Preguntó al gato Mambrú el lebrel Perdonavidas:
—Pariente de Micifú, ¿qué secreto tienes tú para vivir siete vidas?
Así inicia uno de los versos más hermosos de la literatura infantil latinoamericana: “Las siete vidas del gato” del poeta colombiano Rafael Pombo. En esta oportunidad, me corresponde a mí contestar al lebrel del poema, solo que no con el lirismo de la poesía, sino con la crudeza de la vida real.
Resulta que fui invitada a participar en la Feria Internacional del Libro de Guayaquil que se desarrollaba en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas. Viajé entusiasmada porque me encanta llevar a “mi bruja” (me refiero al librito de la colección de literatura infantil) y poder compartirla en otros espacios y a otros públicos. Además, viajé con las amigas autoras y allá me reencontré con gente muy querida: todos amigos de las letras y de la vida. La idea era estar dos días, presentar los tres libros álbum, socializar, intercambiar libros, promocionar la colección “Oso de Anteojos”, comer rico y aprovechar para recorrer algunos lugares turísticos de “La Perla del Pacífico”.
Siempre adoré Guayaquil, la ciudad cálida, la ciudad junto al río, la que nunca duerme y cuya gente siempre siempre está contenta y tiene el acento más divertido del mundo. Tengo hermosos recuerdos de esta ciudad. De niña la visité frecuentemente para compartir con los parientes costeños. Recuerdo con nostalgia al barrio de La Alborada donde vivían mis primas y el famoso negocio de venta de ropa interior llamado “El Gato” que tenían en Boyacá y Clemente Ballén.
Guayaquil siempre ha sido sinónimo de alegría y bullicio; dadora de un aire especial que sabe a humedad y huele a naranja- lima. Siempre volví a Guayaquil, de soltera, de casada, con mis hijos, con mis padres, por trabajo, de paseo; en fin, esta ha sido para mí la ciudad del eterno retorno. Estaba feliz de volver, además, porque regresaba con mi amiga de toda la vida, María Eugenia. Con nostalgia recordábamos que en la universidad viajamos juntas, 25 años atrás, porque nos enamoramos de unos poetas que conocimos en un encuentro literario y los perseguimos desde Quito hasta el Parque Centenario. (En realidad, ellos nos invitaron a visitar Guayaquil en las fiestas julianas). Sin embargo, medio día de compartir con nuestros amigos poetas guayacos y estábamos aburridas porque nos llevaron a conocer cada una de la piedras que había pisado Simón Bolívar en su encuentro con San Martín. Entiéndase que teníamos 20 años y lo que queríamos es una cerveza y un poco más de acción, pero nuestros amigos eran unos intelectuales etéreos y poco comunes que usaban una guayabera y un traje sastre, en medio de un calor insoportable; seres que deambulaban por el centro en busca de naftalina y que nos llevaron a conocer el Cuerpo de Bomberos para contarnos lo emblemática que era esta institución para los guayaquileños. (Claramente, con el tiempo, ya se imaginarán que estos personajes se convirtieron en grandes historiadores). En esa época no estábamos muy interesadas en la historia porque apenas empezábamos a construir la nuestra. Pero ese es otro cuento.
El primer día del Festival fue un cúmulo de alegrías. Tuvimos la oportunidad de presentar nuestros libros, escuchar las preguntas del público, reencontrarnos con los amigos del oficio: los amigos de Manta, la delegación de Machala, la amiga de por aquí y la de por allá, colocar nuestros textos en las carpas de venta, tomarnos la foto para el Facebook (que en esta era se ha convertido en el colofón de todos nuestros ritos sociales, esa fotito que dice: “aquí estuve”, “aquí estoy” o “aquí soy”). En fin, al finalizar la tarde, decidimos visitar el Malecón. Estábamos solas María Eugenia y yo. Paseamos, conversamos sin parar -como es común entre nosotras- y siendo casi las 20h30 de la noche decidimos ir a “Las Peñas”. Una comedida, nos alertó que no era buena idea ir a esa hora al bellísimo cerro, desde donde se veía la majestuosa Guayaquil. “Los tiempos han cambiado” —dijo. “No es buena idea ir a estas horas, hasta las 6, que hay luz, es mejor”. Con resignación decidimos regresar al hotel y prepararnos para la jornada del día siguiente. Estábamos justo frente a la estación de la aerovía en la que llegamos al Malecón y que nos ofrecía una bellísima vista de la ciudad desde el aire. Nos subimos en la primera cabina que pasó por nuestro lado, sin embargo en vez de tomar la ruta que iba hacia la 9 de octubre, en donde se encontraba nuestro hotel, tomamos la ruta que se dirigía a Durán. Cuando quise bajarme ya estábamos sobre el río Guayas y mi amiga dijo: “Ni lo pienses, ya no podemos bajar”. Viajábamos, sin remedio, a la candente Durán. El corazón se me paralizó al ver la sombra que invadía las aguas. Vinieron a mi mente todas las advertencias que suelen hacer los padres a los adolescentes cuando salen de la casa: cuidado con ir muy lejos, mandarás ubicación en tiempo real, cuidado con andar solas en medio de la nada. Definitivamente ya era tarde para dar un paso atrás, mi amiga y yo íbamos rumbo a uno de los cantones más populares de la provincia del Guayas: popular por su belleza y por ser cuna de la violencia armada en la actualidad. Decía para mis adentros: “Tranquila, no va a pasar nada, llegamos a la estación compramos otro ticket y regresamos volando (literalmente hablando) al hotel”. Así lo hicimos, nos bajamos en una estación casi fantasma. Parecía que éramos las únicas habitantes del planeta. Recargamos la tarjetita en una máquina y nos subimos al bote ( en realidad era una cabina).
Ya de regreso, de pronto, mi amiga grita: “Vale, al suelo”. Un ruido como de fuegos pirotécnicos invadía el espacio. Se trataba de una balacera. Nunca he escuchado el sonido de una bala tan cerca, de hecho, creo que solo la he escuchado en los famosos wéstern que solía ver en los años 80. Al principio pensé que mi amiga estaba exagerando o fabulando con su mente creativa. Me volví para ver de reojo qué pasaba: y tres hombres perseguían a otros lanzando disparos sin parar. Me lancé al piso y lágrimas empezaron a salir de mis ojos. En ese momento podía escuchar la música que acompañaba los tiroteos y cañonazos incontenibles de la película El bueno, el feo y el malo dirigida por el italiano Sergio Leone y en la que actuaba el entonces joven, Clint Eastwood: esa música de aullido salvaje, clásica en las películas del Antiguo Oeste. Por supuesto, estoy exagerando porque nuestro pequeño tiroteo era más calmo, pero mi mente cinematográfica, especialmente en momentos de extrema tensión, siempre me lleva de regreso a las películas. Creímos estar más protegidas en el piso, sin pensar que cualquier bala perdida habría entrado primero por abajo porque flotábamos sobre la balacera. Fue cosa de segundos y la cabina empezó a alejarse. El viaje a la siguiente estación se hizo eterno. En nuestro camino pasamos por el Cementerio General. Y no saben lo tétrico de la escena: cientos de tumbas blancas reposaban en el silencio absoluto de la noche. En ese momento solo esperábamos que salieran las almas en pena para completar el acto final y escribir ese mismo instante un buen cuento de terror. Afortunadamente, hasta ellas se guardaban con desconfianza en medio de la quietud inusual de la ciudad y del sustazo que acabábamos de pasar.
Finalmente llegamos a la estación de la 9 de octubre. Nuestro hotel nos aguardaba a tres cuadras. Caminamos una cuadra y mi amiga se dirigió hacia una tienda (no pudimos entrar porque el local estaba amurallado por barrotes). Desde afuera ella intentaba que le diesen fuego. Por mi parte, desconfiada, miraba a los alrededores: dos borrachos alardeaban de sus conquistas, mientras miraban unos videos en el celular. Hacia la calle aparecía la imagen de un hombre que no estaba en sus cabales, se lo veía adormecido, embobado, tal vez drogado. No me pareció peligroso hasta que sacó con cuidado una navaja de su bolsillo y empezó a acercarse. El wéstern continuaba, sin tregua, así que cogí a mi amiga y aceleramos el paso como desquiciadas en busca de una guarida segura. Al fin llegamos al hotel con el corazón en la mano, las lágrimas contenidas y el susto a punto de escaparse por nuestra boca sedienta. Tras tomarnos una copita de vino, para pasar el susto, decidimos descansar para la jornada que nos esperaba al día siguiente.
El día viernes, ya más serenas y con mente positiva, llegamos a la Casa de la Cultura Ecuatoriana para presentar el último libro de la colección. En el jolgorio propio de las palabras y la literatura compartimos con los colegas y pares nuestra experiencia de la noche anterior. Nos despedimos de las amigas con besos y libros, esperanzadas de volver a nuestras casas en la noche, pues nuestros vuelos salían a las 19h00. Llegamos a las cinco de la tarde a la sala 6 del Aeropuerto José Joaquín de Olmedo. Tenía un dolorcito en el pecho, pero me motivaba pensar en que en la noche me reencontraría con mi familia y además celebraríamos con mi esposo nuestro aniversario 23 de bodas. Abordamos el vuelo y ya listos para despegar lo increíble pasó: el avión empezó a fallar. Del wéstern pasamos al cine futurista de ciencia ficción. Nos bajaron del avión y regresamos a la sala de embarque a sobrevivir a las 9 horas de espera más largas de nuestras vidas. Nos mantenían engañados con los mensajes de: “en una hora salimos, el avión está siendo reseteado”, “en una hora les daremos información, el avión está en mantenimiento”. ¿A quién se le ocurre hacer mantenimiento del avión después de que estuvo a punto de caerse y no antes?, ¿Por qué no se resetean el cerebro los que manejan estas compañías comerciales que solo piensan en explotar al cliente por cada kilo demás que lleva, pero al momento de jugar con su vida, no tienen conciencia alguna? Cansados y muertos de hambre, los pasajeros se enardecían contra la insensibilidad de la aerolínea. Gente desesperada por viajar por compromisos de trabajo, gente con niños pequeños que cargaban en sus brazos, gente que viajaban para dar el último adiós a seres queridos que acababan de morir, gente como yo a la que esperaba el esposo y los hijos. Miles de historias conjugadas en una misma noche. Mi amiga aturdida con dolor de estómago por el nerviosismo, una abogada por ahí que reclamaba ofuscada nuestro derechos y exigía nos lleven a un hotel y nos den comida. Cuando los robots de la aerolínea se humanizaron, llegaron los sánduches del Español para intentar amansar al pueblo con pan. Lástima que no les funcionó conmigo porque soy intolerante al gluten.
En la espera de vouchers para hotel y de una furgoneta que nos llevaría a alojarnos en quien sabe dónde, nos juntamos un grupo de gente diversa: el colombiano que nunca falta (alegre, parlanchín, buena gente) que de pronto nos empezó a llamar a todos “primos”, las chicas de Bata que añoraban regresar a Quito, tras una semana de hacer inventarios, la novia que estaba a punto de casarse, el chico de marketing, la pareja que organizaba bodas, las dos escritoras (la Mariu y yo), un par de tías que aparecieron por ahí. Todos socializando como en el cuento de Cortázar, “Autopista al Sur”, varados en una mismo espacio y evitando mirar al reloj porque “ya no valía la pena”. Contábamos historias personales, reíamos a gritos, hacíamos hipótesis o fabulábamos sobre la levedad de la existencia. En un par de horas nos convertimos en primos. Es increíble cómo la adversidad puede unir a la gente. Todos nos sentíamos cercanos. Nos creíamos sobrevivientes.
A las 3h00 de la mañana llegó la furgoneta a retirarnos. Todo el grupo de primos nos metimos en la furgoneta deseosos de llegar a un lugar más seguro y apacible en donde pudiéramos dejar reposar las emociones. Nos trasladaron al Hotel Marriot y nos dieron unas habitaciones muy cómodas (lo mínimo que nos merecíamos después de tanta adversidad). Antes de entregarnos las habitaciones, ya habíamos creado nuestro chat grupal porque estábamos convencidos que las casualidades no existen y tal vez en otro universo fuimos amigos. Finalmente conseguimos un vuelo de regreso al día siguiente en la tarde. Cada uno con horarios diferentes. Nos despedimos en el aeropuerto de todos los primos que encontramos en nuestro camino.
Regresé triunfante del Guayaquil de mis amores, conmovida porque a veces la muerte me es cercana, pero también agradecida por las oportunidades, por el mundo de ficción que se recrea en mi mente cada vez que me enfrento a la realidad, por la amistad, por sobrevivir a las caídas y por ser heredera de las siete vidas del gato.
