Hace varios días, huyendo de la pandemia, viajamos a una hacienda en las afueras de Santo Domingo de los Colorados. Todos con la expectativa de salir de la monotonía del trabajo y los estudios y en busca del contacto pleno con la naturaleza, al menos eso dijo mi hermano, quien nos invitó. Cuando le pregunté qué debía llevar, solo insistió en que lo principal eran las botas de caucho. Por suerte, todos en casa tenían un par, menos yo. Mis hijos y mi esposo son los exploradores de la casa, así que las botas de plástico son casi parte de su atuendo, pero para una quiteña del Centro de Quito, que vivió gran parte de su vida en café libros, exposiciones, cine foros y en la Casa de la Cultura, no es tan común cargar con ellas. Pues, dados los acontecimientos y para no quedar mal con el pedido de mi hermano, visité una tienda de botas de caucho para adquirir un par. De entrada, las botas, me apretaban las pantorillas (ahí es cuando te lamentas tener una piernas tan contorneadas). Decidí comprar entonces, una talla más grande, que tampoco me quedaba muy bien, pero me resigné cuando la vendedora me dijo que el color estaba «lindo» (luego me di cuenta que el lila, que me vendieron, era horrendo). Pero, bueno, ya con toda la indumentaria lista, las almohadas, las sábanas, las toallas y las maletas a reventar nos embarcamos en la aventura. Despúes de tres horas de viaje, llegamos a un paraíso tropical verde, no había nada más que un verde inmenso. Dejamos los autos y los anfitriones de la hacienda nos recibieron con amabilidad y nos informaron que hasta ahí llegaba el camino para autos y que debíamos continuar a pie. Mi hermano dijo: «las botas», hay que ponerse las botas y dejar los zapatos. Ese fue primer gran susto, no suelo despojarme de mis zapatos con facilidad, me siento cómoda y protegida con ellos, pero como buenos aprendices de boy scouts nos cambiamos. El segundo susto vino después cuando vi que debíamos pasar con las maletas a cuestas sobre un gran puente colgante. Casi nunca le confieso a nadie esto, pero tengo un pánico a las alturas y el vértigo, a veces, me sobrepasa. Sin mirar abajo, seguí la estela de luz que mi hijo dejaba a su paso por el puente. Ya en tierra firme, más bien lodo firme, iniciamos el ascenso de una lomita y detrás de ella estaba la casa de hacienda. ¡Qué emoción! ese rato volví a respirar porque, por un momento, pensé que dormiríamos bajo las enormes hojas de los platanales. Nos dijeron que por política de los dueños y por cuestiones de higiene no se podía ingresar con las botas, y esa fue la mejor noticia que pude recibir, así que me las saqué volando y me coloqué unas cómodas sandalias mientras mi hija buscaba ansiosa la señal de Internet para revisar los mensajes del novio, pero lo que encontramos fue una señal del destino que nos informaba que en ese lugar no había conectividad. Después de tantos meses de vivir la miseria de las noticias semanales, me pareció fabuloso no poder acceder a ningun dispositivo móvil, literalmente estábamos desconectados. Inmediatamente, nos preparamos para conocer la hacienda y hacer el primer recorrido. Otra vez, había que colocarse la botas. La primera parada fue en la caballeriza en donde estaban los caballos esperándonos. Cuando preguntaron quién va a montar, yo guardé cautelosamente mi mano y levanté la de mis hijos. Claro, ellos son los aventureros. Yo iría caminando para ejercitarme. Mala idea. De pronto, empezamos a internarnos en medio de un maravilloso paisaje de platanales y mucha vegetación. Las botas me apretaban, pero seguía caminando. A lo lejos mis hijos, mi esposo, mi hermano, mi sobrino lucían como jinetes expertos. Me daba tranquilidad saber que al menos mis hijos montaban dos mulares (una mezcla de caballo y burro) y no eran tan grandes, entonces podía descartar cualquier tragedia. Este es un mal heredado de mis incesantes lecturas de los trágicos griegos, siempre busco el destino fatídico de las cosas. Nunca había visto hojas tan grandes en mi vida que me cubrieran como parasoles; llegó un momento en que pensé que era una liliputiense porque todo a mi alrededor era gigante, menos mis botas, cabe anotar. Llegué al río con un dolor de rodilla y con unas pantorillas estranguladas por las adorables botas lila. La imagen del río: una verdadera pintura al óleo en la que pensaba ingresar de a poco porque no soy buena con el agua fría. Sin embargo, la pintura se desfiguró en dos segundos cuando la impaciencia de mis acompañantes les llevó a mojarme de pies a cabeza y lanzarme al río. Lo único que pude hacer es gritar como si fuera el último día de mi vida. Ya de regreso, el dolor de rodilla me superaba, así que contra todo pronóstico, pedí subirme a un mular. Las piernas y el alma me temblaban, así que el cielo empezó a llorar. Estoy segura que fue por mí. En cada bajada, el pobre animal se resbalaba y yo escapaba de volar por los aires mientras mi esposo nos seguía de cerca y se reía de mis pedidos de auxilio. Eso se llama disfrutar de la naturaleza, decía mi hermano que para darnos una muestra de su pericia con el caballo desapareció al trote. Mis hijos, esta vez, compartían el mismo mular y cabalgaban delante mío. Tras pasar un riachuelo, y tratando de no resbalarme del sacrificado animal que me cargaba, mi vida se detuvo por un instante porque el caballo de mis hijos apareció sin ellos encima. La montura se había soltado y los pobres jinetes yacían enlodados en la ladera de la soledad y además muertos de la risa. Entonces, muy sabiamente, decidí que lo mejor era bajarme del animalito y continuar siendo amigos. De todos modos, ya faltaba poco para llegar. De pronto, a lo lejos, me parecía ver al soldado Ryan que regresaba mal herido de la guerra, con paso lento y mueca de dolor en la cara. Era, nada más y nada menos que mi hermano, que padecía la amargura de haber sido abandonado por su fiel amigo, que tras asustarse con una cuerda le había lanzado del caballo, pisado el tobillo y dejado a la deriva. La lluvia no cesaba y casi al llegar a la hacienda nos encontramos con una estrellita, así dijeron que se llamaba una indefensa culebra de casi metro y medio. Afortunadamente, hace casi veinte años me hice una regresión para curar algunas fobias, entre ellas la de las serpientes. Al fin, llegamos a la casa, empapados de aventura y con unas ganas inmensas de dormir. Dormí largas horas, parecía que la vida en ese lugar se había detenido. Con el alma más reposada, disfrutamos de una deliciosa comida preparada con el corazón por los anfitriones, que de seguro estaban espantados de ver a una citadina como yo. Para rematar con broche de oro, como dice la sabiduría popular, un amiguito con alas entró a la casa. Yo que venía huyendo del Coronavirus, tenía que encontrarme con el mismísimo Batman. Ante tal situación, mi decisión habría sido la de no dormir para mantenerme alerta; pero afortunadamente, el dueño de casa logró sacarlo con machete en mano. Amanecí misteriosamente sin habla, para el bien de todos, pues creo que a veces las palabras salen a borbotones de mi boca que dejo sin aliento a los que me rodean. En realidad, para mis familiares, no fue tan misterioso el hecho de mi pérdida de voz, pues decían que grité tanto durante la travesía del día anterior que ninguna cuerda vocal podría tolerarlo. Dadas las cosas: mi pérdida de voz y mi dolor de rodilla, decidí relajarme en la hamaca el resto de la estadía en la hacienda, aprendí el proceso de elaboración de los quesos y disfruté de las anécdotas de los demás y la buena comida. El último día, mis hijos y mi sobrino se habían convertido en grandes jinetes. Yo los miraba desde el balcón de los sueños y repensaba el mundo. Agradecía que todos estábamos a salvo y felices e imaginaba el inicio de un nuevo poema que se titularía: Salvados, cuando de repente: un grito. Mi hijo caía en cámara lenta del caballo. En ese momento, taché de mi mente, el esperanzador título que se me había ocurrido y dije: ¡mierda! Varios días después, regresábamos del traumatólogo con mi hijo, el que se cayó del caballo, con un diagnóstico que decía: fractura de costilla. Yo, como siempre, me mostraba preocupada y le recordaba todas las cosas que debía hacer para recuperarse: aspirar en el espirómetro, tomar las pastillas, hacer reposo, ponerse los parches. De pronto y, como por arte de magia, vi la felicidad en el rostro de mi hijo. Le pregunté curiosa a qué se debía tanta felicidad con una costilla rota y, como el más sabio del mundo, me contestó: ─Mami, quien no se ha roto un hueso, no ha vivido su vida en plenitud. Así que, rómpete un hueso. Y es que eso es la vida: caerse, romperse huesos, curarlos y volverse a caer; arriegarse para seguir contando, disfrutar con los seres queridos y compartir tus miedos y obsesiones. No importa que tengas que meterte en una selva, usar botas lilas o dormir con murciélagos. Así que espero romperme un hueso pronto.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
