Pensé que no iba a lograr escribir esta semana mi artículo en el blog. Cuando me senté a hacerlo me quedé con la hoja en blanco, así que cerré el archivo y pensé que no tenía nada para decir. Afortunadamente, las historias siempre llegan y después de terminar una de mis clases de posgrado me quedé convencida de aquello. Una compañera afirmaba que su mayor problema al escribir es “la página en blanco”; es decir, no saber qué contar; ante lo que el maestro expresó: “solo regresen a sus peores o mejores recuerdos y tendrán sobre qué escribir”. Inmediatamente pidió que contáramos uno de nuestros peores recuerdos de la infancia. La sesión de trabajo se tornó interminable: escuché treinta historias impresionantes de infancia. Y, claro está, tuve que contar también la mía. Llegó a mi memoria un recuerdo de la infancia que creí olvidado o guardado en el cajón de las cosas sin importancia. (En verdad, no era así). Recordé que odiaba tomar el bus de recorrido de la escuela y todas las mañanas lloraba al levantarme. En casa creían que el problema era despertar a las seis de la mañana, pero en realidad se trataba de lo que sucedía dos cuadras después de subirme al bus: una espantosa niña, de gran tamaño y de aspecto fortachón, era recogida en la siguiente parada. Apenas se subía sonreía con malévolo gesto en la cara y buscaba a quién torturar (lo que en esta época llamarían “hacer bullying”). Sus métodos eran diversos e ingeniosos. Solía burlarse del cabello, la nariz o las piernas de algunas niñas de manera cruel. Cuando me llegaba el turno, solía abalanzarse a mi cuello y halar de la bufanda gris con la que siempre cubría mi garganta para no enfermar por el frío matutino. Tomaba con sus fuertes y gordas manos de cada lado de la bufanda y simulaba ahorcarme mientras reía estrepitosamente. Nunca me ahorcó de verdad, pero la pura intención me hacía temblar de terror. Nunca le conté a nadie lo que ocurría y lo soporté durante dos años lectivos. Luego se terminó la escuela, ingresé al colegio y nunca volví a verla. Eso me dio mucha paz porque sabía que nunca volvería a ver esa sonrisa exasperante y tenebrosa que había torturado mis nervios hasta el cansancio. Muchos años después, cuando ya me había graduado de la universidad y tenía como dos años de experiencia profesional, me postulé para una vacante en un Centro de Idiomas como maestra de español para extranjeros. La entrevista fue maravillosa, la directora se mostraba como una amable mujer y la clase demostrativa que di a los extranjeros fue todo un éxito. Al terminar, me pidieron bajar al primer piso para arreglar los temas económicos y firmar el contrato. Me sentía feliz y segura de mí misma. Cuando ingresé a la oficina de Contabilidad, un fornido cuerpo de mujer se daba la vuelta para entregarme el contrato. ¿Se imaginan quién era? La malévola sonrisa de mis nueve años volvía a mirarme de frente. No miento cuando digo que las piernas me temblaban y toda mi seguridad se fue al piso. Ella fingió no reconocerme y yo, absolutamente descompuesta, hice lo mismo. Me entregó el contrato para que lo firme y se dio la vuelta para comentar algo en secreto con otra de las chicas de la oficina. Mientras tanto, yo simulaba leer el documento, aunque en realidad lo que quería es salir corriendo. De pronto, la mujer salió de la oficina y la vi hablando con la directora cerca de las escaleras. Y lo imposible sucedió: la directora entró a la oficina y me dijo que no firmara el contrato aún y que pronto me llamarían. Por supuesto, ese “pronto” significaba: “nunca te llamaremos porque nos contaron que eres la niña de la bufanda gris que casi muere ahorcada en manos de la malévola contadora”. ¿Qué más podía significar? La verdad es que nunca supe qué pudo haber dicho esta insensata mujer, que con los años seguía siendo la misma abusiva de la infancia, pero con uniforme de oficinista. Algunas cosas nunca cambian. Lo que no sabía la mujer es que, a pesar de mi primera nefasta impresión al volverla a ver, yo había crecido de verdad y tenía un medio maravilloso para defenderme: la escritura. Llegué a casa y escribí uno de los mejores cuentos de terror que he creado y digo “mejor”, no con ego, sino con agradecimiento porque al escribirlo exorcicé todos mis temores y perdoné la malicia de la gente. Los personajes fueron una abuela, un gato indefenso y un loco hacedor de nudos. Cuando el cuento se publicó en mi primer libro, un año después, tomé dos ejemplares los envolví en un delicado papel y les coloqué dos adorables tarjetitas en espera que las dos mujeres aún trabajaran en el mismo lugar. Dejé el obsequio en recepción para la directora. Me hubiese gustado ver su cara al leer la especial dedicatoria que decía: Mis más sinceros agradecimientos por no haberme contratado. Eso me permitió escribir mi primer libro. El segundo libro pude entregarlo personalmente a mi antigua torturadora con una dedicatoria que decía: Gracias por darme material para escribir. Posdata: en el último cuento, tú eres el gato. Desde entonces creo fervientemente en el agradecimiento. Todas las personas que llegan a tu vida te ayudan a crecer y a reconstruirte, no importa que tan malévolas o exasperantes puedan ser. Yo escribo gracias a todas ellas.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
