Hemos vivido tiempos convulsionados últimamente. Los eventos de violencia explícita e implícita que se desarrollan a diario en nuestro país nos tienen con los pelos de punta. Violencia en la esquina, en las noticias de X, videos horrendos de robos, asesinatos, balaceras, actos vandálicos en transmisiones en vivo. Un sinfín de imágenes de la crueldad humana abundan. No sé por qué me asombra. El mundo siempre ha sido así, solo que en nuestro país esto nunca fue tan evidente como ahora.
Viene a mi mente un artículo que, años atrás, escribiera José Saramago, (el primer texto que leí de este autor portugués), que me cautivó. Se titulaba “El factor dios” e iniciaba con una descripción casi cinematográfica de las imágenes de la violencia en el mundo. Saramago afirmaba que el “factor dios” está en todas las personas sin importar sus creencias, y constituye esa capacidad de hacer uso de un poder supremo que nos hace creer a los seres humanos omnipotentes y capaces de cometer los peores crímenes.
Estos asuntos relacionados con la maldad y la violencia me ponen muy nerviosa, aún más, cuando -como conté en mi última entrega-, me suceden a mí. Estoy convencida que el destino siempre me ubica en el lugar exacto para aprovecharse de mi capacidad narrativa y obligarme a contar. Pues, resulta que fuimos por un helado con mi hija. Compramos los helados y salimos saboreando el mejor maracuyá que había probado en los últimos tiempos. Casi llegando al auto, le pedí a mi hija que se adelantara, mientras yo me quedada en la fila para retirar dinero del cajero. Ninguno de los tres cajeros funcionó, así que me di por vencida y regresé con mi helado que ya empezaba a derretirse.
Cuando abrí la puerta del conductor, sufrí uno de los mayores impactos de mi vida. Un tipo estaba sentado con las manos en mi volante. Volteó a verme de manera sórdida e hizo una extraña mueca. Le faltaba un diente. Junto a él otro tipo y atrás uno más. En ese momento, mientras intentaba armar la escena del crimen, las piernas me temblaban, podía absorber sus miradas siniestras, asustarme de sus caras horrendas, percibir su olor a barbarie y sentir su inclemencia. ¿Dónde estaba mi hija? Observé al hombre de atrás. Imaginé que la tendría amordazada y sin aliento. Al no verla ahí, recordé que los secuestradores esconden a las víctimas en la cajuela. Me pregunté: “¿en dónde me meterán a mí? y si pedían rescate y ¡yo sin plata!, ¡y los tres cajeros dañados!” Miles de imágenes e ideas deambulaban por mi mente casi hasta el desvarío.
No aguanté más la presión y grité: “¿Qué hicieron con mi hija?” El grito fue estremecedor. No sé qué pasaba alrededor. Era como si todos hubieran desaparecido. Luego pensé en abalanzarme al cuello del secuestrador y dejarlo sin aliento y arrancarle más dientes. No saben lo que una madre es capaz de hacer por sus hijos. Los tres hombres me miraban con el desconcierto propio de los que lo hacen por primera vez. Seguro, nunca antes habían secuestrado a nadie. Pensé que les faltaba experiencia porque se demoraron mucho en silenciarme y meterme al auto. De repente, uno de ellos grita: “¿Qué le pasa?”
Y como en una visión celestial veo a mi hija mirando espantada desde el auto de alado. Increíblemente, me equivoqué de auto, intenté subirme al auto de otro, sometí a esta pobre gente a la insoportable tortura de mi mirada y mis desquiciadas elucubraciones.
Al darme cuenta del error, me disculpe, casi llorando. La vergüenza es de las pocas sensaciones que no soporto. Quería ser tragada por la tierra o absorbida por un huracán. El hombre sin diente, decidió sonreír, mientras los otros se mostraban atemorizados y desconcertados. Agradezco la paciencia que me tuvieron porque esto podría haber terminado en tragedia si hubiesen decidido defenderse de mi ataque inesperado. Regresé a mi verdadero auto para tranquilizar a mi hija, que con angustia se preguntaba qué hacía su mamá en el carro contiguo. Cuando le conté dijo:”¡Ay no, mami! ¿cómo se te ocurre equivocarte de esa manera?”
Los seres humanos siempre nos estamos equivocando y tal vez porque padecemos del mal del “factor dios” del que hablaba Saramago. Usamos el poder para aterrorizar y para juzgar a otros, nos nombramos dioses para tomar la vida de otras personas en nuestras manos, y somos capaces de las peores acciones.
Cuando llegué a mi casa, me di cuenta que había hecho un doble papel ese día: fui víctima y fui villana. Sufrí por lo que creí que me iban a hacer a mí o a mi hija; pero también fui cruel, discriminativa, y abusé del poder de mi imaginación. ¡Y todo por no subirme al auto correcto!
Asimismo en la vida, muchas veces subimos al auto incorrecto, nos dejamos llevar de las suposiciones y permitimos que el miedo nos gobierne. Afortunadamente, existe la escritura para poder exorcizar nuestros demonios y acabar con la violencia.
