Debo iniciar pidiendo disculpas a los lectores que esperaron el artículo el domingo. Esta semana no lo pude escribir porque no estuve en la comodidad de mi casa ni tuve las teclas de mi computadora a disposición. Me escapé con la familia y los mejores amigos de mis hijos, que también son familia, a la playa para cambiar el paisaje del confinamiento. Viajamos el viernes con mucha emoción “a los tiempos” como diría el dicho popular. Cinco horas de camino no son nada cuando sabes que la recompensa será gozar de la brisa inmejorable del mar. Salimos muy temprano y desayunamos en el camino. Alas 9h00 de la mañana estábamos solos en el mundo (en realidad era un paradero) con unos deliciosos tigrillos y bolones de verde en la mesa. A mediodía, llegamos a la casita alquilada frente al mar. El plan era simple: pasaríamos el fin de semana de confinamiento allá. Los chicos viajaban por primera vez con sus mejores amigos, así que estaban felices y mi esposo y yo, nos relajaríamos al compás de las olas y de una cena romántica. Pero, como suele suceder, la vida no es tan tranquila, sobre todo cuando tienes hijos adolescentes. Les dije a los chicos que aprovecharan lo que quedaba del viernes para disfrutar del mar porque, de seguro, sábado y domingo, no se podía salir y veríamos el paisaje desde el balcón. Mis idealizados planes no se cumplieron exactamente como lo anhelaba mi romántica percepción del mundo. Todos se cambiaron de ropa y se colocaron los trajes de baño y salieron en picada hacia la playa. Entonces, me pregunté en voz alta: ¿Y quién los va a cuidar? Mi esposo respondió: «Ellos mismos, si ya son grandes». Esa respuesta me cayó como un vaso de agua fría sobre la cabeza. Mis hijos ya crecieron y juro que no me había dado cuenta. Hace apenas algunos años, debía ayudarles con los bañadores, el protector solar y todas las palitas para hacer castillos de arena. Sin embargo, como mamá gallina que soy, pensé que aún necesitaban que alguien los observara de cerca por todo eso de que el mar es traicionero, por si necesitaran un salvavidas o una agüita de coco. Me escabullí con sutileza de mi esposo y le dije que iría a caminar por ahí. La verdad es que el “por ahí” era junto -casi pegada- a los chicos que se lanzaban como torbellinos contra las olas y a las chicas que posaban en bikini intentando encontrar la selfie perfecta. Quise disimular la intromisión fingiendo que tomaba el sol, cual sirena y hasta me hice la dormida un rato; sin embargo, ni me regresaron a ver. Al caer el sol, los chicos decidieron dejar las olas para zambullirse en la piscina. Eso me tranquilizó y regresé con ellos, fingiendo una coincidencia. Las chicas dijeron que se quedarían un poco más disfrutando del mar. Regresé y me senté en el balcón de la casita, mientras mi esposo me preguntaba cómo me fue en el paseo -con cierta ironía- (creo que en el fondo sabía de mis oscuras estratagemas para no separarme de los chicos). Como vigía de faro me dediqué a observar a los que estaban en la piscina y a la figura de las chicas que esquivaban las olas. Me dirigí al baño un momento y encargué a mi esposo la tarea de vigilar el fuerte. Juro que no me demoré ni cuatro minutos y las chicas ya habían desaparecido. Mi esposo leía confortablemente las noticias en el celular mientras mis nervios se destrozaban. Buscamos con la mirada apresuradamente: yo, hacia el horizonte (pensando fatalmente que estarían ahogándose) y él, objetivamente, buscando por la orilla y los alrededores. No están -dije- entre sollozos. Y no solo era haber perdido a mi hija, sino a la hija de otra madre. Luego vino el reproche a mi esposo: “Te dije, cómo se van a cuidar solas”. Con la tranquilidad que le caracteriza, contestó: «Ya me voy a buscarlas, por ahí han de estar». Y se dirigió hacia la playa mientras los chicos disfrutaban la algarabía de la piscina. Unos cinco minutos más tarde, las chicas volvían muertas de la risa junto con mi esposo. Y afirmaban haber desaparecido porque le persiguieron a un chico que les pareció conocido; pero luego descubrieron que no eran quién habían pensado. En la noche hicimos pizza, jugamos Stop y nos reímos como locos ante las ocurrencias de todos al inventar palabras que no existen. Le dije a mi esposo: «Mañana haremos una cena romántica solo tú y yo porque, de seguro, los chicos caen rendidos». El panorama se veía muy prometedor. Al día siguiente, mientras preparábamos el desayuno, se escucharon unos gritos ensordecedores. Eran las chicas que juraban que en la misma playa estaban dos de las influencers más importantes del momento y, claro, como buenas noveleras, debían aprovechar la oportunidad de conocerlas y tomarse fotos. ¿Influencers? ¿Qué es eso? -dije-. Bueno, en verdad, sí se lo que son los influencers. Mas bien, lo que quise decir es: ¿Por qué aquí? Mi oasis de paz, aquel con que planeé antes de llegar, se convertía en un ir y venir de las chicas enviando mensajes por doquier en Instagram comunicándose con toda la comunidad de amigos que pedían a gritos que se encontrarán con las famosas. Ellas, corrían por la casa esperando respuesta de estos seres casi celestiales. Yo, muerta de las iras, me preguntaba qué harán de bueno para ser influencers y lograr enloquecer a los jóvenes así. Mi hija decía que tenían más de veinte mil seguidores, entonces asumí que yo nunca podría ser influencer, pues en mis doce años de tener cuenta en Facebook solo había conseguido ciento cincuenta seguidores. ¡Qué triste! Cómo ha cambiado el mundo, en mi época estos especímenes no existían o tal vez deambulaban por ahí en otras formas. Traté de pensar en quién habría sido un influencer en mi época y recordé haber vivido algo parecido cuando estuve en el Club de Periodismo del Diario El Comercio. Tenía dieciséis años y junto a las otras chicas del club, moríamos de amor por un jovencito que fungía de presidente. Además de guapo, también era inteligente. Yo solía inventarme que debía hacerle entrevistas y así aprovechaba para tomarme fotos, pero con una inmensa cámara Cannon. (Cuán útil habría sido en esa época tener un celular). Y también lo seguíamos, pero a pie por todo el auditorio. Y con toda su fama no éramos más de cincuenta seguidoras. El milagro se dio y las chicas recibieron un mensaje de las divas adolescentes para reunirse con ellas a las 3h30 de la tarde. Corrían de aquí para allá probándose todas las combinaciones de ropa posible, luego me rogaron que comiéramos máximo a las dos y luego se fueron a meditar para canalizar la ley de atracción. La hora llegó y debían encontrarse en la playa. La situación me preocupaba, pero mi esposo, siempre positivo, dijo: “Deja que vayan, tienen que aprender a cuidarse y que pongan su ubicación en tiempo real para poder monitorearlas”. Asentí con la cabeza. Mi hijo y su amiguito, dijeron: «Nosotros también queremos verlas». Entonces, nos escondimos tras la palmera y con impaciencia, esperábamos el aparecimiento de las diosas del Olimpo. De pronto, aparecieron dos jovencitas de la misma edad que las nuestras, sin alas y sin los reflectores de Hollywood sobre su cabeza (como me las imaginaba). Mi hijo decepcionado se dio media vuelta y dijo: ¡Y para ver a esas chiquitas tanta alharaca! Yo sonreí y respiré profundo. Nuestras chicas se abrazaron con ellas como si se hubieran conocido de toda la vida. Hasta ahí todo normal. Sin embargo, mi sonrisa desapareció el momento que observé que las jovencitas venían acompañadas de dos muchachitos. Subí al balcón y volqué todas mis quejas a mi esposo: Y ahora, ¿quiénes serán esos chicos?, y se abrazaron, ¿y si se sacan la mascarilla?, ¿y si les ofrecen algo de tomar?, ¿y el virus? Si, ya sé que hay que dejarlas vivir… Ante lo que mi esposo respondió: «¿Y la cena romántica?» A quién se le ocurría en esos momentos de tensión total pensar en la cena romántica, lo importante era rastrear su ubicación porque después de los fraternos saludos empezaron a caminar hacia el norte de la playa. Tras tres horas de incertidumbre, las chicas regresaron felices con miles de historias y tik-toks grabados con las divas y sus amigos. Nos contaron que fue hermosa la experiencia y también se dieron cuenta que la gente inventa ídolos, que las famosas influencers de hoy son tan humanas como cualquiera y que un poco de popularidad no es lo que te define como persona. Pero en todo caso, la pasaron bien. Me fui a dormir con el agotamiento del día a cuestas y con la tranquilidad de tenerlas ya en casa. Me di cuenta que volver a la playa ya no sería nunca igual, que los hijos crecen y buscan sus propios espacios, que la tecnología es agobiante, pero también una maravillosa aliada. Descubrí que extrañaré no hacer más castillos de arena y que los hijos seguirán en sus búsquedas locas y que llegará el día en que no podamos seguirles el rastro porque deben encontrar su propio camino. Y, con suerte, Christian y yo tendremos nuestra cena romántica en un futuro muy cercano.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
