y el Instagram para gritarle al mundo nuestro egocentrismo y anticiparle que aún seguimos aquí y que somos apuestos, sin lugar a dudas. No importa por los filtros que tenemos que pasar para mostrar nuestra mejor cara. Algunos hemos dejado la oficina para dedicarnos a sembrar pensamientos e ilusiones, me refiero a las flores, lo otro es muy difícil de sembrar. La gente ya no respira como antes porque ahora usamos máscaras, bueno, en realidad, siempre las usamos, solo que ahora son más evidentes y como todo en el mundo globalizado, las fabrican en serie, por cientos y de todos los colores para alegrar nuestras tristes existencias. Salimos poco a ver el mundo y ya no existen los besos y los abrazos. El nuevo orden, los prohíbe y vivimos una dictadura de los afectos. Por suerte, aún siento en mi memoria tus abrazos y tus besos. Te fuiste a tiempo, abuela, porque sé que no habrías soportado no poder ver pasar los días desde la vereda de tus recuerdos. Todas tus comadres han muerto y la última, la doña Lucila murió hace tres tardes, dicen que no por el virus, sino por decisión propia. Ya nadie vende plátanos congelados en la tienda cerca de la Iglesia, si siguieras viva, de seguro, el Gobierno te habría condecorado por ser la última mujer capaz de crear lo inimaginable. Sí, creo que a las mujeres nos otorgan a veces esas preseas. Ya sabes que en la actualidad hay premio para todo y la gente se alimenta como las ratas de Pávlov de esos estímulos. Mamá te extraña inconsolablemente, pero como no puede llorar, se dedica a coser. Esa es la herencia que nos dejaste: coser. Aún recuerdo tus miles de agujas hilvanando los momentos precisos de la vida, aún conservo el costurero gris, que lo uso para hilvanar palabras porque nunca se me dio el don de la costura verdadera. ¿Sabes? Ahora vivo más cerca de ti que antes. Mi casa va de camino a las nubes y detrás me acoge una gran montaña; justo la de mi niñez, esa de la que hablaban los mayores del pueblo para contar las historias de las brujas que se reunían en concilio en el extinto Casitagua. Qué miedo me producían esas historias y ahora me dedico a escribir sobre ellas y descanso sobre el calor de tus palabras mientras el cerro me sonríe cada mañana. Mi hermana guarda tus cenizas en el jardín de su casa y dice que todos los días regresas convertida en mariposa y yo le creo porque cada día siento tus alas atravesando cada parte de mi memoria para recordarme que las mujeres como tú y yo somos habitadas por un extraño fuego que nos hace ser diferentes. Extraño tu valentía, abuela, tus largas horas de mirar el box y la lucha libre, tu don para atrapar al mundo con elocuencia y tu capacidad infinita de buscar el amor. No necesitas aparecer en mis sueños para estar presente. Tu siglo y el mío yacen perfectamente conectados hasta el final de los tiempos. Hasta siempre, abuela. Hay cosas que siempre quedarán pendientes, queridos amigos y lectores. Esta es una de la mías.

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