Suena mi teléfono celular. Desde la oficina me avisan que me ha llegado un sobre sin remitente. La persona que lo recibió se disculpa por haber aceptado un sobre entregado por un joven delgado que no quiso dar su nombre y que simplemente dijo: «¡Es una sorpresa!».
Como en ese momento estaba en mi clímax creativo editando un libro de texto y no estaba dispuesta a perder la inspiración, le dije a la diligente asistente de la oficina: «no hay problema, entréguele nomás a mi esposo porque yo no pasaré por ahí».
Ese fue el detonante para que empezará el operativo anti bombas en la oficina. Mi esposo que sí estaba en el lugar, me llamó desesperado y me dijo: « ¡Cómo es posible que acepten un sobre cerrado, sin remitente y de un desconocido y que tú digas que no pasa nada! Tendré que abrir para revisar». Yo no entendía por qué tanto problema por un inofensivo sobre, hasta que mi esposo me regresó a la peligrosa realidad que estamos viviendo los ecuatorianos: hace apenas unos días las noticias contaban de los pendrives cargados con explosivos que estaban recibiendo muchos periodistas a través de sobres cerrados.
Entendí su angustia. Con cierta exageración, tal vez se imaginaba que alguien sería capaz de silenciarme por escribir tantas cosas. Entonces, le dije: «Tranquilo, yo solo escribo cuentos y poesía, no soy periodista ni famosa y me considero absolutamente inofensiva. Además no creo tener enemigos que quieran hacerme estallar, tal vez ponerme el pie para que me caiga, pero más allá de eso, imposible».
No vi cómo lo hizo, pero imagino que mi esposo abrió cuidadosamente el sobre con un bajalenguas. Sacó cada una de las sorpresas, las olió, las masticó y las zarandeó en el aire para ver si caía algún artefacto terrorista.
Como no recibí más llamadas, imaginé que no encontraron nada y que el operativo había sido un éxito y las bombas habían sido desactivadas.
Me equivoqué. Cuando me llegó el sobre en la noche estalló la verdadera bomba. Se trataba de un sobre manila amarillo. Mostraba una portada dibujada a mano que reconocí inmediatamente. Dentro venían varias cosas; las saqué cuidadosamente una por una, con la psicosis heredada de la película de acción que últimamente vivimos en la patria.
El primer elemento que se develó fue un papelote inmenso doblado en varias partes. Al abrirlo, se trataba de una gran carta para pedir empleo en mi editorial, elaborada de la manera más loca y creativa que he visto en mi vida. En ella, el autor detallaba las razones para querer trabajar conmigo: todas guiadas por su pasión hacia los libros y la escritura. Cuando leía la última razón, estallé en llanto.
Esas palabras me llevaban irremediablemente hacia la imagen de un niño que conocí doce años atrás y que fue mi alumno.
No solo se trataba de un niño, sino de todo un personaje que venía arrastrando el peso de los convencionalismos de la educación tradicional cuando llegó a la escuela en la que yo fungía de directora. Le habían hecho creer que era malo para las Matemáticas y que ese era un indicador de fracaso; y además su conducta no era digna de una “A” porque hablaba demasiado en clase.
No fue solo tenerlo una semana en la escuela para descubrir que se trataba del niño más amable, parlanchín, creativo e inteligente que había conocido en mi vida; lleno de talentos para la actuación, el dibujo, la oratoria y la escritura. Y sin problema, se unió al universo de estrellas que fueron todos mis niños.
La carta me hizo recordar con tanta nostalgia esos años de creación, de complicidad, de creatividad extrema con un grupo increíble de personas que amé con todo mi corazón. Con ellos compartí mi pasión por la literatura y les enseñé la importancia de sacar a flote todos sus talentos.
Junto al papelote venía un libro de su autoría que la Casa de la Cultura Ecuatoriana le había publicado a los 17 años y, además, me enviaba también un magistral cuento inédito en papel bond acompañado de la ilustración de un dinosaurio.
Ahí estaba el monstruo que había creado. Mi alumno, el que interpretó una vez a Jack Sparrow en la Casa del Terror; el niñito que un día me regaló un cuaderno entero con cuentos de piratas que él mismo había ilustrado; el pequeño que ganó todos los concursos de declamación y oratoria; aquel que nunca paraba de hablar en clase, un ser lleno de luz y empatía. Él estaba en ese sobre queriéndose comer al mundo con su talento y luchando por ser escritor.
Igual que él siempre quise trabajar en el mundo editorial y cuando tenía 25 años un día tomé la guía telefónica y busqué el número de contacto de la editorial más importante de la ciudad. Pedí hablar con la directora editorial y le dije: «Disculpe, usted no me conoce, pero quiero que sepa que soy educadora y escritora. Toda mi vida soñé con trabajar en una editorial. Sé que tengo el talento y la creatividad para hacerlo». Nada más eso y la mujer me contestó: «Envíame tu hoja de vida». Al mes me contrataron para un proyecto editorial como autora y heme aquí: no he parado de escribir ni un solo día.
Definitivamente, el compromiso que tenemos los maestros con los seres humanos a los que educamos es inmenso. Fui profesora durante veinte años y siempre intenté en mis tiempos de ejercicio influir en la mente y en el alma de mis alumnos. Creo que la labor de un maestro verdadero es modelar el alma de sus discípulos y luego potenciar su mente; entender el valor que tienen las palabras para ellos y alimentar sus cualidades y pasiones.
Siento que a muchos maestros se les ha olvidado su misión. La educación sigue siendo un horrendo sistema de estandarización y de competencia que se olvida de los procesos individuales y que convierte a la gente en adultos castrados que no aman lo que hacen.
El mundo necesita de más gente como este niño que creció para convertirse en un adulto apasionado, arriesgado, seguro de sí mismo y que lucha por sus sueños y que no necesita de armas para defender su derecho al trabajo y a la felicidad, tan solo de unos dardos de ingenio y creatividad.
