Veinticuatro años. No es una cifra redonda, ni una cima desde la que mirar hacia atrás con triunfalismo. Es, más bien, una estación intermedia, como esas paradas de tren donde uno baja a estirar las piernas, a tomar aire, a mirar el rostro del otro y decir: “Todavía estamos aquí”.

No sé si el matrimonio es una promesa, una construcción o una forma de resistencia. Tal vez sea todo eso y algo más: una conversación que no se ha interrumpido, aunque a veces haya sido en silencio. Una coreografía imperfecta, donde aprendimos a no pisarnos tanto, a ceder el paso, a sostener el ritmo cuando el otro flaquea.

Estar casados 24 años no significa que nos entendamos sin hablar, sino que hemos aprendido a hablar incluso cuando no nos entendemos. Que hemos discutido sin rompernos, que hemos cambiado sin perdernos. Que hemos sido testigos del tiempo en el cuerpo del otro: las canas, las cicatrices, las nuevas manías, los miedos que antes no estaban.

No somos los mismos que se casaron, y eso es lo que más me conmueve. Porque no hemos amado a una sola versión del otro, sino a todas las que han ido apareciendo. Y hemos elegido seguir, no por costumbre, sino porque en medio de todo —el tedio, la ternura, las crisis, las risas inesperadas— hay algo que sigue latiendo con fuerza: el deseo de compartir la vida, incluso cuando no sabemos del todo qué significa eso.

Gracias por no idealizarme. Por mirarme con ojos humanos. Por quedarte cuando no era fácil. Por celebrar lo cotidiano como si fuera extraordinario. Por permitir que el amor se parezca más a una casa habitada que a un poema perfecto.

No sé qué vendrá después. Pero si seguimos afinando esta música que tocamos juntos, aunque desafine a veces, aunque cambie de ritmo, aunque nos cansemos… creo que todavía hay muchas estaciones por recorrer.

Con nostalgia recuerdo un proverbio turco que dice: “Si realmente amas a alguien, lo amas dos veces. La primera vez, te enamoras de su sonrisa, de su voz, de su forma de mirar la vida. Pero con el tiempo, la cortina se levanta… Y empiezas a ver sus cicatrices, sus miedos, sus días grises. Ya no es perfecto. Es real.”

Sin duda, todo es real luego de tantos años, el idilio ha devenido en cotidianidad sostenida,  a veces difícil, pero hermosa, finalmente. Y si decidí quedarme y amarte dos veces, a pesar de los días grises, es porque el amor ha triunfado ante todas las cosas.

Gracias por lo que soy  y lo que he sido contigo.

¡Feliz Aniversario!

Compartir este artículo:

Artículos Relacionados