Tras dos semanas de ausencia, regreso con muchas historias que se han quedado en el tintero. Y no es que no quería escribir, pero decidí darle un respiro a mi blog. Aproveché para hacer un inventario mental de todas las historias que siempre me acompañan y también para darme unas vacaciones. Esta es una crónica de un viaje reciente. Lo que más extrañaba desde que la pandemia nos confinó, es el poder viajar. Una de las cosas que más disfruto hacer, en compañía de mi familia, es descubrir otros paisajes, aprender de otras culturas y conocer gente nueva. Decidimos que era tiempo de arriesgarnos a tomar un vuelo y viajar fuera del país, rumbo hacia una ciudad que no conocíamos y hacia una nueva aventura. El periplo inició el sábado a las 11 de la noche. Llegamos al aeropuerto emocionados y con un refuerzo extra en medidas de bioseguridad: doble mascarilla, visor para cubrir el rostro entero y alcohol en gel y líquido. Además, la carpeta con todos los documentos necesarios: tickets impresos, reservaciones de hotel y las pruebas del Covid-19. No se imaginan la angustia que sufrí cuando nos colocamos en la fila para chequear las maletas. Todas las personas se acercaban peligrosamente sin respetar los dos metros de distancia. Empecé a sudar del susto y del calor que me producía la doble mascarilla y el visor (por cierto, éramos los únicos con visor) y la gente nos veía con extrañeza. Qué complicado se me hacía cargar con todo, a momentos me faltaban manos: para los pasaportes (que por mala suerte son dos, porque en el antiguo está la visa), para la cartera, para los tickets, para la chompa, para el gel desinfectante. Eran esos momentos en que uno quisiera ser la mujer pulpo para tener varios tentáculos que ayuden a cargar con todo. Descubrí que la pandemia ha dejado secuelas en mis nervios, especialmente cuando escuchaba la tos de una señora que se bajaba la mascarilla para hacerlo. Me entraban unas ganas de salir de la fila y refugiarme en el lugar más lejano del aeropuerto en donde no me alcanzarán las bacterias. Esperaba con ansias llegar a mi asiento. Me suponía que las medidas de bioseguridad en el avión serían más estrictas y de seguro, dormiría plácidamente. Sorprendentemente, el avión parecía colectivo público. Entraba tanta gente que pensé que los iban a meter en los compartimentos, donde se guardan las maletas de mano. Y yo decía para mis adentros: ¿y el Covid?, ¿y si nos contagiamos? Y mis hijos tenían la misma cara de susto. Seguramente estaban pensando lo mismo. Con disimulo, les dije: “duerman tranquilos, que en lo que menos esperan, llegaremos. Y no se saquen los visores”. Lastimosamente, no fue así porque el avión tenía más niños que de costumbre, menos oxígeno que de costumbre, y más bullicio que nunca. (y ojo, nosotros amamos los niños, pero en tiempos de Covid, siendo la media noche, enmascarados como Ironman, con unas ganas inmensas de dormir y de llegar a nuestro destino, nos despojamos de nuestros mejores sentimientos hacia la infancia llorona. La nueva normalidad nos ponía a prueba. Cuando llegamos al país de conexión, nos bajamos del avión y caminamos con paso ligerito para separarnos de la multitud que bajaba en pelotón y de los niños que lloraron y tosieron sin parar. Y otra inmensa fila nos esperaba para pasar migración. Igual que en Quito, solo nosotros usábamos doble mascarilla y visor. Todos estábamos malhumorados y con dolor de cuello porque el visor no nos había permitido pegar las cabecitas para acurrucarnos en el sueño, peor aún acomodarnos contra el sillón. Y otra vez, necesitábamos varias manos para lidiar con tanto documento. Inhabilitada como estaba de las manos, la mascarilla primera se me deslizó hacia los ojos y, encima, con la gran protección facial que traía, se me hizo imposible poder acomodarla. Casi sin poder ver y sin oír -porque la mascarilla, extrañamente, a mí me produce una inusual sordera- el guardia me dijo algo que no escuché y no me dejó pasar. Entonces, con angustia le dije: “Disculpe, es que no puedo ver ni oír”. El guardia furioso gritó (ahí sí pude oír): ¡Señora, sáquese la máscara! (se refería al visor). Eso me sonó tan feo, qué decidí despojarme de aquella máscara, inmediatamente. Y todos siguieron mi ejemplo mientras se reían por mi minuto de oscuridad. Lo bueno es que ya podíamos respirar un poco más; lo malo: teníamos otro artefacto con el que lidiar en las manos. Ya en el nuevo avión, como la magia sí existe, el bullicio desapareció y la paz total reinó durante las cuatro horas de vuelo. Después decidimos que una mascarilla era suficiente para protegernos. La angustia del virus, herencia de un año y medio de vivir confinados, nos jugó una mala pasada al inicio, pero no íbamos a permitir que nos torturara más. Mi hija, siempre positiva dijo: «seguro, que no nos pasa nada, mami. Ya relájate». Y mi hijo preguntó: «¿podemos botar los visores?» La verdad yo hubiese botado todo, incluidos los pasaportes. La vida puede estar llena de pesos y a veces no sabemos qué hacer con ellos. A veces nos sentiremos asfixiados, nos quedaremos ciegos y muchas veces nos veremos obligados a despojarnos de las máscaras para respirar y simplemente ser felices.
Crónica de una histerectomía anunciada
Durante años he transitado pasillos de hospitales y consultorios, enfrentando diagnósticos, tratamientos y protocolos que más que sanar, muchas veces
