A propósito de la finalización del año escolar, que ya se aproxima, quiero compartir las experiencias y peripecias vividas en este último tiempo de pandemia en relación con la educación de mis hijos. Como buena heredera de la Pedagogía Waldorf, siempre he creído que la educación tradicional, no es lo mío y siempre quise que mis hijos fueran educados en otro sistema, diferente al sistema en el que yo crecí. Para ello estudié pedagogía, indagué en un sinnúmero de teorías pedagógicas, viajé, probé las experiencias de otros lugares del mundo y aprendí que más allá de la escuela conductista (que hoy se hace llamar constructivista, pero que en esencia sigue siendo la misma), existían otras posibilidades que le aportaban de verdad al ser humano. Como siempre me he caracterizado por tener un carácter proactivo, pensé que la única forma de tener una escuela ideal para mis hijos, sería crearla con mis propias manos y voluntad. Para hacerlo no me quedó otra opción que abrir mi propia escuela alternativa. Es así que hace más de doce años di a luz a mi segundo hijo y, a la par, un proyecto educativo que amé con todo mi corazón. Decidí que mis hijos aprenderían del contacto con el mundo real, con la naturaleza, con flores en sus manos, con tierra esparciéndose en su cabeza, tocando al borrego y al pato, cosiendo y bailando, en una escuela sin paredes (metafóricamente hablando), que aprenderían a disfrutar de los cuentos y la poesía desde temprana edad sin sentirse obligados a escribir o leer por exigencia, sino por búsqueda propia. Tras el cierre del proyecto, no me quedó más remedio que regresar a mis hijos al sistema regular al que se integraron satisfactoriamente y sin ningún problema. Con esta experiencia previa, cuando llegó la pandemia, decidimos en casa que lo mejor sería volver a lo alternativo, a la vivencia, al aprendizaje cotidiano y yo, emocionadísima, decidí que volvería a la docencia como maestra de mis hijos. Armaríamos en casa la nueva escuela Waldorf que en otra hora tuvimos y que ahora se llamaba homeschooling, sin pantallas y sin plataformas digitales. Construí un espacio de amor y respeto absoluto que miraba a los niños en toda su integralidad y que respetaba sus diferencias. Mis hijos iniciaron su vida escolar en este lugar y agradezco profundamente por ello. Sin embargo, los sueños a veces suelen disolverse y por cosas de la vida: salud y dinero, tuve que cerrar la escuela de mis sueños. (En realidad, algunos años después descubrí que no solo fue el lugar de mis sueños: una tarde mientras deambulaba por las adictivas avenidas del Facebook, me encontré con un grupo llamado: “Los que estudiamos en la mejor escuela del mundo”. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí que los integrantes del grupo eran, nada más y nada menos, muchos de los niños que estudiaron en aquella escuela y que ya habían crecido. Desempolvé todos los libros, recursos, juegos, costureros. Adecué el espacio apropiado para iniciar la gran aventura que empezaba a las ocho de la mañana con una armonización del espíritu (música y movimiento), la famosa euritmia. Trasladé mis horarios de trabajo a partir de las dos de la tarde; para poder cuidar el jardín, sembrar y cosechar. Trabajamos cada materia en ciclos largos y no entrecortados, cosimos muñequitos en fieltro y alimentamos el alma con cuentos y poemas. Solo nos faltaba el borrego para trasquilar y la carpintería. Mi hijo menor, que nació con el gen de la tecnología, al principio participaba de todas las locuras de la mamá hasta que un día me dijo: “¿qué tal si tenemos un día normal, mami, y dejamos de coser muñequitos porque ya tengo doce? Y luego ¿puedo jugar PLAY?”. Claro, en ese momento me di cuenta que las bondades de cualquier pedagogía no siempre son las adecuadas para todos los niños. Hay que ir adaptándolas y adaptándose. Así, con el paso de los días dejamos de cosechar las frutillas y se las comieron nuestras mascotas; aunque, debo decir que aún seguimos cuidando el jardín. Ya no hicimos más euritmia. Tuve que cambiar mi chip y adaptarme a las necesidades de mis hijos y hacer que funcionara mi rol de maestra con ellos. Dejé de lado muchas de las prácticas Waldorf y aprendí a hacer kahoots y blookets para jugar en computadora. Me entrené en hacer presentaciones en Genially porque, según me dijeron, el PowerPoint ya pasó de moda hace mucho. Mis planes de trasquilar borregos quedaron de lado, pero, a cambio, hicimos proyectos diversos y divertidos que nos permitieron ahondar en aprendizajes y experiencias únicas. Pero los tiempos cambian y a veces nosotros nos quedamos atascados en los recuerdos. Mi idílico paraíso educativo tuvo que cambiar. Los ideales de los padres son unos y de los hijos, muchas veces, pueden ser otros. Y no crean que todo fue maravilloso, también tuvimos días malos en los que se quejaron con el papá porque la profe no les dejó descansar o estuvo malhumorada. Los aprendizajes, más allá de lo curricular, han sido inmensos, para ellos y para mí. El balance final es positivo y, contra todo pronóstico, ellos fueron los que me sacaron del “sistema” y siguen siendo mis maestros de vida. En el proceso, afortunadamente no estuvimos solos, nos encontramos con otros padres que se aventuraron en la misma empresa y pudimos darnos la mano. Siento que todos quienes participamos de esta oportunidad fuimos privilegiados porque, en medio del caos y la crisis, construimos un microcosmos que nos mantuvo fuertes y unidos.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
