Volver al cine con el gato y el ratón

Hoy fuimos al cine, por primera vez, tras un año de confinamiento. Y, aclaro: no fue nuestra decisión. Lo que sucede es que cuando uno tiene hijos adolescentes, los padres tenemos la ardua tarea de buscar qué hacer mientras ellos se pasean con sus amigos en el centro comercial. Regresar a la casa no es opción porque terminas haciendo cuatro viajes: dos de ida y dos de venida para retirarlos o para fungir de recorrido y hacerles el favor a los padres que no pueden retirar a los compinches. Este esfuerzo a los cuarenta y cinco años ya no está en los planes de nuestras columnas vertebrales, así que mejor decidimos armar nuestro plan improvisado para matar el tiempo y, de paso, nos quedamos cerca por cualquier situación imprevista que los chicos pudieran tener. Y como “buenos padres” ofrecemos retirarlos a las 19h00. Tras despedirnos y exhortarles a estar muy despiertos, mi esposo y yo caminamos hacia el cine. Al llegar, lo primero que hicimos fue escoger la película que durara el tiempo exacto que demorarían los hijos en pasear con los amigos por el centro comercial; así que mi marido y yo solo levantamos la cabeza para tratar de revisar la cartelera, pero parece que, con la pandemia, ya ni la cartelera digital, que solía desprenderse de las pantallitas de las boleterías, aparece. No quedó más que preguntar a la vendedora de boletos qué película iniciaba ese momento. La pobre mujer, asustada al ver nuestra impaciencia, dijo: ─Tom y Jerry, inicia este rato. Si corren, alcanzan. Compramos los boletos y corrimos despavoridos como quien quiere ganar puesto; luego nos sentimos ridículos porque no había ni un alma en pena, solo un cine de brillantes pasillos desiertos. Además, por falta de práctica olvidamos que en esta época los boletos ya son numerados. ¡Qué bajo hemos caído! ─me dije. En mis buenos tiempos nunca habría invertido mis recursos para ver la historia del gato y el ratón que nunca paran de perseguirse. Sin embargo, en el fondo, me emocionó la idea de la soledad. Esa soledad que adoré en mis años mozos, cuando vivía metida en la Cinemateca de la Casa de la Cultura con mis amigos hippies disfrutando de las más raras películas y con muy pocos espectadores alrededor. Ingresamos a la sala dos y no encontramos más de diez personas distribuidas en todo el espacio. Las propagandas recién iniciaban, así que tuvimos tiempo de hablar de cosas trascendentes como la economía en decadencia de las grandes salas del cine comercial; el futuro de estas si continuamos con la emergencia sanitaria; y lo que sucedería si Netflix continúa ganando adeptos. Cuando, al fin, la patética ensalada de comerciales terminó (porque te ofrecen de todo: teléfonos, electrodomésticos, autos y fiestas infantiles), me regresó el optimismo por revivir la vieja sensación de emoción que solía sentir cuando la película estaba a punto de comenzar. (Claro, olvidé que no se trataba de La vida es bella, sino de Tom y Jerry). El espectáculo iniciaba y en primer gran plano, aparecía Tom llegando a Nueva York en tren. De entrada, me sentí decepcionada porque creí que veríamos dibujos animados, sin embargo, este era un extraño remake del gato y el ratón animados que convivían con los neoyorquinos de la vida real. Hasta ahí llegó mi interés porque esas propuestas me sacan de mi zona de confort visual. Me acomodé en el sillón que se mostraba muy poco confortable, tomé la mano de mi esposo y en menos de diez minutos ya estaba durmiendo. De pronto, un estruendoso sonido me hizo saltar como canguil del sillón. Y uso el símil del canguil para no desentonar con el contexto. Era Tom persiguiendo a Jerry por un lujoso hotel y también había entrado a escena un enorme perro animado que arrastraba a uno de los empleados mientras a su paso destrozaban el lobby. ¡Qué horror! Así que me acomodé del otro lado y volví a dormir. La verdad no vi la cara de mi esposo, me imaginé que, tal vez, él sí estaba disfrutando de la función. No sé cuánto tiempo pasó entre los sobresaltos apocalípticos, que me obligaban a abrir un ojo porque Tom y Jerry seguían en sus andanzas, y los minutos ininterrumpidos de sueño. De pronto, un sonoro timbre me despierta abruptamente. Ofuscada trato de encontrar el celular, me muero de la vergüenza porque la gente debe estar aturdida por la interrupción. Cuando al fin puedo sacarlo de la cartera, trato de apagarlo porque imagino que los pocos asistentes a la función me odiarán por el brillo del aparato. Así que decido escabullirme hacia el suelo para revisar la llamada perdida y ver si es importante, pero la oscuridad es absoluta. El gato y el ratón ya no están. La pantalla se ha apagado y mi marido ronca entrecortado. Lo despierto, asustada, tras comprobar que la llamada era de mi hija, quien, además, había enviado innumerables mensajes al chat del whatsapp diciendo: ¿dónde están? Ya los estamos esperando, mami, mami, mami, emoticón de cara sorprendida, maaaami, sticker de gato triste, maaaaaamiiiiiiiiii sticker de cara de bebé llorando. La sala estaba completamente vacía, la función había terminado e irremediablemente eran las 20h30 de la noche. Corrimos como Tom y Jerry, y salimos del templo de las imágenes, cual gato y ratón reconciliados a buscar a los hijos. De regreso a casa, todos ríen por la aventura, los chicos no paran de hablar de las fotos y las historias subidas a Instagram, de la hora y media que esperaron, de las vueltas que dieron por todo el centro comercial buscándonos. Yo les cuento quiénes son Tom y Jerry y saco mis conocimientos cinéfilos para explicar porqué la película fue fatal, bueno, al menos las tres escenas que pude ver. Me doy cuenta que las cosas cambian y que el amor es inevitablemente la fuerza que mueve al universo y permite cambiar tu cama por un incómodo sillón de cine. También te permite cambiar la mejor de las películas por un remake de moda, convertirte en gato y ratón, si es necesario.

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